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marioojeda

Ideas sueltas

Tengo un montón de ideas dando vueltas en mi cabeza, normalmente Quizás demasiadas porque, sencillamente, no suele tener tiempo para realizarlas a todas. Igual, lo intento, ¿eh? Me parece una posibilidad hermosa tener siempre proyectos y no limitarme a pasar por la vida sin sueños. Así y todo, y esto me ocurría ya hace muchos años en Resistencia, mi ciudad natal, hay mucha, mucha gente, que confunde ganas, energía, polenta, con arrogancia. Y nada más lejos de mi sentir. Me apuro porque el tiempo corre, y quiero dejar un montón de cosas hechas antes de irme, es así de sencillo. No tengo ninguna pretensión, a ésta altura, se volverme famoso o millonario. Ni de tener un armario lleno de ropa, o poder pagarme, el día de mañana, el panteón mas caro de cualquier cementerio. Me tiene absolutamente sin cuidado eso. O tener panza, o arrugas junto a los ojos, o abundantes “nieves del tiempo que van clareando mi sien”, como decía el tango. Me importa un pito.

Estoy acá, en la vida, para disfrutarla y hacer cosas. Para conocer gentes y lugares, para respirar distintos olores, para probar todos los sabores posibles, para disfrutar, para sentir, en suma. Y no voy a dejar que anda ni nadie se interponga en el camino para tratar de evitarlo. Sobre todo porque, la mayoría de las veces, se interponen en tu camino por a) simple estupidez o b) por pura envidia, incapaces de hacer nada, ni comen ni dejan comer, como el perro del hortelano. Debería incluir acá una tercera categoría c), que serían los joputas, es decir, aquellos que, definitivamente, se saben mediocres, incapaces, inútiles para crear nada, y entonces te joden por eso. Los que son incapaces de afinar, bah, de cantar siquiera, y se otorgan el derecho a decir “estás cantando desafinado”. Los que no saben siquiera afinar una guitarra, pero te dicen “quizás deberías buscar por otro lado, tocar otros ritmos, porque esos no te salen bien…”. Los escritores o poetas frustrados, esos que nunca fueron capaces de escribir una mierda, y a uno, después de 30 años de venir haciéndolo, igual tienen el tupe de decirte “deberías corregir algunas rimas, porque no siempre le prestas atención…” Mamón. No rimo porque no quiero. Lo hago cuando quiero, y sino, me importa un pito.

Me saco fotos absurdas, para las tapas de los CD, para los carteles, para las notas de prensa, porque sencillamente me importa un comino. Porque odio la gente que se toma demasiado en serio. Porque soy el primero en reírme de mi mismo. Porque no me importa ponerme un pantalón amarillo y una camisa blanca con lunares negros, porque no me importa disfrazarme de payaso para hacer un concierto infantil, mientras me paguen y se me respete por eso. Porque mientras otros, muchos, pierden tiempo en señalarme con el dedo, yo sigo trabajando con la música, con el arte, con la creación. Porque sigo inventando y generando cosas. Porque me sigo divirtiendo, discutiendo contratos con “representantes” de artistas que empezaron a  trabajar en esta historia (ambos, los representantes y sus representados), muchos años después que yo y que si, por una serie de factores que no viene al caso citar, han tenido o tienen cierto reconocimiento, se creen con derecho a pedir cachet irrisorios para un concierto que no vale ni la mitad de lo que piden. Lamentablemente, justo es decirlo también, siempre encuentran algún boludo que se los paga, y contento, con lo cual toda lucha por dignificar el oficio en si, pero también, por poner en su lugar a un montón de desubicados, suele ser un esfuerzo vano.

Pero a ésta altura no voy a cambiar. ¿De qué podría disfrazarme ya? Sé que tengo por delante un montón de canciones por escribir, un montón de conciertos y una larga lista de cosas por hacer. Viajes, abrazos, suspiros, sonrisas, mimos, besos, y más caricias. Me lo merezco. En realidad, nos lo merecemos todos, y solemos tenerlos al alcance de la mano, pero olvidamos hacerlo. Olvidamos besarnos, abrazarnos, mimarnos, decirle a la gente que queremos, cuanto realmente la queremos. Y no es mi caso, lo siento pero no. No me van a enganchar a mitad de camino. La pasión (y a veces el rencor hacia los imbéciles, los hipócritas, porqué no), es básicamente aquello que me mueve. Y mis propias contradicciones también, justo es decirlo. No soy perfecto ni mucho menos.

Pero mientras otros, muchos, ven pasar la vida sin darse cuenta siquiera, yo no quiero ni voy a perderme un minuto de ella.

“Tengo a mano mi guitarra, tengo lápiz y papel. Tengo la emoción intacta, y sueños a flor de piel…”, como digo en esa canción que le gusta tanto a Luis Eduardo o a Vicente Feliú. “Tengo amigos esparcidos, a quien puedo visitar. Tengo ansia de caminos, culturas por recordar…”

Hasta otra vez.

 

© Mario Ojeda, septiembre de 2009.

 

Acerca de los hábitos y pesares

Leía tiempo atrás un reportaje al Chango Spasiuk, donde este insigne acordeonista y músico litoraleño contaba que se había comprado una casa con un terreno muy amplio en Brandsen, provincia de Buenos Aires (donde, por cierto también muy cerca vive Yamila Cafrune, la hija del recordado Jorge), con la ingenua esperanza de sembrar una pequeña chacra y plantar naranjos.

Pues bien, hete aquí que sí, empezó a trabajar en su quinta, a sembrar zanahorias, tomates y demás, y que al poco tiempo empezó a sentir una creciente dureza en sus dedos, en sus manos, en sus articulaciones en general, que no le impedían realizar actividades en su vida diaria, pero que sus dedos sufrían, y al sufrir, “sentía claramente como cada vez que resultaba mas difícil tocar el acordeón o la guitarra, así que, con dolor, tuve que dejar de hacerlo yo y contratar un jardinero”.

Esto que contado así puede sonar irrisorio, la realidad es que no deja de ser una cruda realidad, es decir, “para escribir canciones se necesita estar al cohete”, como decía alguna vez don Horacio Guaraní.

Y para tocar algún instrumento con cierta habilidad, además de dedicarle horas, uno necesitaba saber que es eso realmente lo que quiere hacer, sobre todo si se tienen aspiraciones profesionales, y que generalmente el hacerlo es incompatible con otras cosas. Como todo, el hábito puede no hacer al monje, pero sí es cierto que la práctica requiere tiempo, dedicación y esfuerzo.

En la vida diaria, muchas veces me encuentro despotricando contra la realización de ciertas actividades (cambiar la gomita de un grifo, cargas cosas pesadas, coger un martillo para realizar alguna actividad por ejemplo), y aunque me viejo hubiese dicho “eso sí, la guitarra si, pero nunca agarrar una pala para trabajar”, la realidad es que agarrar una herramienta de trabajo, por cualquiera que ésta sea, implica necesariamente quitarle tiempo y práctica a tocar la guitarra, o garbar, o pasar en limpio una canción, o corregir su métrica o su rima, o cualquier actividad relacionada con el oficio en sí.

Estoy es lo que soy, esto es lo que hago, y la verdad es que no quiero, pero la verdad es que tampoco puedo hacer otra cosa.

Cualquier distracción (y ya hablamos en otras crónicas de lo mucho que tiene que ver la obsesión en éste oficio), necesariamente nos va a distraer de nuestra actividad principal.

Y ya no puedo ni quiero hacerlo. Me pagan por tocar, y muchas veces la gente te dice “que vida fácil tienes, coges el auto, conduces hasta el lugar del show, luego tocas, la pasas bien, y encima te pagan por eso…”, pero no se ven las horas de ensayo, ni las horas conduciendo solo por distintas carreteras, ni que después del concierto muchas veces no te compensa quedarte a dormir en un lugar, en un hotel cualquiera, y debes coger el coche de regreso, y conducir dos o tres horas de vuelta a casa. Y que sacas cuentas, y saliste de tu casa a las cuatro de la tarde, y terminas regresando a las tres de la mañana. Y quizás al otro día lo mismo, que bienvenido es cuando tienes dos o tres conciertos seguidos. No me estoy quejando, ojo, estoy ejemplificando una realidad.

O que te toque un día de lluvia (o de nieve, como nos ha pasado ya varias veces), y que uno tiene que salir a la carretera igual, con todo el riesgo que esto implica.

Pero es parte del trabajo. De éste trabajo en particular. Te ven la cara de felicidad en un concierto, pero no ven que todos los días te levantas a las siete de la mañana para estar a las ocho en la oficina, enviando mails, “conspirando” (en palabras de Vicente Feliú), o llamando por teléfono a distintos ayuntamientos, para tratar de vender un show.

Nadie viene a tocarte la puerta para decir “quiero contratarte para que vengas a cantar a tal lado”. No. Uno tiene que “buscarse la vida”, como dicen por acá, golpear puertas, insistir, llamar una y otra vez, todo para conseguir un “toque”, como dicen los uruguayos. Y ese es verdaderamente el trabajo. Bueno sería, por otro lado, que alguien se ocupara de eso por vos, que tuvieras gente trabajando por y para vos, y que uno pudiera dedicarse solamente a ensayar, a preparar sus conciertos, a memorizar las letras o amoldar las voces, a definir distintos arreglos musicales para un show.

Pero no: los márgenes son tan estrechos que uno, necesariamente y la mayoría de las veces, necesita desdoblarse y hacer varias tareas a la vez, para poder seguir en la rueda.

E insisto una vez más: no me estoy quejando. Esto es lo que elegimos.

Sólo lo describo porque alguien tiene que hacerlo, porque es un trabajo, se quiera ver o no, y hacerlo implica también hacer un montón de cosas que, la mayoría de las veces, poco y nada tienen que ver con lo musical en sí.

Es mas, me atrevería a decir que, la mayoría de las veces, son mucho más amplias las actividades extramusicales que el simple hecho de ofrecer un show.

Y no hay vuelta de hoja. O lo haces, o mejor te dedicas a otra cosa.

Por eso insisto permanentemente en las vicisitudes del oficio de cantor en sí. No por quejarme, sino para dejar constancia.

Hasta la próxima vez.

 

© Mario Ojeda, Granada, 17/1/2009.

 

Acerca de las herramientas

 

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A nadie le llama la atención que, por ejemplo, si uno llama a un electricista para que venga a repararle algo a su casa, el tipo se aparezca con un maletín lleno de herramientas. Lo mismo va para un fontanero, por ejemplo, que en Argentina llamamos “plomero”.

Esto ocurre también con el músico. Es decir, no alcanza con una guitarra. O una guitarra española, una birome (o un bolígrafo), y un papel. No. Eso puede servir para irte un fin de semana a cualquier rincón olvidado del mundo, a escribir las canciones de tu próximo disco. Pero no para trabajar.

No suena igual una guitarra acústica con cuerdas de acero, que una guitarra flamenca, o una guitarra de 12 cuerdas, que una tradicional guitarra española, sea ésta con previo para amplificar o no. Lo mismo ocurre con la guitarra eléctrica: no es lo mismo una guitarra maciza con micrófonos de bobina simple (la Stratocaster de toda la vida, digamos), que una guitarra con dos micrófonos de doble bobina. O la misma guitarra maciza, pero con micrófonos de bobina simple. O una guitarra semi sólida, de caja ancha, como las que se usan, entre otras cosas, para tocar jazz. No es lo mismo el sonido de una guitarra acústica de tapa plana, que la misma guitarra acústica con una gran caja, las que llaman de “gran concierto”.

O una guitarra eléctrica conectada a un amplificador Marshall inglés por poner un ejemplo, que a un cálido”Fender Twin” valvular. No. Cada cosa tiene su razón de ser, su sello, su propia personalidad, y seguramente también, un momento específico para ser utilizada.

Sin embargo, a menudo me preguntan “¿para qué quieres comprarte otra guitarra, si ya tienes varias?...” ¡Porque las necesito! ¡Y porque se me da la gana también, que joder! ¿A quien molesto con eso?

Igual, que las compre o las use, no significa que deba pasarme todo el tiempo hablando de ello. Ese es el gran problema con la mayoría de los músicos que he conocido. La mayoría, sobre todo si tocan rock, se la pasan hablando de los equipos, en vez de hablar de la canción, o del mensaje que deberían intentar trasmitir como obreros de la música.

Muchas veces, también, se te aparecen con unas pretensiones de divo insoportable, olvidándose, una vez mas, que básicamente ser músico es un oficio como cualquier otro.

Así también, los productores, dueños de un bar, o técnicos o concejales de cultura de cualquier ayuntamiento que nos contratan, a veces pretenden ser más importantes que el propio músico, ¿pero porqué no se van a cagar?

Es tan simple eso del respeto, de respetar el oficio de los demás, de valorarlo, que muchas veces uno tiene la sensación de estar tratando con gente que vive en otro planeta, que no tiene la menor idea de lo que está hablando.

Hay excepciones, claro está, pero que en el fondo no hacen mas que justificar la regla.

Esto también ocurre, ojo, con muchos músicos. El viejo chiste según el cual “para lograr que un pianista deje de tocar entre tema y tema, o toque menos, lo que tienes que hacer ¡es quitarle la partitura!...”,  es absolutamente cierto. ¿O para que el guitarrista toque menos? ¡Ponerle una partitura!, que es lo mismo, pero al revés.

¿Y los cantautores? Ay, esos tipos que se la pasan media hora explicando las razones que lo impulsaron a escribir la próxima canción que va a cantar, luego la canta, y luego pregunta “¿si le había salido bien?”. Pero tío, es tu oficio, deberías saber cuando la canción que hiciste ha salido bien. Debería salirte siempre bien, en verdad, sino, ¿para qué la hiciste?

Y en eso de darse mas importancia de la que en verdad tienen determinadas cosas, otra vez, ¿a quién le importa? No es verdad, man, no es cierto que a la gente le preocupe todo lo que hiciste, si estudiaste mucho o poco para llegar adónde estás, eso no te da derecho a reclamar nada. Uno tiene que subir, hacer su mierda, luego tomarse una cerveza, y luego marcharse a su casa, luego de cobrar, obvio, si es eso posible. Y no tener tantas pretensiones de “catering”, de “rider técnico”, ni las bolas de “cambicha”, como decimos en mis pagos, porque todo eso no conduce a nada, salvo a hacerte quedar como un perfecto imbécil la mayoría de las veces.

La transición inconsciente que me llevó de “pretender tocar la guitarra todo el día”, como dice esa canción de los “Auténticos Decadentes”, a ejercer muchas veces de productor, suele enfrentarme cotidianamente a ese tipo de reclamos absurdos. Mucho reclamo para, al final, no tocar una mierda, u olvidarse la púa o un cable, en el caso de los guitarristas, o no tener una caja de inyección, para salir por línea –en el caso de los bajistas-, o de no tener un alargue o un transformador para alimentar el piano –en el caso de los pianistas o tecladistas-, y demás pelotudeces por el estilo.

¡Guau! ¿Y los que tocan bien? ¡Esos muchas veces son los peores! Porque no tocan para la gente, no, tocan para que otros músicos admiren su virtuosismo, o cómo brilla la última guitarra, bajo o teclado que se han comprado! Otra vez, ¿porqué no se van a cagar? ¿No se dan cuenta de que a nadie le importa? ¿De que Doña Rosa, la persona común, esa que compra o escucha sus discos mientras lava los platos, no tiene la menor idea de la diferencia entre un Rodhes o un piano acústico normal? ¿Qué le da lo mismo si es un M1, un “Triton” o un “Kursweill”? ¿Que la gente no sabe nada de bits, de “rangos de conversión analógica digital”, de megahercios ni gigas ni de la concha de la lora? ¿Qué tampoco saben nada de “line arrays”, ni de mangueras ni “subwoofers”? Ni mucho menos de”rango dinámico” –bueno, esto la mayoría de los músicos, especialmente los guitarristas, deberían saberlo, pero no-, así que todo es mas o menos lo mismo.

Que lo que realmente cuenta es la canción. Que “la canción es la semilla, lo que origina todo”, como me dijera allá por 1983, muy sabiamente, mi querido Osvaldo Fattorusso.

Pero la corto acá por hoy. Quizás simplemente me levanté de “mala hostia”, como dicen los granadinos.

Hasta otra vez.

 

© Mario Ojeda, Granada, 25/2/2009.

 

Acerca de la constancia

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Por mucho que uno se plantee al principio, llevar las cosas de determinada manera, es evidente que el camino mismo termina llevando o arrastrando a uno. O mejor dicho, como esa canción hermosísima de Vicente Feliú: “ahí va el trovador, como un camino…”

Porque en realidad es al revés: uno mismo hace el camino. Y la esencia de todo, la base, es la canción. Es curioso también analizar como las cosas se van dando pero, como lo digo a mi hija que insiste también en ser trovadora, este es un largo, larguísimo viaje. Y es un viaje para siempre. Harto estoy de ver a gente que dice “querer ser cantautor”, o “querer dedicarse a la música”, y algunos años después los encuentras trabajando en un banco, o dedicándose a cualquier otra actividad. Harto respetable, es verdad, pero muy lejos del camino elegido al principio.

Porque, además, y esto es también dolorosamente cierto, según pasan los años, y también según vas viendo cosas que no pensabas llegarías a ver, tu concepción del mismo oficio cambia, sin lugar a dudas.

“Lo mejor es no conocerlos, Mario…”, me dijo Lalo de los Santos alguna vez. Y es así nomás. Los artistas son personas, aunque a veces uno pretende que sean próceres de mármol. Personas, al fin y al cabo, y tienen sus días mejores y peores. Y según el día que los conozcas, pueden decepcionarte o no.

Ocurre que, a veces, como leía hace poco en un reportaje a Stevie Van Zandt, músico de Bruce Springteen, “esto para mí es como una religión. Y no siempre es bueno conocerlos. Me pasó una vez, con 15 o 16 años, yo andaba siempre colándome en los conciertos de distintos músicos, con mi guitarra a cuestas, quería conocerlos a todos. Una vez entré al camerino de Freddie King, y el tipo sacó una pistola, y apuntándome, me dijo, ¡largo de acá, pendejo! Te juro que me decepcionó tanto que no volví a tocar un riff de Freddie King en mi vida…”

Cosas que pasan. La coherencia es, al fin y al cabo, tan humana como la contradicción. Así y todo, da gusto ver como las cosas a veces se te van dando, y uno termina encontrándose, o reencontrándose, con gente que alguno vez te cerró la puerta en la cara, o no respondió a tus llamados, y ahora te abre las puertas de su casa. Está bueno eso. Es una revalorización, una reafirmación de que podías, de que tenías con qué. De que en la vida, como cantaba Nebbia en “Yo no permito”, para lograr algo hay que insistir.

Y es común encontrarte con pibes que recién están empezando a salir a tocar, a hacer sus primeros pinitos en éste oficio, y conversando con ellos te dicen: “bueno, me tomé un respiro en la facultad, voy a dedicarme a esto un par de años, sino sale nada, luego retomaré los estudios y ya no voy a tocar mas…” ¡Pero es al revés!, le dices. Termina tu carrera, cuelga el título si quieres, y luego dedícate a esto. Pero dedícate por entero, y a sabiendas de que es una carrera de fondo, no un sprint de velocidad. Porque a veces, se tiene suerte. Y las cosas salen enseguida. Pero a otros las cosas nos han tomado 20 años de nuestra vida en salir, o a veces ni siquiera salen, y no por eso vas a resignarte, o a echarle la culpa de tus males a la música. No. Que la música no tiene la culpa. Cualquiera puede tener la música como un hobby, tocar la guitarra, el piano, o el violín, por ejemplo, y usarla como antiestresante, por placer, en sus ratos libres.

Pero eso es algo muy distinto a pretender profesionalizarte en éste oficio. Y vivir de la música, exclusivamente, eso es mucho más difícil todavía. Es como con los jugadores de fútbol, y siempre me agrada hacer ésta analogía. ¿Cuantos buenos, buenísimos jugadores de fútbol debutan alguna vez en primera, y al no conseguir un contrato interesante, terminan dedicándose a otra cosa? Lo bueno del arte es que uno mejora con el tiempo. Y tienes, a la larga, ciertas posibilidades de mejorar. Cosa que no le ocurre a un futbolista: su carrera son 10, 15 años a lo sumo. Después, ya no tienes edad para jugar a nivel profesional.

Con la música no ocurre así. Puedes ser famoso y millonario a los veinte y pico, o a los treinta, por poner un ejemplo, y diez años después ser otra vez un músico anónimo, y sin demasiado trabajo.

Pero también puede ocurrir al revés: que vayas elaborando una carrera pausada, de menor a mayor, donde cada cosa que vayas consiguiendo esté sustentada realmente, y que, cuando te empiecen a llamar, sepas ya perfectamente adónde vas. Pero, por sobre todo, adónde y de qué manera quieres ir.

Que eso a veces es lo más difícil de descubrir. Saber adónde, y de que manera quieres ir. Porque ser, ya eres, y vas a seguir siéndolo, aunque sigas siendo anónimo.

Porque si te toca llegar, cuando llegas, descubres que lo difícil no era llegar, sino mantenerse, aunque suene a frase hecha. Y allá vamos.

Próximo parada del viaje: La Habana, Cuba, a cantar con varios de los fundadores de la Nueva Trova Cubana. E invitado por ellos, lo que no es poco decir.

Los tendré al tanto de cómo sigue el viaje.

Hasta la próxima vez.

 

© Mario Ojeda, Granada, febrero de 2009.

 

 

Vueltos y refritos

Lo he escrito varias veces ya, pero no me voy a cansar de repetirlo: siempre es mejor hacer algo, antes que no hacer nada. Pero, muchas veces, es mejor no hacer nada y “esperar a ver qué pasa”, como dicen que dijo Lennon cuando se separaron Los Beatles.

Cuando la oferta supera la demanda, por ejemplo, es común que todo se bastardee. Ocurre con las ofertas: muchos negocios ofrecen sus rebajas, y venden menos que cuando no estaban en oferta. La gente es así. ¿Por qué voy a comprar eso ahí? Si está más barato, debe ser por algo, porque es de inferior calidad, o lo que sea…” Ocurre con los músicos: “Que va ser músico ese, si vive en la esquina de mi casa…” Esa fantasía del estrellato. Pero es una realidad. Y en la música pasa mucho. Hoy por hoy, por ejemplo, los bolicheros, los dueños de los garitos donde un grupo o un trovador pueden presentar sus canciones, se han convertido en “empresarios del espectáculo”. Deciden sobre tu arte, y sobre lo que te van a pagar (cuando pagan). “Tráeme un demo que lo escucho y te digo si está bien…” Pero, ¿sabes tocar la guitarra?...” No, pero yo decido quien toca o no en mi bar...” La teoría del manoseo. La actitud chulesca, como dicen por acá.

Después, te prometen cinco y llegado el momento te ofrecen dos, “porque vino poca gente”.  O “porque no me fue muy bien, casi no hicimos caja…” Y uno se da vuelta, ve el bar lleno de gente, y piensa: “¿Pero cómo me dices que no facturaste, si el bar está lleno?...”

Pero los pibes quieren tocar y, si es necesario, pagan por hacerlo. Y vos, humilde practicante de este oficio, que llevas 20 o 30 años comprándote instrumentos, equipos, ensayando, aprendiendo a tocar, o lo que sea, te encuentras de repente en una situación muy odiosa, porque tus propios “compañeros de oficio” te hacen competencia desleal, muchas veces inconscientemente, yendo a tocar por muy poco, o directamente gratis a cualquier lado, y uno quiere vivir de esto, o al menos intentarlo, y claro, así no se puede, obvio.

Pero es que, además, a nadie se le ocurre, por ejemplo, llamar a un fontanero, a un albañil para hacer algún arreglo en tu casa, a un pintor, a un electricista, y ¡luego no pagarle! A lo sumo preguntas antes: “Che, ¿cuánto puede costarme esto?” Tanto por ir, y tanto por arreglarlo…” Ah, ok, vale, lo hacemos. O no. Pero si viene, le tienes que pagar.

Con los músicos, en cambio, pareciera no ser así. Bah, de hecho, no es así. Ahora ya no me ocurre, pero al principio, cuando no me conocían, a veces iba a algún bar para ofrecerme a tocar, y por ahí me decían: “Vale, te doy una fecha para tal día…”. Ok, y ¿cuánto me vas a pagar? “No, nada, nosotros no pagamos acá. Te damos el lugar para que te muestres, así la gente te va conociendo…” Pero, escúchame, yo tengo que traer mis equipos, el sonido, la gente –o sea, el público, que va a consumir-, es tu bar, vos deberías moverte, hacer publicidad, pegar carteles…” “No, no, nosotros no hacemos nada, solamente te damos el lugar…” A lo cual, por supuesto, respondía: “¿No quieres que me meta un cepillo en el culo y te limpie el piso, de paso? ¿O que te la chupe un poquito? Digo, porque no te compras una tortuga y te vas despacito a la concha de la lora, así te dura más el viaje?...”

Claro, después era yo el resentido, por supuesto. Pero, en fin, así son las cosas. Algunos nacen con las estrella, y otros nacen estrellado, como me dijo alguna vez León Gieco. Y no me estoy quejando tampoco. Estoy haciendo, como casi siempre, un análisis de situación. Esta es la realidad, la verdad verdadera, como decía Lalo de los Santos. Lo otro son películas que la gente se inventa, o que compra, o que fantasea, o se cree. Otra cosa, la realidad.

Es como el tema de grabar discos. Todavía hay gente preocupada por eso. Y no se da cuenta de que lo que importa es tocar, como antes, como siempre. He conocido gente acá, en España, que ¡ha sacado créditos bancarios para editar un disco! Pero, lo peor, es que se gastan una pasta en hacer un disco, entre músicos, estudios, prensado, tapas, y demás, y ¡después se encuentran con los CD amontonados en cajas debajo de la cama!

Y esa no es la alternativa: la alternativa real, la verdadera, es que si tienes, que se yo, 20 o 30.000 euros para editar un disco, lo que tienes que hacer es grabar 10 canciones más o menos en un ordenador, con algunos músicos amigos (¡que no te cobren!), pagar la edición de 1000 CD, que eso sale alrededor de 1200 euros, y los otros 29.000 euros ¡ponerlos a difusión! En radio, en carteles, organizando una gira por todos lados, es decir, mover el dinero para difundir tu obra, no gastarse todo ese dinero en grabar un disco que después nadie va a escuchar. O casi nadie, que al fin y al cabo es lo mismo, ¿no?

Pero ese ya es tema de otra crónica. Hasta entonces.

© Mario Ojeda, Granada, 30/1/2010

 

Recordando a Cesar Hermosilla Spaak

Recordando a Cesar Hermosilla Spaak

Lindo asunto. Ahora resulta que debo escribir algo sobre Cesar Hermosilla Spaak, mi querido Cesar. Y llevo ya como diez días dándole vueltas en la cabeza, y no logro decidir sobre que catzo escribo. Buena faena me encomendaron.

A ver. Para empezar, conocí a Cesar allá por fines de 1980, principios de 1981, en el viejo departamento de la calle Remedios de Escalada, en Resistencia, que compartía con Blanqui y un Patricio de meses. Miro ahora al hombretón en que este se ha convertido, y no puedo más que recordar esa época con nostalgia. Creo recordar incluso que yo tenía entonces el pelo muy corto, porque estaba terminando la colimba –sí, soy de esa época, ¿y qué?- Me lo presentaron Juanjo Córdoba y Alejandro Ruiz. Aparentemente, Cesar ya era famoso, o algo así, al menos en ciertos ambientes. Bueno, siempre le gustó rodearse de gente medio “conchetita”, como decíamos por entonces –sobre todo si eran mujeres-. Que una cosa no quita la otra. Recuerdo una tarde entera, Cesar sentado en su tablero, dibujando –allí me regaló un dibujo que aún conservo-, mientras yo le cantaba una canción tras otra, porque él me había dicho que quería escucharme, a ver que hacía.

Por ese entonces integrante de ETCETERA, la productora cultural que compartía con Rubén López y Carlos Aguirre, quienes ya habían llevado a Resistencia a los Almendra, en la gira nacional de reunión, en diciembre de 1980, y también habían llevado allá al grupo rosarino Irreal, con Baglietto, Mario Corradini, Sergio Sainz, Claudio Cardone y si mal no recuerdo, el recordado Daniel Wirtz, el hermano de Manuel, por ese entonces un nene, en batería.

Cesar me escuchó pacientemente, canción tras canción, y al terminar, me dijo a quemarropa: “¡Pero vos cantás desde el resentimiento, no desde la poesía!...” Si, le dije. “¿Y qué? Cada uno canta desde donde se le canta…” Me miró, serio, sonrió luego, y me dijo: “Me haces acordar a mí, a mis 20 años…” “Bueno, empezamos bien, le dije. Ya tenemos algo en común…”

Tiempo después, ya mudados a la gran casona de la Avenida Rivadavia, un día fui con Chili Maidana, quien me acompañó hasta la puerta y luego se fue, así que me quede solo, y le solté: “A mí no me podes dejar en ascuas. A los demás quizás, pero a mí me tienes que explicar esto…” Blanqui se debe acordar, porque estaba sentada con nosotros tomando mate. Era un lío interno, que no quiso explicarme, pero que tiempo después entendí.

A ver: lo voy a decir claramente para que no queden dudas. Cesar fue importante para Resistencia, y apostaría sin dudar que fue indudablemente importante para un montón de gente. Para mí, sin dudas. Dicho de otro modo: el vacío que Cesar dejó, no sólo en la agitación cultural resistenciana, como en el periodismo chaqueño, no lo llenó nadie. Habrá habido otros, tanto o más talentosos, tanto o más comprometidos –al fin y al cabo, errar es humano, lo mismo que la contradicción, como cantaba Lerner, y Cesar se equivocó muchas veces-, pero eso no le resta meritos. Antes, al contrario.

Fuimos amigos desde entonces. Antes de mudarse de allí, con Cesar y otra gente hacíamos “El Ángel Subterráneo”, una reedición de una revista subte que Cesar había hecho tiempo atrás. Entonces hice mi primer reportaje publicado, a un lustrabotas, en la calle Antártida Argentina, junto al “Tino” Espinoza. Seguí su periplo de mudanzas –Cesar siempre andaba mudándose-, primero hasta el departamento de la calle Güemes; luego a Buenos Aires, al departamento de la calle Rincón, que le había alquilado Mona Moncalvillo, cuando Andrés Cascioli se lo llevó a trabajar a Buenos Aires, como secretario de redacción de la revista “Superhumor”, en Ediciones de La Urraca, y trabajaba codo a codo con los próceres intelectuales de entonces. Pura mierda, en suma, el tiempo mostró, como siempre pasa, las agachadas y endebleces de varios de ellos.

Al tiempo, ya se había ido de “Superhumor”, y fue a trabajar con Gabriel Levinas, a la revista “El Porteño” –yo estaba en Buenos Aires también, así que esto debía ser hacia principios de 1983-, y se había mudado a un departamento en Villa Crespo. Por cierto, a Levinas lo encontré allá por 1999, en Buenos Aires, porque fue a revelar un rollo de fotos al comercio donde yo estaba trabajando entonces. Le conté lo sucedido y se quedó de piedra, diciéndome “Justo estaba tratando de ubicarlo, porque quiero hacer una revista otra vez, blablá… Y yo tuve algunos desencuentros con Cesar, ya sabes, pero sigo pensado que es un tipo necesario…” Me acorde de Bertolt Bretch, y aquella frase sobre los tipos imprescindibles…

Por el departamento de Villa Crespo pasaban todos, siempre pasaba gente por las casas de Cesar. Antoliano Rojas, Baglietto, Silvina Garre, Ruben Goldín, Abonizio, Miriam Cubelos –creo ahora está viviendo en México-, Juan Manuel Monfrini, el “Zappo” Aguilera, Fito Páez, y algunos más, fueron algunos de los tipos que conocí en las casas de Cesar. Ahora que recuerdo, recién llegado a Buenos Aires, Cesar (con Blanqui y Patricio a cuestas), se quedó unos meses en el departamento que Fito compartía en La Boca con el “Zappo”, en la Calle Pedro de Mendoza al 1850 (cuando hablan algunos de las pensiones en que vivió Fito…en fin: sin comentarios)

Después, allá por septiembre de 1984, yo me fui a vivir a Gesell, y un poco perdimos el contacto, aunque siempre nos escribíamos o hablábamos a veces por teléfono –ya saben, la internet era sólo un invento de Julio Verne en su libro “París en el siglo XXI” por entonces-.

Nos volvimos a ver sólo una vez más, allá por 1988 o 1989, en un viaje que hice a Resistencia, y fui a visitarlo. Me habló de un programa de radio que había empezado a hacer, o que iba a hacer en Corrientes, y luego me llevó en su Fiat 600 a visitar a Blanqui y Patricio al barrio Guiraldes. Nos dimos un abrazo y quedamos en vernos en un próximo viaje. No pudo ser.

Llore mucho, intensamente, la noche que papá me llamó para avisarme que Cesar había muerto. Me mandó luego las necrológicas y notas que salieron en “NORTE” y en “El Territorio”, que todavía existía. Llore por él, por nuestra amistad, y me quede con una enorme sensación de desamparo, básicamente por saber desde siempre quien era y, sobre todo, lo que significaba para la cultura de todo el nordeste un tipo como él. Y Blanqui y Patricio, su hijo, deberían saberlo mejor que nadie.

¿Qué más puedo decir? Que lo extraño, eso. Y que así será por siempre. Hasta otra vez.

 

© Mario Ojeda, Granada, 13/2/2010