Blogia

marioojeda

Acerca de la constancia

Por mucho que uno se plantee al principio, llevar las cosas de determinada manera, es evidente que el camino mismo termina llevando o arrastrando a uno. O mejor dicho, como esa canción hermosísima de Vicente Feliú: “ahí va el trovador, como un camino…”

Porque en realidad es al revés: uno mismo hace el camino. Y la esencia de todo, la base, es la canción. Es curioso también analizar como las cosas se van dando pero, como lo digo a mi hija que insiste también en ser trovadora, este es un largo, larguísimo viaje. Y es un viaje para siempre. Harto estoy de ver a gente que dice “querer ser cantautor”, o “querer dedicarse a la música”, y algunos años después los encuentras trabajando en un banco, o dedicándose a cualquier otra actividad. Harto respetable, es verdad, pero muy lejos del camino elegido al principio.

Porque, además, y esto es también dolorosamente cierto, según pasan los años, y también según vas viendo cosas que no pensabas llegarías a ver, tu concepción del mismo oficio cambia, sin lugar a dudas.

“Lo mejor es no conocerlos, Mario…”, me dijo Lalo de los Santos alguna vez. Y es así nomás. Los artistas son personas, aunque a veces uno pretende que sean próceres de mármol. Personas, al fin y al cabo, y tienen sus días mejores y peores. Y según el día que los conozcas, pueden decepcionarte o no.

Ocurre que, a veces, como leía hace poco en un reportaje a Stevie Van Zandt, músico de Bruce Springteen, “esto para mí es como una religión. Y no siempre es bueno conocerlos. Me pasó una vez, con 15 o 16 años, yo andaba siempre colándome en los conciertos de distintos músicos, con mi guitarra a cuestas, quería conocerlos a todos. Una vez entré al camerino de Freddie King, y el tipo sacó una pistola, y apuntándome, me dijo, ¡largo de acá, pendejo! Te juro que me decepcionó tanto que no volví a tocar un riff de Freddie King en mi vida…”

Cosas que pasan. La coherencia es, al fin y al cabo, tan humana como la contradicción. Así y todo, da gusto ver como las cosas a veces se te van dando, y uno termina encontrándose, o reencontrándose, con gente que alguno vez te cerró la puerta en la cara, o no respondió a tus llamados, y ahora te abre las puertas de su casa. Está bueno eso. Es una revalorización, una reafirmación de que podías, de que tenías con qué. De que en la vida, como cantaba Nebbia en “Yo no permito”, para lograr algo hay que insistir.

Y es común encontrarte con pibes que recién están empezando a salir a tocar, a hacer sus primeros pinitos en éste oficio, y conversando con ellos te dicen: “bueno, me tomé un respiro en la facultad, voy a dedicarme a esto un par de años, sino sale nada, luego retomaré los estudios y ya no voy a tocar mas…” ¡Pero es al revés!, le dices. Termina tu carrera, cuelga el título si quieres, y luego dedícate a esto. Pero dedícate por entero, y a sabiendas de que es una carrera de fondo, no un sprint de velocidad. Porque a veces, se tiene suerte. Y las cosas salen enseguida. Pero a otros las cosas nos han tomado 20 años de nuestra vida en salir, o a veces ni siquiera salen, y no por eso vas a resignarte, o a echarle la culpa de tus males a la música. No. Que la música no tiene la culpa. Cualquiera puede tener la música como un hobby, tocar la guitarra, el piano, o el violín, por ejemplo, y usarla como antiestresante, por placer, en sus ratos libres.

Pero eso es algo muy distinto a pretender profesionalizarte en éste oficio. Y vivir de la música, exclusivamente, eso es mucho más difícil todavía. Es como con los jugadores de fútbol, y siempre me agrada hacer ésta analogía. ¿Cuantos buenos, buenísimos jugadores de fútbol debutan alguna vez en primera, y al no conseguir un contrato interesante, terminan dedicándose a otra cosa? Lo bueno del arte es que uno mejora con el tiempo. Y tienes, a la larga, ciertas posibilidades de mejorar. Cosa que no le ocurre a un futbolista: su carrera son 10, 15 años a lo sumo. Después, ya no tienes edad para jugar a nivel profesional.

Con la música no ocurre así. Puedes ser famoso y millonario a los veinte y pico, o a los treinta, por poner un ejemplo, y diez años después ser otra vez un músico anónimo, y sin demasiado trabajo.

Pero también puede ocurrir al revés: que vayas elaborando una carrera pausada, de menor a mayor, donde cada cosa que vayas consiguiendo esté sustentada realmente, y que, cuando te empiecen a llamar, sepas ya perfectamente adónde vas. Pero, por sobre todo, adónde y de qué manera quieres ir.

Que eso a veces es lo más difícil de descubrir. Saber adónde, y de que manera quieres ir. Porque ser, ya eres, y vas a seguir siéndolo, aunque sigas siendo anónimo.

Porque si te toca llegar, cuando llegas, descubres que lo difícil no era llegar, sino mantenerse, aunque suene a frase hecha. Y allá vamos.

Próximo parada del viaje: La Habana, Cuba, a cantar con varios de los fundadores de la Nueva Trova Cubana. E invitado por ellos, lo que no es poco decir.

Los tendré al tanto de cómo sigue el viaje.

Hasta la próxima vez.

 

© Mario Ojeda, Granada, febrero de 2009.

 

 

 

Acerca de la obsesión

 

Es curioso. Durante años, muchos, la prioridad en mi vida fueron mis hijos. Después, la música. Ahora que ellos están viniéndose grandes (aunque siempre serán mis hijos y por tanto, de alguna manera siempre dependientes), casi podría decir que mi prioridad es la música, y mis hijos luego. Lo cual conlleva, necesariamente, un punto de disputa con mis parejas. Ya saben ustedes de esa necesidad tácita que tienen la mayoría de las mujeres de saber que ocupan un lugar importante en nuestra vida. ¡Pero lo ocupan! Lo cual no significa que uno deba andar diciéndoselo a  cada instante.

Porque, por otro lado, ¿acaso hay algo mas importante para una mujer que el saber que está compartiendo su vida con alguien que al menos, en éstos tiempos que corren mas aún, tiene mínimamente ciertas cosas claras?

Esto de permanecer haciendo cosas con la música tienen mucho de obsesión, que duda cabe. Esto es algo que le repito siempre a mi hija, quien insiste (aunque yo quiera desanimarla), en querer dedicarse a éste oficio tan ingrato y tan maravilloso a la vez.

Aspirar a vivir de la música, que era un viejo sueño adolescente mío, implica una gigantesca lucha cotidiana por mantenerse en el carro.

Y, la verdad, muchas veces uno se queda sin ganas. Lo disimula, obvio. Pero muchas veces estamos hasta los huevos. De todo, mire Ud.

Igual seguimos, lógico, ¿de qué íbamos a disfrazarnos a ésta altura? Eso sí, si algo también tengo claro es que no voy a dejar de hacer música. Quizás no sea famoso, quizás no pueda vivir de ella, quizás ni siquiera tenga conciertos ni toques por ahí, pero voy a seguir haciendo música. Caiga quien caiga y le pese a quién le pese.

Y analizando los modos en que la gente se relaciona hoy, especialmente hablando de los músicos, por ejemplo, es notable como algunos creen que por mantener activa una cuenta en “you tube” o en “Myspace”, tienen allanado el camino hacia el reconocimiento. ¡“Tengo un millón de amigos adheridos”!, me suelen decir. Yo los miro, sonrío, y pienso: ¡pura mierda, man! ¿A quién catzo le importa?

Los únicos “frekies” que se dedican a revisar y conectarse y engancharse a las diferentes cuentas de músicos en “Myspace” son otros músicos, es decir, el 5 % -o menos- de la población activa. Y que conste que escribí “activa” y no “pensante”, que no es lo mismo. Porque esos ya deben ser menos todavía.

El 99% de la gente, lo que realmente quiere es tener un trabajo con un sueldo digno para llegar hasta fin de mes, poder ahorrar para tomarse unos días de descanso 10 o 15 días al año, ir a ver fútbol cada tanto, tener un equipo de música mas o menos decente en su casa- eso, si le interesa la música-, poder mantener un coche no demasiado viejo que lo lleve adonde quiera ir, poder hacerse unas pastas o un asadito los fines de semana, y no mucho mas. Podría agregar ir al cine o a bailar, o ir al teatro cada tanto, pero éstos últimos ya son marcianos, directamente. Proporcionalmente hablando, ¿a quién le interesa el teatro? ¿O la pintura, o la escultura, por ejemplo? A cuatro gatos, no hay mas.

Porque la vocación artística no es para todos, ¿saben? Bueno, lo mismo con la ingeniería, la odontología, la medicina, o cualquier carrera tradicional. Pero para hacer arte, por seguir con el ejemplo, además de tener con qué, uno debe saber claramente desde el principio que es un camino largo y sinuoso. Y que suele no conducir a ninguna parte, excepto a la propia satisfacción personal. Pero vivir del arte, mi querido amigo, eso ya es otra cosa.

Suelo cruzarme cotidianamente con chicos jóvenes, de alrededor de 24, o 25 años quizás, que “parecen” estar decididos a hacer del arte su forma de vida. Eso, claro está, a día de hoy. Quizás en unos años los encuentre felices dando clases en alguna facultad, en alguna academia privada, empleados en un banco o en algún ayuntamiento. Y no es que esté mal: es una forma más que digna de ganarse la vida. Lo que digo, simplemente, es que quiénes elegimos, justamente, otro camino, nos merecemos el mismo respeto que aquellos que optaron hace tiempo por una carrera tradicional.

Porque en todos lados se cuecen habas. Porque el hábito no hace al monje, aunque parezca. Porque, ya para ir terminando, el que nace barrigón, es al ñudo que lo fajen, como decía José Hernández en el “Martín Fierro”.

Y porque ni uno mismo, ni nadie, debería pasarse la vida buscando excusas para justificarse por cada cosa que hace o deja de hacer, por mucho que a unos cuántos le moleste.

En eso estoy.

Hasta la próxima vez.

 

© Mario Ojeda, Granada, diciembre de 2008.

 

 

Acerca de las herramientas

A nadie le llama la atención que, por ejemplo, si uno llama a un electricista para que venga a repararle algo a su casa, el tipo se aparezca con un maletín lleno de herramientas. Lo mismo va para un fontanero, por ejemplo, que en Argentina llamamos “plomero”.

Esto ocurre también con el músico. Es decir, no alcanza con una guitarra. O una guitarra española, una birome (o un bolígrafo), y un papel. No. Eso puede servir para irte un fin de semana a cualquier rincón olvidado del mundo, a escribir las canciones de tu próximo disco. Pero no para trabajar.

No suena igual una guitarra acústica con cuerdas de acero, que una guitarra flamenca, o una guitarra de 12 cuerdas, que una tradicional guitarra española, sea ésta con previo para amplificar o no. Lo mismo ocurre con la guitarra eléctrica: no es lo mismo una guitarra maciza con micrófonos de bobina simple (la Stratocaster de toda la vida, digamos), que una guitarra con dos micrófonos de doble bobina. O la misma guitarra maciza, pero con micrófonos de bobina simple. O una guitarra semi sólida, de caja ancha, como las que se usan, entre otras cosas, para tocar jazz. No es lo mismo el sonido de una guitarra acústica de tapa plana, que la misma guitarra acústica con una gran caja, las que llaman de “gran concierto”.

O una guitarra eléctrica conectada a un amplificador Marshall inglés por poner un ejemplo, que a un cálido”Fender Twin” valvular. No. Cada cosa tiene su razón de ser, su sello, su propia personalidad, y seguramente también, un momento específico para ser utilizada.

Sin embargo, a menudo me preguntan “¿para qué quieres comprarte otra guitarra, si ya tienes varias?...” ¡Porque las necesito! ¡Y porque se me da la gana también, que joder! ¿A quien molesto con eso?

Igual, que las compre o las use, no significa que deba pasarme todo el tiempo hablando de ello. Ese es el gran problema con la mayoría de los músicos que he conocido. La mayoría, sobre todo si tocan rock, se la pasan hablando de los equipos, en vez de hablar de la canción, o del mensaje que deberían intentar trasmitir como obreros de la música.

Muchas veces, también, se te aparecen con unas pretensiones de divo insoportable, olvidándose, una vez mas, que básicamente ser músico es un oficio como cualquier otro.

Así también, los productores, dueños de un bar, o técnicos o concejales de cultura de cualquier ayuntamiento que nos contratan, a veces pretenden ser más importantes que el propio músico, ¿pero porqué no se van a cagar?

Es tan simple eso del respeto, de respetar el oficio de los demás, de valorarlo, que muchas veces uno tiene la sensación de estar tratando con gente que vive en otro planeta, que no tiene la menor idea de lo que está hablando.

Hay excepciones, claro está, pero que en el fondo no hacen mas que justificar la regla.

Esto también ocurre, ojo, con muchos músicos. El viejo chiste según el cual “para lograr que un pianista deje de tocar entre tema y tema, o toque menos, lo que tienes que hacer ¡es quitarle la partitura!...”,  es absolutamente cierto. ¿O para que el guitarrista toque menos? ¡Ponerle una partitura!, que es lo mismo, pero al revés.

¿Y los cantautores? Ay, esos tipos que se la pasan media hora explicando las razones que lo impulsaron a escribir la próxima canción que va a cantar, luego la canta, y luego pregunta “¿si le había salido bien?”. Pero tío, es tu oficio, deberías saber cuando la canción que hiciste ha salido bien. Debería salirte siempre bien, en verdad, sino, ¿para qué la hiciste?

Y en eso de darse mas importancia de la que en verdad tienen determinadas cosas, otra vez, ¿a quién le importa? No es verdad, man, no es cierto que a la gente le preocupe todo lo que hiciste, si estudiaste mucho o poco para llegar adónde estás, eso no te da derecho a reclamar nada. Uno tiene que subir, hacer su mierda, luego tomarse una cerveza, y luego marcharse a su casa, luego de cobrar, obvio, si es eso posible. Y no tener tantas pretensiones de “catering”, de “rider técnico”, ni las bolas de “cambicha”, como decimos en mis pagos, porque todo eso no conduce a nada, salvo a hacerte quedar como un perfecto imbécil la mayoría de las veces.

La transición inconsciente que me llevó de “pretender tocar la guitarra todo el día”, como dice esa canción de los “Auténticos Decadentes”, a ejercer muchas veces de productor, suele enfrentarme cotidianamente a ese tipo de reclamos absurdos. Mucho reclamo para, al final, no tocar una mierda, u olvidarse la púa o un cable, en el caso de los guitarristas, o no tener una caja de inyección, para salir por línea –en el caso de los bajistas-, o de no tener un alargue o un transformador para alimentar el piano –en el caso de los pianistas o tecladistas-, y demás pelotudeces por el estilo.

¡Guau! ¿Y los que tocan bien? ¡Esos muchas veces son los peores! Porque no tocan para la gente, no, tocan para que otros músicos admiren su virtuosismo, o cómo brilla la última guitarra, bajo o teclado que se han comprado! Otra vez, ¿porqué no se van a cagar? ¿No se dan cuenta de que a nadie le importa? ¿De que Doña Rosa, la persona común, esa que compra o escucha sus discos mientras lava los platos, no tiene la menor idea de la diferencia entre un Rodhes o un piano acústico normal? ¿Qué le da lo mismo si es un M1, un “Triton” o un “Kursweill”? ¿Que la gente no sabe nada de bits, de “rangos de conversión analógica digital”, de megahercios ni gigas ni de la concha de la lora? ¿Qué tampoco saben nada de “line arrays”, ni de mangueras ni “subwoofers”? Ni mucho menos de”rango dinámico” –bueno, esto la mayoría de los músicos, especialmente los guitarristas, deberían saberlo, pero no-, así que todo es mas o menos lo mismo.

Que lo que realmente cuenta es la canción. Que “la canción es la semilla, lo que origina todo”, como me dijera allá por 1983, muy sabiamente, mi querido Osvaldo Fattorusso.

Pero la corto acá por hoy. Quizás simplemente me levanté de “mala hostia”, como dicen los granadinos.

Hasta otra vez.

 

© Mario Ojeda, Granada, 25/2/2009.

 

 

Acerca de Luis Eduardo Aute

Para la gran mayoría de los músicos cubanos, Luis Eduardo Aute, cantautor español nacido en Filipinas es, sencillamente, “Da Vinci”.  Es decir, un tipo que, siendo considerado básicamente un trovador, nunca se ha limitado a eso. Aute ha escrito libros, dirigido películas, dibujado, pintado, esculpido, y realizado también cuanta actividad artística se le ha cruzado por el camino. Bah, deduzco también ha cambiado las bombillas de su casa algunas vez, pero dejo constancia de que nunca se lo he preguntado. Ahora que lo pienso… se lo voy a preguntar. Esperen que ya vuelvo…

Bueno, lo siento. No coge el teléfono. Pero se lo voy a preguntar en cuanto me cruce con él.

Como el mismo Joaquín Sabina le canta en su “Quien es Caín, quién es Abel”:  “nobleza obliga cuando hablo, de cuates empezar por el. Que te lo digan Silvio y Pablo, Dios y el Diablo, Joan Manuel. Si chamuyáramos lunfardo, los trovadores de Madrid, sin mi compadre Luis Eduardo, yo no pasaba, por aquí…”

Menudo homenaje. El turro usó frases de canciones del propio Aute para homenajearlo, y a la vez, usó también la misma música que Eduardo creó para “Pongamos que hablo de Joaquín”, un juego de palabras, citas, dimes y diretes, en alusión al “Pongamos que hablo de Madrid”, del propio Sabina. Homenajes mutuos, que le dicen, de otro tiempo y lugar, seguramente muy difíciles de recrear hoy día.

Pero lo más maravilloso de todo es que, para mí, Aute nunca se ha planteado de ese modo esta historia de ser “artista”. Bah, ni siquiera se lo debe haber planteado. Lo que, dicho de otro modo, me acerca a él sobre manera, es el absoluto “menefreguismo” que le dedica a su obra.

Entiéndase bien. No es que no le importe lo hace. Lo que en realidad le importa un pito es lo que otros pìensen de él, sean críticas –las menos-, o elogios desmedidos o terriblemente apasionados-la gran mayoría-. Así, me atrevería a afirmar que Luis Eduardo Aute, filipino, español, trovador, galardonado con infinidad de premios y reconocimientos, antes que un “Da Vinci” es –aunque yo también comparta de algún modo esa opinión de algunos- sencillamente Aute, lo cual, visto en perspectiva, es una posición infinitamente mejor. O distinta al menos.

Puestos a escoger, siempre voy a preferir un Aute original, o cualquier otro artista que sea él mismo, antes que una burda copia de otro. Por más buena que esta sea.

Y está bien, vale. Imitar es una forma de empezar, pero uno no puede pasarse la vida imitando a fulano o mengano. Alguna vez, alguna puta vez, deberías empezar a ser vos mismo, chaval. Aunque te vaya la vida en ello.

Dejo constancia también que estoy usando el nombre y el ejemplo de Aute como humilde homenaje, por simpatía, por admiración, por respeto si, pero, por sobre todo, por quererlo como a un par. Sin pretender compararme.

Eduardo es un ejemplo a seguir pero, si algo me une a él, además de un inmenso cariño, es el saber que él sabe que a mi su obra –y la de tantos-, me importa realmente un comino. Por eso me trata como a un par. Soy total y absolutamente conciente de que debo labrar yo mismo mi propia obra, mi propio camino porque, sencillamente, es lo que me va a sobrevivir. Ni más ni menos.

Me lo dijo él mismo hace unos años, cuando en sorna le dije: “Toda la noche regalando autógrafos y firmando libros, y a mi no me tocó ninguno…”, y Aute, sonriendo, me dijo: “No me gusta agobiar a mis amigos con lo que hago…”

Y no quiero sonar pedante. Admiro y disfruto plenamente sus música. Como la de Fogerty, la de Serrat, los viejos Deep Purple o Led Zeppelin, Jim Croce, Nebbia, los Eagles y tantos otros. Encuentro en ella una sincera inspiración. Me inspira aún mas saber que, curiosa y felizmente, y a diferencia de tantos, Eduardo es absolutamente coherente en su obra y discurso, con su vida privada, digamos.

Como le dije una vez: “a mí me das optimismo, porque imagino un futuro así para mí, creando…”, y Eduardo, riéndose, me dijo: “Mirá vos, nunca me llamaron de ese modo. Me han dicho cabrón, ejemplo a seguir, renegado, histérico y un montón de cosas mas, pero, optimista…no, eso nunca”

Me hincha un poco las bolas citarme en una crónica escrita por mí, pero a veces, sólo a veces, resulta mas contundente que citar otros ejemplos. Más que nada, por haberlos vivido, sufrido, o disfrutado en carne propia.

Como alguna vez me dijera Lalo de los Santos, “lo mejor es no conocerlos, Mario, así podés seguir admirándolos sin decepcionarte…”

Pero, en el caso de Aute, no creo –felizmente- que esto sea así.

Vaya por eso el homenaje al “menudo punto filipino, que va desnudo en ascensor…”, como canta Sabina, “lámpara autista de Aladino, copa de vino, embriagador…”

Hasta otra vez.

 

© Mario Ojeda, 31/08/2009

 

 

 

Acerca del equipaje

Siempre me gustó escribir. Escribo desde muy pequeño, esa es la verdad. Puedo recordar claramente algunas composiciones mano “tema la vaca” en la escuela primaria, o los cuentos de la señorita Marote en la secundaria, como antecedentes claros de todo lo que vino después. “¿No te habrás equivocado de carrera…?”, me decía Alberto Caleris hace poco desde Ecuador, vía mail. Varios me lo han dicho antes. Mi padre también. A veces se sentaba a escucharme cantando algunas canciones y luego me miraba por encima de sus gafas, y me decía: “estás escribiendo bien… pero, ¿no pensaste nunca en darle tus canciones a otro para que te las cante…?” Ah, si, ese sarcasmo que tanto amé y sigo amando.

En cualquier caso, no todos tenemos el privilegio de haber nacido con una gran voz. No es definitivo tampoco. Quiero decir, se puede mejorar con el tiempo. Cantando, claro. Pero hay también mucha gente que canta – básicamente, la voz es un “trademark”, una marca registrada de cada uno-, y se pueden hacer lindas cosas con la música sin tener una voz destacada. Alcanza y sobra con que sea personal, que trasmita, que emocione, que diga algo. Ejemplos hay miles. ¿Acaso podemos decir que, no sé, Fito Páez, Calamaro o el mismo Dylan tienen grandes voces? ¿O George Harrison, por caso? Pero ahí están, y mal no les ha ido,por cierto.

Y además, encontrar nuestra propia voz, es un trabajo de años. No es que uno empieza a escribir canciones y ya puede definirse como trovador. No por cantar en la ducha uno es cantante. Ni siquiera un cantor, ya que estamos. De hecho, hay mucha gente que tiene voz, digo, voz para cantar, y que nunca cantó mas que en la ducha, o en la cocina de su casa. Que canta porque le hace bien. Aunque nunca se le ocurriría cantar en público. Y eso está bien, quiero decir, “este es el gremio de la libertad”, como decía alguna vez Spinetta.

¿A qué venía todo esto? No sé, me perdí. Ah, si… Quería decir que puedo percibir que uno no elige al oficio, sino que es exactamente al revés: es el oficio el que elige a uno. Uno puede meterse en alguna historia determinada, la música, por seguir con el ejemplo, pero si en un cierto tiempo no encuentras respuesta a sus inquietudes o, sencillamente, no te enganchas con el oficio, seguramente vas a dedicarte a hacer otra cosa. Ejemplos hay miles también. Abogados artistas, arquitectos gerentes de banco o cuenta propistas, artistas trabajando de camareros o en un supermercado, cantantes trabajando de locutoras, o periodistas, etc., etc.

Y no está nada mal. Al contrario: “el hombre es uno y sus circustancias…”, se sabe. Y mientras uno se encuentre bien consigo mismo, haciendo lo que catzo haga, está bien. Siempre va a estar bien.

En todo caso, lo que a veces sí me molesta –ya lo escribí en otras ocasiones-, es esa gente que, a sabiendas que el oficio no lo ha atrapado, sigue insistiendo, por joder nomás, como el viejo chiste, ocupando un lugar que no explota, que no se esfuerza por mejorar, y que siempre está con la expectativa de que alguien le allane el camino, colgándose del trabajo de otros. Esto pasa en todos los gremios, de todos modos.

En lo personal, a veces me quedo sin ganas. No ganas de dejar de escribir canciones o crónicas, ni mucho menos. Esto es lo que soy, al fin y al cabo. Este es mi oficio. El que me eligió, o nos elegimos mutuamente. Me quedo sin ganas de trabajar para otros, por decirlo claramente. Es como que siempre me ha tocado hacer de asador, digamos, de hacer asados para que lo coman otros. Y como uno es bastante inocente al principio, no va comiendo mientras cocina. Sino que se esmera por hacer un buen asado, y después termina comiéndose el asado frío. O las sobras de.

Y a ésta altura, después de casi treinta años, no quiero hacer asados para otros. Quiero hacerlos para mí. Me los quiero comer yo. No es egoísmo. Creo es sensatez. Prefiero quedarmen en casa escribiendo canciones, o grabando, o escribiendo crónicas, o arreglando mis papeles. O haciendo el vago, antes que salir a tocar por dos mangos. O tener que montar alguna producción, trabajar en ello un par de meses, y después, llegado el momento, ver como los que cantan son otros. Lo peor, generalmente, por poco o ningún dinero. No. Quiero hacerlo para mí. Si monto alguna producción, es para tocar yo. Si gano algún dinero, que sea para mí. Que me alcanza con poco, justo es decirlo también. Pero poco no es lo mismo que nada. Y a mi me alcanza con tener para pagar el alquiler, comprarme algún instrumento cada tanto, o hacer un pequeño viaje. Disfruto enormemente caminar nuevas ciudades, respirar nuevos olores, conocer gente. No pido mucho mas. Siempre tuve claro que “rico no es aquel  que mas tiene, sino el que menos necesita”. Que nada podremos llevarnos de aquí. Que en el traje de pino que voy a vestir cuando me vaya, no hay lugar para nadie ni para ninguna otra cosa mas que para mí. Que no voy a poder llevarme nada de lo que compre. Ni ropa, ni instrumentos, ni casas, ni autos, ni televisores, ni micro ondas, ni DVDs, ni nada de nada. Solamente hay lugar para mí. Celebro enormemente y respeto, que algunos amigos tengan propiedades, coches de marcas alemanas, camionetas 4 x 4, o pedos envasados de color verde, si eso los hace felices. Pero no es mi caso, y ellos lo saben bien. No son mis amigos por el dinero o la fama que yo pueda tener. Como cantaba Sabina: “Para que mis allegados, condenados a un ingrato futuro, no sufran lo que he sufrido, he decidido no dejarles ni un duro. Tan sólo cartas de amor, un siete en el corazón, y un mar de dudas, a condición de que no los malvendan, en el rastro mis viudas…”

Por eso siempre le digo a mis hijos que viajen livianos de equipaje, que no se carguen inútilmente de cosas que después no van a usar. Que no acumulen cosas. Que coman hasta saciarse, y no hasta reventar. Que todo debe ser armonioso y en su medida. Que tener mucha ropa colgada en el armario, no sirve para nada. Que es mejor oler bien, y estar limpio, que ponerse ropa cara por encima. Que un whisky de vez en cuando está bien, pero no una botella por día. Que algunos cigarrillos por día también, pero no tres atados. Y así con todo.

Porque, además, ya lo decía mi abuelo Guillermo: “de éste mundo llevarás, panza llena y nada más”  En eso estoy, Guillermo, en eso estoy.

Hasta otra vez.

© Mario Ojeda, Granada, 19/12/2009

 

 

Fantasías

Suele ser incordioso mirar hacia atrás pero, sencillamente, no se puede mirar hacia delante si uno no sabe de donde viene. Y, al fin y al cabo, lo que uno vive hoy es siempre consecuencia, no causa. Somos lo que somos hoy, por lo que antes hicimos.

Y lo que seremos mañana, definitivamente, será consecuencia directa de lo que hagamos hoy.

Es así de simple.

Y ahí vamos. Dándole vueltas a la vida. Las fantasías e alguna delirante siesta chaqueña, como alguna vez me escribiera Alejandro Ruiz, hace tiempo que han quedado muy atrás. No hay vuelta de hoja al respecto.

Y tampoco tengo fantasías anexas, del tipo “si hubiera hecho tal cosa, quizás hoy no estaría acá…”

No. Estoy muy contento del camino que he transitado hasta llegar a éste presente.

Reconforta saber que muchas de las cosas en las cuales creía, he podido verlas plasmadas en realidad.

Como el viejo refrán oriental dice: “siéntate en el portal de tu casa, y verás pasar el cadáver de tu enemigo…”

Es más o menos así. Mucha gente que se sintió con derecho a no prestarme atención,

hoy me escriben mails pidiendo que yo le preste atención a ellos. Paradojas de la vida. Ahora son ellos quiénes viven la fantasía de que estás fenómeno (claro que, como decía mi abuelo, “para el arte de pedir, está la virtud del no dar”), y que piden les prestemos atención.

Y no es que estemos del todo mal y no podamos hacerlo. Es que, queramos o no, nosotros también estamos inmersos en nuestra propia vorágine cotidiana, acomodando los tantos día tras día, para sobrevivir, simplemente.

Ocurre también que, quiénes nos dedicamos a tareas artísticas, hace tiempo hemos aprendido a vivir con cierta zozobra. Supongo será distinto el caso de un ingeniero o un arquitecto, por ejemplo, que cuando hay algún “boom” de la construcción tienen mucho trabajo, y que, si ésta se estanca, aparece cierta “desesperación” por no tener un futuro laboral claro.

Nosotros no: los artistas siempre estamos viviendo con cierta precariedad económica, lo cual no implica que a veces podamos darnos el lujo de viajar, o de tener ciertos disfrutes o placeres.

Cuando eso ocurre, es normal que te digan: “Mirá vos, no puedes quejarte. Siempre viajando, conociendo lugares con la guitarra al hombro. ¡Y encima te pagan por tocar!...”

Ante lo cual uno se muerde los labios para detener la tentación de decirle: “No tenés ni puta idea de lo que decís, flaco. Cuando vos tenés un sueldo seguro todos los meses, yo no. Y a veces tenemos épocas buenas, otras no tanto, y otras sencillamente lastimosas. Pero no nos quejamos por eso. Somos lo que somos, y ahí vamos, poniéndole garra y corazón a la vida, sin prestarle demasiada atención a  cosas superfluas, o a las muchas pelotudeces que a vos te suelen preocupar…”

Pero te callas porque al fin, como decía mi abuelo también, “mejor callar que con burros tratar”, y a ésta altura del partido hay muchas cosas que no tenemos ganas de explicar.

Bueno, quizás debería escribir: “que yo no tengo ganas de explicar”, que suena parecido, pero no es lo mismo.

La sola posibilidad de poder vivir de lo que uno hace, ya es un éxito en si misma hoy en día, lo cual, en el fondo, no deja de ser reconfortante.

Y en eso estamos.

© Mario Ojeda, Granada, febrero 2009

 

Nuevas consideraciones acerca del oficio

Cuando edité mi segundo CD, “El loco de la guitarra”, allá por 1997, incluí dentro del sobre con los créditos, una serie de frases que, a lo largo de los años, desde que empecé mi historia de la música –y ya desde ese entonces, como ahora, con aspiraciones profesionales-, me habían ido diciendo distintos amigos y personajes varios, que fueron un poco mi guía en éste oficio.

Muy contento estaba yo, cuando le regalé una copia del disco a mi amigo Alberto Lucas, un cantautor bárbaro con el cual compartimos innumerables veces distintos escenarios porteños a principios de los ´80, hoy devenido en productor y mánager de, entre otros, Manuel Wirtz, el hermano del recordado Daniel.

Bueno, hete aquí que, luego de leer el cuadernillo, Lucas me dice: “¿Para que pusiste esas frases? ¿A quién le importa?...” Le contesté, que a mi parecía una idea original. Fresca, y lo sigue siendo.

Y paso ahora a explicarles el porqué, ya que tengo la posibilidad.

En primer lugar, y para dar un ejemplo, nadie nos enseña, de niños, la función de los bancos. Es decir, siempre había pensado que los bancos servían para guardar dinero. Ya de mayor, comprendí que el negocio de los bancos era “vender” dinero. Es decir, te “prestan” dinero –siempre y cuando tengas algún aval para responder, y luego uno tiene que devolverles ese dinero pagando un cierto interés –generalmente alto y desproporcionado-. En otras palabras, te están vendiendo ese dinero. Pero nadie te lo enseña. Uno lo aprende a porrazos, así de simple.

Con la música pasa más o menos lo mismo. Uno empieza en este oficio imitando a sus héroes, copiando sus canciones, cantándolas. Luego llega a la conclusión de que es mejor hacer lo propio, así que escribe alguna canción, o varias. Y después quiere mostrarlas a la gente. Así que arma una banda, detrás vienen los ensayos, sale a tocar por ahí, hasta que llega a la conclusión de que debe grabar esas canciones, para poder venderlas. Para lo cual, necesariamente, además de gastar dinero en salas de ensayo y demás, tiene que volver a gastar dinero para editar un disco. Una vez hecho esto, se da cuenta de que debe presentarlo, así que se ve envuelto en un sinfín de cosas para hacer, que están a años luz del hecho simple de escribir una canción: carteles, alquile de sala, el sonido, las luces, la pegatina de esos carteles, envíos de prensa, gacetillas, mails, llamados telefónicos, etc., etc. Y todo esto alternado con los ensayos, los nervios de la presentación, los tiempos que no cierran, etc., etc.

Por supuesto, hay quiénes tienen la suerte de saltarse todo esto: ensayan un tiempo, graban un demo, son contratados por alguna discográfica –cada vez menos en los tiempos que corren-, y ya no se preocupan de nada más. Alguien va a hacer todo lo otro por ellos. Obvio, quédense tranquilos, se lo van a cobrar. Esta es la sencilla razón por lo cual un CD, por ejemplo, cuyo costo real asciende a 1,50 euros con tapa y cajita plástica incluida, es luego vendido por las discográficas en 15-18 euros (y eso ahora, porque hubo épocas en que un CD llegó a costar 22 euros al público. Y lo peor no es esto: al músico –sea un solista o un grupo-, le daban no más de 1 o 2 euros. Proporción matemática que sirve básicamente para países como USA, con 300 millones de habitantes, y unidos por un idioma y un sistema común. Claro, trasplantan esa idea comercial a Europa, por ejemplo, donde también hay más o menos la misma cantidad de gente –descontando Rusia-, y la historia no funciona: son muchos países con idiomas, culturas, hábitos  y medios de difusión totalmente desconectados entre sí. Cosa que, insisto, no pasa en USA. Ni hablar de países latinoamericanos, donde, además de haber muchísima menos gente, la capacidad de consumo es totalmente distinta. Y luego pasa lo que pasa.

Pero volvamos al oficio: como nadie te enseña, ni te habla ni te cuenta determinadas cuestiones –esa cosa de los celos, los egos, las envidias, en mercados potenciales tan pequeños, uno tiene que ir aprendiendo a los ponchazos. Y cuando más o menos entiende, o aprende qué va la cosa, ya tiene 30 años, y un par de hijos, y ya no tiene la piel tan tersa, y mucho menos paciencia ni los huevos livianos para soportar determinadas cosas, así que… si realmente le apasiona la historia, lo que hace es editar el mismo sus discos, produce sus conciertos, etc., etc., claro que, con una proyección de repercusión muchísimo menor que aquellos que tuvieron la suerte, desde un principio, de ser contratados por una discográfica.

Y yo, lo quise hacer al incluir esas frases en aquel ahora lejano segundo CD fue, justamente, citar a tipos que no fueron egoístas conmigo al decirme ciertas cosas.

Vuelvo a citarlas ahora, agregando algunas que no estaban en el disco, como un simple ejercicio de memoria, y porque a mí, insisto, me ayudaron mucho. Ojalá les sirvan a otros también:

“Si querés cantar, cantá. No boludees. Si dejas pasar el tiempo, fuiste” (Facundo Cabral)

“La música es siempre mitad negocio, y mitad delirio. Nunca lo olvides, Mario” (Raúl Díaz, ex Mantra, en Corrientes, allá por 1981)

“Yo conozco tu historia. Lo que vos hiciste o hacés, siempre rebota por algún lado” (Lalo de los Santos)

“Olvídate de todo lo que hiciste en el Chaco. Acá no sos nadie. Así que empezá de abajo, porque si soñás con que alguien te dé la difusión que tuvo Baglietto, debería haber otra guerra. Y no creo haya otra en unos cuántos años…” (Osqui Amante)

“Todo sirve, negro, todo sirve” (Horacio Fontova)

“El ego es como una paja que se enciende. Si prende, no lo parás más” (Raúl Porchetto en Sáenza Peña, Chaco, allá por 1981).

“Vos apiolá giles nomás, Osqui, ¿viste?” (León Gieco por el interfono a Osqui, Sáenz Peña, Chaco, octubre de 1981)

“Tus temas están buenos. Pero deberías cantar otros que sean mas marchosos, que hagan mover a la gente…” (Conejo García, gran amigo, después del show con León en Corrientes, allá por 1981)

“¿Qué hacés acá perdiendo el tiempo, negro? Vos tenés que estar en Baires…” (Litto Nebbia en Gesell, 1994, el empujón que me faltaba para volver)

“¿Un demo? ¡Dejate de joder! Te venís y grabas un disco...” (Nebbia otra vez, a principios de 1996)

“Cuando grabes, olvídate de todo lo demás, y concentrate únicamente en lo que estás haciendo, porque eso queda grabado…” (Moris, en Gesell, allá por 1992)

“Vos no sos un tipo cualquiera…” (Leonardo Favio, mirándome fijo a los ojos, en un reportaje que le hice en Gesell, verano de 1988)

“Yo no escucho música, Mario: yo hago música…” (Moris otra vez, tomando un zumo de naranja antes de grabar dos temas en mi primer CD)

“Hay que profesionalizarse, no hay otra. Sino, estamos boludeando…” (Fito Páez, con 18 años, en Plaza España de Resistencia, Chaco, noviembre de 1981)

“A mí no se me cae nada por pasar el lampaso…” (Juan Baglietto, el mismo día de la frase anterior, en Plaza España, había llovido, y Juan secaba el piso donde iban a armar, mientras el resto “afinaba”)

“Rico no es aquel que mas tiene, sino el que menos necesita…” (Facundo Cabral, en la cafetería Cachavacha, en Gesell, verano de 1988)

“Vos cocinás el guiso y te lo comés solito, ¿no, Mario?...” (Gianfranco Pagliaro en Gesell, verano de 1987, cuando le conté que grababa y vendía mis casettes en los shows).

“¡Estás en el libro de la historia del Rock, negro!...El de Marzullo y Muñoz” (Rodolfo García y Babú Cerviño, Gesell, mismo verano, estaban girando con Víctor Heredia)

“De todos se aprende un poco, no lo olvides…” (El “Tano” Pagliaro otra vez, algún invierno en Gesell)

Tengo mas, pero como en el CD, les dejé al final una de Osvaldo Fattorusso, que me mató: “Todos quieren hacer discos, pero nadie se acuerda de la canción. Y la canción es la semilla, negro, es la base de todo…”

Hasta la próxima, que ésta me quedó un poco larga.

 

© Mario Ojeda, Granada, 10/5/2009

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Todo se une en un punto

 

 

Todo se uno en algún punto. La frase es de mi amigo Hugo Fernández, y vengo utilizándolo desde hace añares. Creo sinceramente que es cierta. ¿Quién iba a decirle al pìbe que se paraba embelesado a mirar a Hugo Romero tocar el bajo en “The Play Boys”, que iba terminar cuarenta años después tocando el bajo él mismo, disfrutando el hacerlo y casi, casi ya viviendo de ello? Bueno, para eso me vine a España, no jodamos. Entre varias otras cosas. Pero la realidad es que el bajo me lo compré hace un par de años para mí, para tocarlo en mi casa, y agregarlo a mis grabaciones artesanales, y de golpe y porrazo, felizmente, se ha convertido en un medio de vida. ¿Necesita un bajista? Ahí va el Ojeda. Que no es el mejor, por cierto. Pero trato de ser puntual, no falto a los ensayos, tengo mi bajo, mi cable, mi equipo, mi afinador, mi caja de inyección por si hiciera falta, tengo buena memoria, recuerdo los temas a las dos o tres pasadas, me equivoco poco y nada, y encima me divierto, cosa que también se trasmite.

Lo mismo me ocurre cotidianamente con un montón de situaciones, algunas mas divertidas que otras, justo es decirlo, pero todas, todas, casi “cósmicas”, de allí el porqué de la primera frase de ésta crónica.

Y, en verdad, las cosas no ocurren porque sí. No es cuestión de “casualidades”, sino más bien, de “causalidades”. Causa y efecto, que le dicen. Yin y Yang, según los chinos. El blanco no existe sin el negro. La luz no sería día sin la noche. Y así sucesivamente.

Ahora viene Gieco a cantar a Granada. Si, León Gieco. Lo trae un compinche quien, a su vez, se lo vendió a Caja Granada, una entidad financiera local que, a través de su obra social, suele organizar encuentros musicales y de otra índole, siempre desde una perspectiva, digamos, cultural.

León acá es tan conocido como mi tía Pipi, la que tenía una casa de sándwiches que vendía eso, sándwiches, en Corrientes, en la calle Santa Fe, cerca de la plaza 3 de abril. Es decir, no lo conoce nadie.

Pero, ya se sabe, siempre aparece algún “progre” convertido en funcionario, o devenido a funcionario, mejor dicho, a quien se le ocurre organizar una especie de “intercambio” cultural y generacional entre artistas argentinos y españoles, para que “confraternicen”. Es decir, va a cantar León, quien supongo se llevará un billete, y después (¡y no antes!), cantarán algunos artistas locales- algunos de ellos, incluso, argentinos que llevan algunos años viviendo por acá-. Por muy poco dinero, claro.

Que quede claro: no es eso lo que jode. No me importa. Cada quien hace con su nariz los agujeros que quiera. Algunos se hacen “piercings” también. Otros andan olfateando mierda poniendo cara de circunstancia porque, da la casualidad, políticamente les conviene.

No me parece mal eso. Me joden las “carabelas”, como decía hace ya treinta años mi amigo César Hermosilla Spaak. Los que vienen a descubrir las cosas que ya están descubiertas. Los que teniendo un artista (o varios) cerca, mas que dignos, contratan a los que vienen de otro lado (sea Gieco, Matusalén, o las Bolas de Cambicha), les pagan un caché mas que digno, y luego no contratan al tío que vive en tu ciudad, porque, claro, si vive a dos cuadras de mi casa, ¿cómo va a ser artista?

Lo mismo me pasaba en Resistencia, hace ya treinta años. La de veces que he discutido, me he peleado verbalmente, y me tuve luego que volver a amigar, con gentes que hacían exactamente lo mismo. Que me sacaban una notita de tres por tres centímetros en un periódico, y al lado mío una nota de dos páginas a, yo que sé, Los Rolling Stones, por ejemplo. ¿Quién catzo iba a leer mi crónica? ¿Cómo podía competir? Y les decía: “pero, macho, a los Stones, que los amo, guarda, ¡no les hace falta dos páginas de crónica! ¡A mí me hacen falta! ¡Dámelas a mí! ¡O a otro como yo! ¡Pero no le des dos páginas a los Stones, no les hace falta!....”

Y me sigue ocurriendo. Como cuando llegué a Villa Gesell, y a los seis meses le planteé al entonces director de Cultura de la Municipalidad geselina, don Oscar Brocos, un festival veraniego, con artistas locales y “consagrados” que yo conocía, se lo dije, León Gieco, Baglietto, Nebbia, etc. Hasta le dí el nombre: “Gesell Rock”. No lo estoy fantaseando. Rastreen las revistas “Arte Geselino”, que edité durante tres años, y que están guardados, todos los números perfectamente recopilados por Carlos Rodríguez, el director, en el museo de Gesell. Me dijo que no, obvio. Que no había dinero para eso. Le contesté: “No es cuestión de dinero, eso lo puedo conseguir. Es cuestión de voluntad política, ¿quieres hacerlo o no? ¿Confiás en mi?...”

Mierda, claro que no. ¿Quién iba a confiar en un pendejo de 23 años y medio? Lo peor, no es sólo que luego lo hizo otra gente, y con beneficios. Sino que, como soy quien soy, tampoco registré el nombre, así que perdí mi oportunidad de ganar algún dinero pidiendo tanto por la marca registrada.

Pero, ¿saben la verdad? ¿O mi verdad, al menos? Son todas boludeces. En el fondo, repito, son todas boludeces. Me importa un carajo. Que se metan el nombre, la idea, los logros políticos y económicos donde les quepa. Yo me fui de mi casa para tocar la guitarra, y es lo que trato de hacer cada día. Escribir mejores canciones, luego grabarlas y guardarlas. Punto. Eso sí. Ya no muevo un dedo si no me pagan o no me apetece hacerlo. Sea un ayuntamiento, un pub, o la casa quinta de mi amigo Fran. Toco el bajo en Los Trovamundos porque me pagan por hacerlo, porque puedo viajar, y además, me divierte mucho hacerlo. El día que no me divierta más, o deje de darme dinero, dejaré de hacerlo también.

Pienso lo mismo que antes. Siento lo mismo que antes. Es sólo que ahora tengo casi cincuenta años, y el pelo (y la panza) un poco más largos, pero eso es todo. El sueño acabó, como decía Lennon.

Tendré que asumirlo de una buena vez.

Hasta la próxima.

 

© Mario Ojeda, Granada, 27/6/2009