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marioojeda

Nuevas conversaciones conmigo mismo

Me fui de mi casa a los 21 años, con la humilde pretensión de ser famoso y millonario. Curiosamente (o no tanto), creía tener con qué. Y además, estaba dispuesto a esperar, a soportar lo que viniera con tal de llegar a ese objetivo. Como el viejo poema orienta: “siéntate en el umbral de tu casa, y verás pasar el cadáver de tu enemigo…”

Y así fue. Muchos de los que estaban entonces, hace mucho tiempo dejaron de estarlo. Y yo, sigo. Pero con una salvedad: desde hace unos cuántos años, ya no me interesa ser famoso y millonario. No. Que me alcanzaría con ser millonario. Y ni siquiera: me gustaría simplemente poder seguir trabajando con, y viviendo de la música exclusivamente, como hago ahora. Lo cual, apenas cinco o seis años atrás era una verdadera utopía. Y en Argentina lo sigue siendo, y me jode.
Pero acá no. Nadie te mira raro cuando le dices “soy músico, soy cantautor”. Es mas, hay una tácita pátina de respeto al escuchar la respuesta. Recuerdo la anécdota de la primera nota que me hicieron en un periódico local, allá por el 2003, entonces aún trabajaba de camarero en una cafetería. Al leer el reportaje esa mañana, el dueño del bar me llamó aparte y me dijo: “¿Así que usted es artista?” “bueno, respondí, toco la guitarra, escribo mis canciones y luego las canto…” No, fue la respuesta, “acá dice que usted tiene un par de libros editados, o sea, es escritor, es poeta…”, bueno, si, mas o menos, le dije. Y mirándome por encima de los anteojos, me dijo: “bueno, dice que es artista, pero al menos trabaja…”. Je, era como decir, es un bohemio delirante, pero no le hace asco a trabajar. Y no, no le hago asco a trabajar. Siempre me las rebusqué para vivir de alguna otra cosa, hasta hace un par de años, y poder seguir haciendo música. Y ahora que vivo exclusivamente de esto, la satisfacción es mayor porque, sencillamente, además de tener con qué, me la banqué. Pude hacerlo. Lo demostré pero, sobre todo, pude demostrarme a mí mismo que tenía con qué. Y que se podía.

Y esto es algo que nadie podrá quitarme.

Por otro lado, tengo la rara satisfacción de que, mucha gente que en Argentina antes no me daba ni la hora, ahora me escribe para pedirme cosas, del tipo “¿porqué no me organizas algo y me voy de gira a España, y hacemos algo juntos…?”. Como si tuviese la vaca atada, o dinero suficiente para producir cosas, aunque no nos conozca nadie, ni a ellos (los que me escriben), ni a mí. Y es una fantasía que me resulta divertida.

Pero, por otro lado, a cierto nivel, a mi se me conoce mas que a ellos. Lo cual no deja de ser reconfortante. Al menos, por el simple hecho de vivir acá, de estar haciendo un montón de cosas permanentemente. O que llamen de algún periódico para pedirme “una salutación de fin de año, que se la estamos pidiendo a distintos personajes destacados de la cultura granadina”. Está bueno, si. No me da de comer, ni me paga el alquiler.

Pero ese tácito reconocimiento reconforta, qué duda cabe.

Sobre todo porque, mas allá de algunas cartas, o algunas palmadas en la espalda, como muestra de reconocimiento o valoración, en Argentina nunca me prestaron atención.

Y me jodía, porque son unos cuántos años ya de venir haciéndolo. Y porque sé que crecí, que me rompí el lomo para estar donde estoy. Porque creo estar cantando, a mi manera siempre, bastante mejor que antes. Porque toco mejor que antes. Y porque, a la hora de escribir una canción, por sencilla que ésta sea, sé perfectamente adónde va, cómo va a sonar, como quiero presentarla, cómo quiero arreglarla, como quiero que suene. Y que además puedo hacerlo solo. Porque éste es, al fin y al cabo, mi oficio.

Que después termino haciéndolo con alguien mas, porque de eso se trata el arte también, de compartir con gente que está en la misma que uno.

Aunque lleven unos cuántos años menos que uno mismo haciéndolo. Pero no importa: hay una tácita sensación de respeto y admiración, y eso ya vale.

Y además, tener los elementos para hacerlo. Es decir, los instrumentos, por ejemplo. Para comprarme las herramientas para trabajar, para hacer lo mío, en Buenos Aires tardé casi quince años. Acá, en apenas dos, me monté el estudio. Tengo mi ordenador, mi mesa de mezclas, mi acústica, mis eléctricas, mi bajo, mis pedales, mis micrófonos, etc.

Las herramientas del fontanero, simplemente. ¿O acaso pueden imaginarse un electricista que tarde diez años en comprarse los elementos que necesita para trabajar? Bueno, esto es lo mismo.

Pero, por sobre todo, y ya con esto voy terminando por hoy, poder vivir de la música me da un cierto rélax para pensar, para meditar acerca de los pasos a seguir, cosa que antes sencillamente no podía hacer.

Y racionalizar el oficio, que ha sido desde siempre uno de mis reclamos permanentes. Porque creo sinceramente que eso es lo que diferencia al artista de otros oficios. Porque estamos acá básicamente para entretener. Pero no debería engañarnos y hacernos entretener sin sustento. Porque hay infinitas formas de hacerlo, pero creo debemos hacerlo con fundamento.

Y esa estoy, sencillamente.

Hasta otra vez.

 

© Mario Ojeda, Granada, 25/12/2008

 

Literatura pura

Lola del Río fue, desde niña, una actriz de raza. Bueno, no solamente era actriz: cantaba, bailaba, ella en sí misma era un artista, digna de ver y disfrutar. Un cuerpo menudo, pechos turgentes, labios carnosos, y quizás unas orejas marcadas que acentuaban su menudez. ¡Pero que artista! Contemporánea de Imperio Argentina, de Margarita Xirgú, , y tantas otras luminarias del espectáculo, de todas y cada una de ellas mamó su arte, independencia y feminidad.

Además, solía ser compañera de todos y de todos. Nunca un gesto de altivez, de altanería, siempre dispuesta a escuchar y colaborar con todos sus compañeros, en un estudio de radio, en un plató de cine o televisión, siempre era Lola toda dispuesta, y no tenía problemas en colgarse a una escalera a picar un foco, barrer el piso, o sentarse en la taquilla a cobrar las entradas, si es que hacía falta.

No se dedicaba al mundo del espectáculo solamente por vocación: ella era un espectáculo en si misma.

Y largas son las anécdotas y pequeños deslices, porqué no, que podríamos contar porque, “tan humana al cabo como la contradicción…”, como cantaba Alejandro Lerner, aunque solía disimularlos muy bien, también tenía pequeños gestos que la diferenciaban del resto. Algunos, pequeñas menudencias que había asimilado de sus pares.

De Margarita Xirgú, por ejemplo, había cogido ese tic de pararse al frente del escenario y llamar a sus compañeros al finalizar la función, para saludar al público. Cuando sus compañeros se ponían a la par suya, los brazos sobre los hombros, dispuestos a saludar, ella se desprendía y, disimuladamente, daba un par de pasitos hacia delante, de modo de quedar ella como el personaje principal.  Hacía unos gestos con ambos brazos, llamándolos luego hacia delante, para repetir la reverencia, y cuando ellos se adelantaban, era ella ahora quien daba otro par de pasitos hacia atrás, volviendo a quedar claramente en una posición diferenciada del resto, al mismo tiempo que extendía sus brazos a ambos lados, como pidiendo un aplauso para ellos..

Sin embargo, también era líder por naturaleza. No necesitaba que nadie le dijese que saliera en defensa de un compañero de oficio, para discutir un cachet o un aumento de sueldo con el productor de la obra. O mejores condiciones de camerinos, de hotel, incluso de contratos discográficos. Siempre era Lola la primera en pararse, en vestirse, en estar lista para salir al escenario.

Siempre lo decía, además: “el escenario es mi vida”. Formada en el oficio trabajando, desde muy pequeña, en la compañía de sus padres –artistas trashumantes, como tantos, que cargaban el atrezzo de sus obras en una vieja camioneta desvencijada, y así viajaban de pueblo en pueblo, para representar sus obras-, Lola se había formado en el trabajo, y sabía muy claramente cuál era su lugar, su inmenso lugar, pero también cuáles eran sus derechos y obligaciones. Por eso, nunca se le escuchó quejarse por una habitación, una comida, o por el estado del camerino de cualquier teatro. Lola siempre era una estrella, en un teatro en Madrid, en Buenos Aires, o en cualquier lejano pueblito de Andalucía, Extremadura o Aragón, allá iba ella, brillando siempre, refulgente, y poniendo a todo el mundo en su lugar. Alentando, cuando había que alentar, si, pero también llamando la atención cuando a alguno de sus compañeros “se le subían un poco los humos”, y tenían veleidades de estrellato.

Famosa –aunque muy oculta entre cronistas-, es aquella anécdota en la cual, durante la filmación de una película en la Argentina, donde debió compartir cartel con una, por entonces, joven, siliconada y muy popular actriz, Lola empezó a hartarse de las actitudes de diva de ésta (quien no compartía camerinos con los demás actores, no comía con ellos, salía del suyo solamente a firmar sus partes, y demás estupideces por el estilo). Cierta vez que llovió, y la actriz en cuestión mandó a su asistente a decir “que filmen otros ahora”, que ella iba a filmar su parte otro día, cuando dejara de llover, “porque se le arruinaba el peinado”, Lola, harta ya de estar harta de tales desmanes, se acerco calmadamente a la casilla rodante de la “estrella” en cuestión, golpeó suavemente su puerta, y cuando esta le abrió, le dijo: “¿Puedo pasar?” “Si, por supuesto”, respondió la rubia platino desde su acolchonado asiento dentro del trailer. Lola entró, se sentó junto a ella, y sonriendo le dijo: “Mi hijita, yo venía a hablar con vos, porque, ¿sabes? Quería explicarte algunas cosas. Mira, el cine es un trabajo de equipo. Y a mi no me gustaría que, por algunas actitudes tuyas, toda la unión y fuerza de este equipo se desmoronara. Mira, cuando comemos, comemos todos. Cuando bailamos, bailamos todos. Si hay que salir a mostrarnos, para hacer prensa, o para conseguir más dinero para continuar con la grabación, salimos todos, ¿sabes? Y así con todos y cada uno de los detalles que implica hacer un filme. Porque la verdad, es que todos, desde el primer actor, hasta el último iluminador o montador, somos igual de importantes en éste circo. Aunque algunos cobren más, y otros cobren menos, todos tienen igual importancia. Y además-le dijo sin dejar de sonreír ni mirarla con picardía, y sin levantar apenas el tono de su voz-, de puta a puta, yo, le chupé la pija a Gardel. Así que no me toques el coño…” Se levantó, dio media vuelta, y se fue caminando lentamente, que a sus casi 87 años ya no podía moverse muy rápido, dejando a la actriz con la boca abierta.

Porque Lola era así, lo dijimos desde un principio. Quizás por eso también, es que su talento y fulgor no ha quedado reconocido en los libros de historia del cine, de la radio o la televisión.

Cuando algunos músicos actuales se quejan de que ya no se venden discos, siempre les cito a Lola, que ella no tenía ninguna compañía discográfica multinacional invirtiendo dinero detrás para promoción. De hecho, si, había grabado algunos discos y demás pero, como los grandes de verdad, no era un producto enlatado. Nunca sirvió para eso. Era una artista de directo. Alguna gente conserva celosamente viejas grabaciones de Lola, algunos discos simples de 78, de 45 y hasta 33 revoluciones por minuto-¿se acuerdan de ellos?-, porque Lola grabó mas o menos hasta mediados de los ´70. Claro, era el siglo pasado. Nunca ganó demasiado dinero con eso porque, además, le pagaban céntimos por cada disco vendido. Pero a Lola eso no le importaba. Grabar discos era sólo una partecita más de su oficio. Ella se sentía viva actuando, “toreando en cualquier plaza”, como dicen que hacía Jacques Brel en sus mejores años, cuando, por ejemplo, luego de actuar una semana seguida a lleno en el Olympia de París, cargaba un pequeño equipo de sonido en el maletero del coche, y salía a actuar por los pueblos mas lejanos de Francia, a cara lavada, sin luces, y prácticamente sin publicidad, “a conquistarlos”. Porque, él mismo lo decía, “en París, en Bruselas, en Roma, yo soy un triunfador. Todo el mundo me conoce, y no tengo que conquistar a nadie. Pero en los pueblos no, allí es distinto. A veces canto para 7, 8 personas que, además, me miran con desconfianza, seguramente porque se imaginaban otra cosa, o porque soy menos fotogénico en la vida real de lo que pareciera o debiera ser, el asunto es que los tengo que conquistar. Y cuando lo logro, ah, no hay satisfacción mas grande…”

Esto mismo hacía Cafrune en la Argentina, que salía a cantar por los pueblos. De él copió León Gieco su idea de girar, de “Ushuaia a La Quiaca” porque, como el mismo León decía, “yo jamás me olvidé de cuando vi a Cafrune. Así que pensé: si yo hago lo mismo, bueno, supongo tampoco se olvidarán de mí…” Y vaya si tenía razón.

Así era Lola del Río también. Una artista de raza, quizás por ello no sé casó ni tuvo hijos. Tuvo si, algunos amores intensos que no duraron demasiado, simplemente porque para Lola, seguramente, no había amor mas profundo que el que sentía por su oficio de artista y esto, se sabe, no es fácil de asimilar. Y seguramente, mucho menos para un hombre, y más en aquellos años.

Será por eso, seguramente, que no mucha gente conoce a Lola, aunque siempre que puedo, la traigo a colación, para refrescar la memoria de muchos.

Hasta la próxima vez.

 

© Mario Ojeda

 

Nota del autor: Lola del Río es un personaje que me acabo de inventar. No hay orden de fechas ni cronología alguna en el relato que les acabo de dejar. Ni puedo asegurar que las citas que hago sean ciertas, aunque me constan de buena fe que sus verdaderos autores las dijeron así. Pero creo quedó entretenido, ¿verdad? Lo dicho: literatura pura.

 

 

Impresiones de un viaje a Cuba

Definitivamente, como cantaba Nebbia, “si la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia”, no sé, incluso, si la verdadera. Pero otra historia, seguro. Tuve la suerte de poder estar en Cuba, hace quince días. Todos deberían poder visitar Cuba, mejor dicho, La Habana, al menos una vez en la vida. Como decía un amigo, “como un ejercicio de humildad. Para valorar lo que uno tiene”. Al menos, para eso.

Sobre todo si, como fue mi caso, teniendo la posibilidad de hospedarme en un hotel, con habitación paga, porque había sido invitado, elegí alojarme voluntariamente en una casa particular, pudiendo ver con mis propios ojos una realidad harto distinta a la nuestra. En realidad, harto distinta a la de cualquier país del mundo.

Es decir, viajar en autobús, charlar con la gente, caminar, sobre todo, caminar.

Hablar de Cuba y no hablar de política, es muy difícil. Casi diría, una tarea imposible. Pero allá vamos.

Imaginen Resistencia, pero con un millón y medio de habitantes. Muy pocos edificios altos,  una ciudad que se extiende hacia el oeste, desde la bahía, y con una realidad edilicia que habla de un pasado indudablemente mejor. Mejor económicamente hablando, de cuando era “la perla del caribe”. ¿Era? Quizás aún lo sea, pero es muy difícil analizar construcciones que parecen haberse detenido en el tiempo, cincuenta o sesenta años atrás, y no compararlas con construcciones más actuales. Obvio, a pesar del deterioro del tiempo y la falta de manutención, ver esas mansiones inspiran en uno la sensación de que, precisamente, con dinero y actualización de construcciones y pinturas, esas mismas construcciones podrían recuperar el fulgor de antaño, dándole a esa ciudad una belleza mayor de la que de por sí tiene. ¿No lo dije aún? La Habana es muy, muy bella. Debe haberlo sido. Lo será nuevamente alguna vez, aunque yo no estaré allí para verla.

¿El clima? Muy similar al resistenciano, con un promedio de 30 grados durante todo el año, y un corto invierno de 10 o 12 grados, mas o menos, haciendo innecesaria la ropa de abrigo en serio.

¿La gente? Increíblemente culta y amistosa, casi fraternal, aunque la mayoría de las veces esa “fraternalidad” implique una especie de “chantaje emocional”, la necesidad imperiosa de que le eches un cable, aunque sean dos o tres “cucs” –el peso cubano convertible, que equivale a un dólar-. Porque con un sueldo mensual de 400 o 500 pesos cubanos “verdaderos”-algo así como 15 dólares-, el “inventar”, como dicen ellos, día a día, qué hacer para vivir, ya es una tarea asumida como parte de su existencia.

Y algunos están mejor, sobre todo, curiosamente, los artistas. Los que pueden salir cuatro, cinco o seis veces al año, a exponer su arte fuera de la isla, y pueden traer dólares o euros. Por poco, sigue siendo mucho, claro está.

Pero eso ocurre en Resistencia, o en Granada mismo, donde vivo. Es decir, si yo pudiese salir a tocar 3 o 4 veces al año a otros países, y traerme algo de dinero en cada viaje, viviría mejor, sin duda.

El problema es salir, obvio. Conseguir que te inviten, que alguien ponga el dinero para el pasaje, y consigas el visado correspondiente. ¿Mientras tanto? Mientras tanto hay que seguir viviendo, inventando cada día, aunque seas ingeniero y debas sobrevivir manejando un taxi o vendiendo agua de coco en cualquier esquina.

Tener “sensación de libertad” –o no tenerla-, no es lo mismo que tenerla realmente.

Shit. Me cuesta escribir mis ideas sin rozar la arena política. Los esquemas mentales que normalmente tenemos, deben cambiar necesariamente cuando uno habla de Cuba. Supongo será peor en Haití, en cualquier caso. Bueno, o en Fontana, que no hace falta irse demasiado lejos de Resistencia para ver otra realidad. Es decir, la miseria no es un problema de Cuba solo, necesariamente.

Como decía mi viejo, “para ver miseria en otros lados, yo me quedo acá, que la tengo a la vuelta y me sale gratis...” El tema es que las utopías paradójicamente, deben ser utópicas, ¿no?, y algunas hasta salen bien. Y los logros de la revolución están ahí -la salud, la educación gratuita hasta niveles universitarios, la dignidad frente al bloqueo, el orgullo de ser cubano y resistir, etc., etc.), pero el gran problema es el “mientras tanto”.

Y si el “mientras tanto” implica quedarse a vivir allí, descreo absolutamente de los que “apoyan la revolución” viviendo en otros lados, desde afuera, porque, debo decirlo de una puta vez, creo que la gente allí, genéricamente hablando, pasa muchísimas necesidades. Que su “día a día” no es el mas disfrutable, ni el deseado pero que, curiosamente, la gente debe aceptar como parte del juego.

Claro, que si vas de vacaciones una semana a un hotel  cinco estrellas, con playa -¿ya dije que las playas son increíbles?-, por ejemplo, a Varadero, indudablemente tu visión va a ser distinta. “Varadero no es Cuba”, dicen los cubanos. Y tienen razón. Pero tampoco creo sean Argentina los “apart” hotel cinco estrellas en Buenos Aires, Cariló o Pinamar, o los “countries” residenciales en San Isidro. Están ahí, porque forman parte de un todo, pero la realidad de quien vive en esos mismos “countries” es absolutamente distinta a la del tipo que vive en Moreno o San Justo, trabaja en el centro, y tiene que levantarse a las cuatro de la mañana para subirse al tren. Vive en Buenos Aires, si, pero eso de vivir así...

Y quiénes nos invitaron a cantar allí, son amigotes, y están bien –ya lo dije, son “artistas”-, y además, debo decirlo también, son cubanos, aman su tierra, fueron educados en un sistema, ¿por qué deberían irse a vivir a otro lado? Claro, salen, ya lo dije, tres o cuatro veces al año, y hacen sus cosas, y luego regresan, y se reencuentran con familia, amigos, idioma, acentos, lugares, olores, etc., y todo eso está bueno. ¡A mí me gustaría hacerlo también! Y no siempre puedo.

Y eso que vivo en un sistema capitalista -mierda, estoy rozando la arena política otra vez-, que “se supone” es mejor –digo esto con carácter estadístico: la mayoría de los sistemas políticos en el mundo son capitalistas- y, sin embargo, no puedo. ¿Entonces? Entonces sigo hablando del viaje, mejor, ya dije que es muy difícil separar ciertas cosas.

Cantamos para un auditorio casi a rebozar de estudiantes universitarios, la primera vez, en la Facultad de Agronomía, y para casi 30 conocidos –de los organizadores-, en los jardines del instituto de la música- la segunda-, entre los cuáles estaba el vice ministro de Cultura, otras autoridades, y hasta Augusto Blanca, otro de los fundadores de la Nueva –ya no tanto- Trova Cubana.

La pasamos bárbaro. Estuvo bueno. Nos quedó pendiente para conocer y cantar en otro viaje, el Centro Pablo de la Torriente Brau –donde se organizan los conciertos “a guitarra limpia”; la casa de las Américas –allí, donde cantaron todos-, la Escuela de Bellas Artes y varios lugares más, porque todos éstos lugares estaban copados con los homenajes por el cincuenta aniversario de la revolución.

Mejor, así tengo la excusa para hacerlo.

Porque quiero volver a cantar a Cuba. Me gustaría recorrer la isla completa (Pinar del Río, Cienfuegos, Santiago de Cuba, etc.), porque infiero deben ser lugares distintos a La Habana también.

Una cosa sí es cierta. Como escribí allá por 1997, en “La forma”, una milonga que grabé para el disco “Porque me place”: a esta altura, “la forma en que hoy los miro es de igual a igual”, sin dudas. Lo cual me llena de orgullo.

Y quizás, con otras experiencias, pueda trasmitir mejores las innumerables ideas que revolotean en mi cabeza al momento de escribir éstas líneas.

Pero será la próxima vez. Prometido.

 

© Mario Ojeda, Granada, 22/3/2009.

 

 

 

 

Gary Moore en el Tabaco Blues Festival de Granada

Así es, para envidia de mi amigo Gerardo Criscuolo, gran fan de Gary, ayer nomás tuve la posibilidad de ver al irlandés en directo, esas cosas que pasan en Europa, que una de las leyendas del rock irlandés, y seguramente uno de los 30 o 40 mejores guitarristas de rock de la historia, hiciera su paso por Granada, mas precisamente por Belicena, una pequeña localidad del cinturón metropolitano, donde, desde hace varios años, se realiza el Tabaco Blues Festival, por donde ha pasado gente como Buddy Guy, Johnny Winter, Otis Grand, Otis Taylor, y un largo etcétera. Es decir, un empacho de rock blues para los más fanáticos.

Y aunque como comentábamos con Juan Jesús García (periodista especializado, y un referente en las crónicas rockeras de toda Andalucía), uno podía aspirar a ver muchas camperas de cuero, piercing, motos aparcadas en la puerta, y demás, la verdad es que había un montón de público variopinto, chicas vestidas como para una fiesta, mucha camiseta de marca y zapatillas, dándole un marco realmente colorido y, sobre todo, tranquilo, lo cual siempre es de agradecer. Una barra bien surtida a un costado, y un sonido estremecedor, es decir, fuerte, muy fuerte, casi demasiado para mis desacostumbrados oídos, últimamente mas cercanos a la calidez y medio tirando a bajo volumen de los encuentros de canción de autor.

¡Pero esto es rock´n´roll, nena! Y me gusta, como me gusta. Gary hizo un extenso repaso a los temas más selectos de su repertorio, extrayendo infinidad de sonido de su Les Paul (que alternó en algunas canciones con una Gibson Firebird, y también una Fender Telecaster, jugando con el control de volumen de ésta última, extrayéndole sonidos que muchas veces nos hacían recordar al mejor Jeff Beck, o a los injustamente olvidados Danny Gatton o Roy Buchanan), siempre para delante de una pared de Marshalls del ´59.

La verdad, verdad, un show para poner en un marquito. Una banda que tocaba para él (bajo, batería y ¡un Hammond valvular con Leslie incluido! –temblaba al pensar lo que habrán pagado por exceso de equipaje- Pero eso si, sonaba espectacular).

Una excelente organización de la gente de Riff Music, con Carlos Espinoza a la cabeza, y Juan Ángel encargándose de todo lo referente a prensa –los mismos que ahora pronto llevan a John Fogerty al teatro de la Axarquía en Córdoba: allí estaré, si Dios quiere-

Un amplio lugar para aparcar el coche, vigilancia, y luego una carpa para alrededor de 2000 personas, donde estaba todo preparado, baños, la barra ya citada, el puesto de “merchandising”, una tarima para fotógrafos y personas discapacitadas, para que nadie se quede sin ver el show cómodamente.

Debo confesar que no estuve en las anteriores ediciones del Tabaco Blues –mi trabajo de camarero nocturno, obviamente, me lo impedía-. Pero ahora que, felizmente, estoy sobreviviendo dignamente de cosas que tienen que ver con la música o la producción de eventos, ¡no iba a perdérmelo!

Ah, y una cosita más: con 60 tacos, ¡Gary Moore cada día toca y canta mejor!

Así que ahí vamos, ¡esperando a John Fogerty!

Hasta la próxima vez.

 

© Mario Ojeda, Granada, 17/5/2009

 

Cuestión de perspectiva

 

La sola aceptación de nuestro propios límites es, desde un principio, un excelente punto de partida para empezar a crecer… a ver si me explico, podríamos empezar hablando de música, cómo no, pero me gustaría llevar esto hacia los vaivenes de la vida, como para ampliar el concepto.

Es muy común, sobre todo en músicos principiantes, aspirar a realizar grandes conciertos, macro conciertos, por decirlo de algún modo. Mano Rolling Stones o Paul Mc Cartney, por citar dos ejemplos lo suficientemente reconocidos.

Pero ocurre, precisamente, esta gente que nombro llevan mas de cuarenta años en el negocio musical. Es decir, tiene lo que han conseguido después de un largo, largo tiempo. No es casual que ocurra. Y ojo que del talento (que en los casos citados está fuera de toda discusión), hablamos otro día. Me refiero, básicamente, al inmenso convencimiento de tus propias aptitudes que se debe tener para estar encima del caballo tanto tiempo. En ejemplos latinos, si quieren, ocurre exactamente lo mismo. Yo que sé, Serrat, Sandro, ¡Roberto Carlos!... ¿Cuánto tiempo lleva esta gente dando vueltas? Hasta Gieco tiene ya casi cuarenta años en el negocio musical. Litto Nebbia, por ejemplo, está muy cerca de sus bodas de oro con el disco. Se dice fácil, ¿eh?: ¡cincuenta años! ¿Cuánto cambió la tecnología en todo ese tiempo? ¿Las relaciones humanas? ¿Los hábitos? ¿Las modas? ¡El mundo en suma! No jodamos. Te pueden caer bien o no. Te puede gustar su música o no. Pero hay que estar, ¿eh? No cualquiera, como siempre digo. No cualquiera.

Volviendo al principio de la crónica, todo es cuestión de perspectiva. Es decir, si yo mismo me planteara, por ejemplo, a los casi cincuenta años, y no habiendo grabado nunca un disco con una multinacional, es decir, sin haber contado jamás con un apoyo económico y publicitario que me permitiese jugar en otra liga, ¿cuáles serían mis

expectativas reales?  Mejor dicho, ¿cuáles deberían ser, realmente, mis expectativas?

Si me planteara, por ejemplo, ahora que vivo en España, realizar una gira de estadios por la Argentina, ¿cuánta gente me iría a ver? Y que digo estadios, teatros de aforo medio, digamos, salas para 1000 o 1200 personas. Ni eso: digamos, salas de 300 o 400 personas. Sino me conoce nadie, ¿quién catzo va a asistir a mis conciertos? ¡Pero incluso si me ganase la lotería! Que en verdad no juego nunca, así que eso es más hipotético aún. Pero sigamos con el ejemplo. Esto siempre me recuerda la frase pintada en el Fogón de los Arrieros, allá en Resistencia: “Hay tanta gente que sueña con la inmortalidad, y no sabe que hacer un día de lluvia…”

Entonces, a ver, me gano la lotería, y alquilo 24 teatros en Argentina, uno por cada capital de provincia. Excepto mis parientes y amigos, ¿quién diablos va a pagar una entrada para verme cantar?

No, si me ganase la lotería, después de tomarme unas merecidas vacaciones, elaboraría un plan de trabajo a mediano plazo, con carteles, difusión radial, algunos clips para difusión televisiva, y seguiría unos cuántos años haciendo pequeños conciertos y salas de pequeños ayuntamientos, tratando realmente de hacerme una base de seguidores, de gente a quiénes realmente les interese lo que hago, como para recién después plantearme hacer conciertos en teatros mas grandes. ¿Qué sería conocido de mayor? Me da lo mismo. ¿A quién le importa eso? Y si no soy muy conocido, tampoco. Lo mas probable, en verdad, me dedicaría a producir conciertos de gente ya conocida, como cualquiera de los nombrados, y yo me ocuparía de tocar “antes de”, solamente 2 o 3 canciones, como para mostrarme, y después bajarme del escenario a seguir contando el dinero de las entradas, que el objetivo de mostrarse ya estaría cumplido.

Por ahí tiraría mis tejos.

Tengo un amigo argentino acá en Granada, Rino, que en verdad es italiano, pero se crió en la Argentina desde los 9 años. Toca el teclado y canta, con pretensiones profesionales, y siempre solía decirme: “¿Vos no necesitas el aplauso de la gente? Yo necesito que me vengan a ver cantar, es una forma de sentirme vivo…” Por supuesto, hasta que se cansó y no me lo dijo mas, yo le respondía, para llevarle la contra: “No, a mi me importa un pito. Yo toco y canto en público si me pagan, si hay un sonido medianamente digno, si hay gente que quiera verme, aunque sea de aburrida, mientras me paguen, yo voy y toco. Sino, me quedo en mi casa mirando televisión. O tocando la guitarra. Por eso siempre odié cantar en los asados: todo el mundo te dice dale, cantá, cantá… y cuando empezás a hacerlo, nadie te da bola. No, man, yo paso. “Cantá alguna que sepamos todos…” Si, las bolas. El himno, por ejemplo… ¿qué mierda quieren que cante? Por mi se van a cagar. Todos. Y te digo más: espero sinceramente no llegar a tu edad y necesitar del aplauso. Sino estaría jodido…”

Y pienso sinceramente así. No quiero ser una caricatura de mí. No tengo aspiraciones de bronce. No quiero ser una estatua. No tengo voluntad de ser parte de un libro de historia. No hago nada, desde los 17, 18 años, esperando reconocimiento. Lo hago porque me place. Porque me divierte y produce placer. Para ganar minas (bueno, ahora ya no tanto, pero durante algunos años fue así. Freud tenía razón: el sexo mueve el mundo. Y quien diga lo contrario, o miente o es un boludo). Para ganar dinero. Para comprarme equipos. Para viajar, sobre  todo para viajar.

Es como esa gente que viaja, parando en hoteles cinco estrellas. Pagan fortunas por usar sábanas de raso, y no se dan cuenta que uno vuelve al hotel solo algunas horas para dormir. Punto. Después estás caminando, conociendo lugares, y sacando fotos. ¿Para qué mierda pagas fortunas por un hotel así?

Pero cada uno se rasca donde le pica, eso es innegable. Por perspectivas distintas, digamos. Así que, “cada uno es cada uno, y cada quien es cada cual…”, como decía mi nona Emma.

Hasta otra vez.

 

© Mario Ojeda, Granada, 29/08/2009

 

 

 

Aspirando a ser famoso

Me contaba una vez Antonio Álvarez, un excelente músico y amigo, también integrante de los fabulosos TROVAMUNDOS que, cuando visitó Liverpool en su derrotero “beatlemaníaco” y conoció la casa natal de Ringo Starr, simplemente se le llenaron los ojos de lágrimas, y se echó a llorar ahí nomás, “admirando la increíble historia de cuatro chavales como nosotros que pudieron llegar tan alto, viniendo de donde habían salido…”. Con Los Beatles, a mi me ocurre exactamente lo mismo. Los escucho a solas y lloro, por eso no los escucho tanto ya. Seguramente porque, como escribía alguna vez Jordi Sierra i Fabra, un periodista catalán, autor de innumerables biografías sobre artistas de rock, “en ellos coincidió todo: el momento histórico, que fueron el primer grupo mediático a escala planetaria y que además fueran unos genios, que todo ayudó…” Lo destacable del asunto, como alguna vez le recrimina a Brian Epstein, su primer manager y quién los lanzó definitivamente, a la fama, la famosa tía Mimi, quien crió a Lennon, “esto del grupo está muy bien para Ud., ¿verdad señor Epstein? Porque si al final no resulta nada, su vida no va cambiar. Pero ¿qué va a ser de John?..” A lo cual, Epstein, quien estaba enamorada de John, le respondió, mirándola fijamente a los ojos: “A John nunca le faltará nada, Mimi, eso se lo prometo…”

La historia suele pasar de lado estas menudencias, sin darle realmente su importante significado. A lo que voy: a ellos les resultó bien, claro está. Pero quien se mete en éste mundo de la música, al negocio de la música en sí, debe tener claro desde un principio que, en la mayoría de los casos, sencillamente no se llega a nada. Innumerables son las historias de gente que tuvo un grupo, que grabó discos, que vivió de la música durante algún tiempo, haciendo conciertos, giras y demás, y hoy está manejando un taxi, o atendiendo una verdulería. Y no es que esté mal. Es su historia de vida, sencillamente. Y más vale saber que pudo disfrutarlo, y hacerlo durante algún tiempo, que lamentarse por el tiempo invertido. Que no es lo mismo que perdido.

Volviendo a lo esencial: Los Beatles, como todos los grandes grupos, empezaron bien de abajo, en un tiempo y lugar histórico determinado. Eso no es, necesariamente, coincidente con los tiempos actuales. Es decir, no porque tengas buenas canciones vas a volverte famoso y millonario. Una buena canción es una buena canción. Ni más ni menos que eso. No te garantiza nada. Evidentemente, si puedes grabarla bien, con buenos arreglos, en un buen estudio, va a ser algo que puede quedar. Pero no es ninguna garantía. Cientos, quizás miles de buenas canciones, grabadas en muy buenos estudios, se han perdido en la noche de los tiempos. Y sus autores, peor aún.

Dicho de otro modo: una buena canción puede abrirte algunas puertas. Quizás, abrirte muchas puertas. Hacerte ganar dinero, incluso. Pero no deja de ser una canción. Una letra con una musiquita detrás, que se te ocurrió para la ocasión.

El problema con la mayoría de los tipos que se dedican a esto, es precisamente la sobrevaloración de su arte. Dejan a un lado el sentido del humor, pretendiendo que lo que hacen es arte. Y puede serlo, ¿eh? Pero Van Gogh también hizo muy buen arte –la historia lo ha demostrado-, pero el tipo en vida vendió un solo cuadro. Por eso se suicidó. Porque estaba harto.

No creo deba ser un ejemplo a imitar. Es decir, la vida siempre es un paso más allá. Que la canción, que la escultura, que la pintura. Siempre es estúpido darle a ciertas cosas más importancia de la que tienen.

Para un arquitecto, por ejemplo, construir muchas casas donde viva la gente, en un espacio cómodo, ventilado, iluminado, etc., debe ser su aspiración fundamental. Pero a veces se construye mas de lo necesario –razón por la cual hay a veces, hoy por hoy y sin ir mas lejos, al menos acá en España, por citar un ejemplo-, una enorme cantidad de viviendas deshabitadas, magro resultado del “boom” inmobiliario, si, pero también como respuesta a esa misma aspiración: lo mío es mas importante que todo lo demás.

El arte siempre es una cosa subjetiva. Los músicos se esmeran por grabar una canción en el mejor estudio, con los mejores elementos, y la verdad es que luego esa canción la escucha la gente en un mp3, caminando por la calle. O en un bar, entre gritos, risas y susurros. O lavando los platos o cocinando, vaya mierda de resultando. Como si el oyente casual pudiera discriminar si está grabado a 44 o a 96 Khz., o mezclado a 16 o 32 bits, o la madre del topo. No, man, la gente escucha las canciones. Recuerda la melodía si ésta es pegadiza, se acuerda de la letra si ésta le dice algo, aunque mas no sea “mi nena me dejó, nunca la he vuelto a ver…”, como aquella canción de Elvis Presley, que versionaron los Creedence, o tantas otras. Las canciones son canciones y punto. Y estamos hablando de música, de arte, de tonos mayores y menores, no de cirugía cerebral o física cuántica.

Otra cosa es el envase. Por ejemplo, los pintores pintan un cuadro, hacen una escultura. Los músicos graban un disco, pero luego hacen copias y los venden por ahí. Lo que cuenta es el soporte, si, pero, sobre todo, ¡cuántas copias se venden! Y como ahora no se venden discos, se juzga la repercusión de un artista por “la cantidad de visitas que tiene en su mypace, o la cantidad de descargas de sus canciones-generalmente gratis-, de su página web. Dicho de otro: que puedes llegar a ser un músico conocido, un artista popular. Pero de ahí a volverte famoso o millonario con tus canciones, hay un largo trecho.

Bueno, en realidad, para ser famosos, les cuento un secreto: alcanza con ir a la televisión. O basta con desnudarse en público en un lugar donde se junte mucha gente. Seguramente te van a meter preso, pero si hay periodistas cerca, vas a tener tus quince minutos de fama. Ahora, de ahí a que te conozcan por tu arte, eso es otra cosa.

Así que, debería quedar claro: la música es una cosa. El tocar la guitarra por placer en tu habitación, otra muy distinta. El tener un grupo y mantenerlo, otra muy distinta. El escribir, el pintar cuadros, esculpir la madera, el barro o el mármol, otra. Nada te garantiza que puedas vivir de ello.

Lo cual no quita que no puedas intentarlo. Suerte con eso.

Hasta la próxima vez.

 

© Mario Ojeda, Granada, 26/9/2009

 

 

 

 

Disquisiciones superfluas acerca de la levedad del ser

 

Decía alguna vez Osvaldo Pugliese, que “la juventud es la única enfermedad que se cura con el tiempo”. Tenía razón, claro está. O como decía mi abuelo: “si el joven supiera, y el viejo pudiera…”. Pero es así. Muchas veces me sorprendo a mí mismo con las cosas que escribo, mano “el hombre con experiencia”, y la verdad, vaya mierda, nada más lejos de mi intención. Sencillamente, voy contando las cosas que pasan por mi cabeza, con la tibia esperanza de que algunas de ellas puedan servirle al lector, nada más. En realidad, esta especie de “manual de instrucciones para el músico independiente” que voy escribiendo cada tanto, tienen más que ver con la intención de desanimar  a mi hija que insiste en ser cantautora, antes que con cualquier otra cosa.

Porque, a ver…vayamos por partes, como diría Jack. Queda claro que, en primer lugar, a nadie le obligan a ser artista. Digamos, nadie te pone una pistola en la cabeza para obligarte a ser trovador. O escultor, o escritor, o cualquier otra manifestación relacionada con el arte. Que no. Que uno se mete en el baile solo. A partir de allí, como en la vida misma, uno debe abrirse camino al andar. Entonces, si estas líneas que escribo pueden ahorrar sufrimientos o dolores de cabeza, bienvenidas sean.

Hace unos meses fui a saludar a Luis Eduardo Aute a los camerinos, después de un concierto. Abonados con un buen vino tinto, después de un rato le dije: “Pero cuando vos empezaste eran cincuenta, mas no…” “¿Cincuenta?”, respondió Eduardo. “Éramos diez, a lo sumo…” Entonces, ya de movida sabemos lo que va a costar, sencillamente porque hay hoy más oferta que demanda: todo el mundo quiere ser artista (cosa que, además, está terriblemente estimulada-malamente- por la televisión, la radio o el cine) Así las cosas, uno debe, desde un principio, hacer esto porque le place, porque le gusta, sin mayores pretensiones. “No dejes tu trabajo a tiempo completo”, como decía Robert Fripp, “hasta tanto y en cuanto no tengas la certeza de que vas a vivir de esto”. Porque, además, es un oficio tan cambiante, con tantos vaivenes, que apostar todo de una, es casi una condena a morirte de hambre desde el principio.

Quiero decir, las cosas siempre las cuentas aquellos a los que les ha ido bien. “Si la historia la escriben los que gana, eso quiere decir que hay otra historia: la verdadera historia...” Ya escribí alguna vez que la historia de Gieco o Palito Ortega, esos pibes del interior que vienen a buscarse la vida a la gran ciudad, y termina luego convertidos en “artistas”, son siempre las excepciones que confirman la regla, nada más que eso. Contada por ellos, la historia puede ser un final feliz, después de años de lucha y sufrimiento. Pero la verdad verdadera, que decía Lalo de los Santos, es que por cada Fito Páez que alcanza el éxito y el reconocimiento (popular y económico), existen detrás innumerables aficionados con talento que han desaparecido –y lo siguen haciendo- en la noche de los tiempos.

Porque, además, vaya joda, no alcanza solamente con llegar, que lo difícil, ya se sabe, es mantenerse. Y el hombre es uno de los pocos animales que puede tropezar más de una vez con la misma piedra, así que… es normal que uno repita muchas veces los mismos errores, ¿no? Es decir, voy a dar ejemplos concretos. Supongamos un pibe que, a los quince o dieciséis años, tiene buena voz, toca medianamente bien la guitarra, y escribe lindas canciones…¿que posibilidades tiene de ser contratado por una discográfica, editar un disco con buena prensa y difusión, bien arreglado, bien grabado, y vender miles de copias? Eso le pasó a Nebbia con Los Gatos, que entonces tenía 17 años, y a partir de allí confirmó su pretensión de ser músico y pudo dedicarse a eso. Eso le ocurrió también a Spinetta, que a los 20 años grababa su primer CD, con Almendra, y a partir del éxito de “Muchacha ojos de papel” pudo dedicarse en cuerpo y alma a la música. Lo mismo a Serrat, por ejemplo, quien a los 20 años grabó “Fiesta” (y a los 22 “Mediterráneo”, que el quía era un genio ya entonces, también hay que decirlo), pero estos ejemplos citados al azar no son mas que, insisto, excepciones que no hacen más que justificar la regla. Por norma general, de cada grupo de éxito (y aún suponiendo que tengan la suerte de garbar, ser difundidos, etc., etc.), por norma general, reitero, un integrante de cada grupo exitosos (generalmente, el que firma los temas), es quien puede vivir de la música. El resto, tarde o temprano termina dedicándose a otra cosa.

Entonces, ya vamos sacando varias conclusiones. Para empezar, no importa lo poco o mucho que toques bien un instrumento. No importa tampoco si tienes una buena voz (canta Fito, canta Dylan, canta Facundo Cabral, ¿porque no puedo cantar yo?), o si tienes una buena imagen –aunque todo ayuda, también hay que decirlo-. No. Lo que importa es tener éxito. “Tanto tienes, tanto vales”, que le dicen al asunto.

Claro está, esto también tiene mucho que ver con lo que cada uno entienda por tener éxito. Es decir, en lo personal, para mí el éxito consiste en poder hacer lo que quieras. Eso en un principio. Luego, éxito sería poder seguir haciéndolo hasta que la espalda se te doble, y te tengas que jubilar. O que la artritis no te deje ya tocar la guitarra. Mientras tanto, mientras estés en el camino, “on the road”, como dicen los americanos, y puedas más o menos ir haciendo lo que te gusta (en mi caso, insisto, escribir canciones, grabarlas y luego salir a cantarlas por ahí), ya es una forma de tener éxito. Mayor o menor, no importa.

Pero tener una vida digna, poder viajar, tener para comer, para vestirte, para mantener un cochecito, para irte de vacaciones un par de veces al año, poder ir a tocar a pueblos y ciudades, a teatros y bares, conocer gente, compartir escenarios con otros músicos, etc., etc., eso es una especie de éxito. Caiga quien caiga, y le pese a quien le pese, que tampoco te lo regalan.

Hasta otra vez.

© Mario Ojeda, Granada, 20/1/2010

Sorpresas te da la vida

Fue César Hermosilla Spaak, un viejo y querido amigo, quien alguna vez me dijo, luego de una charla que mantuvimos y de escuchar, íntegro, uno de los tantos casettes con música propia que yo solía desparramar por ahí: “Pero, entonces, ¡a vos lo que te mueve es el resentimiento!...” “ No tengas dudas”, le respondí. “A cada uno le mueven distintas razones. Y a mí me mueve la bronca, ni más ni menos. ¿Está mal? ¿Por qué no puede moverme eso? ¿Sabes? Yo nunca necesité que nadie me pusiera una pistola en la cabeza para hacer cosas. Estoy en éste lío porque me metí solito, porque quise hacerlo, porque quiero. Pero eso no significa que no me jodan un montón de cosas que pienso que están mal… “ (las mismas, por cierto, que años después me hicieron bajarme del tren y abandonar el circo del rock nacional, como entonces se lo llamaba, para aislarme durante diez años en Gesell).

Además, y esto en realidad lo pensé mucho después, y lo pienso ahora, mientras escribo éstas líneas, este mundillo es una lucha constante de egos, de mezquindades, de ver quien primero sube para criticar al otro, al que está abajo o tropezó por algo (la vida misma, en suma),  y para mí, como dijera alguna vez Steve Van Zandt, el guitarrista de Springteen, esto para mí es una religión, y ver la tremenda cantidad de cosas que se hacen dentro de éste ambiente, rencillas, y demás pelotudeces, siempre me pareció un absurdo, porque, ¡joder!, yo creía sinceramente que los artistas eran otra cosa, que ciertas cosas no pasarían en éste gremio.

Pero pasan, claro está. Y me siguen jodiendo. Será por eso nomás que cada tanto me sale la bilis por los dedos, y escribo algunas cosas que levantan escozor. Pero esto es lo que hay. Esto es lo que soy. No voy a tratar de borrar con el codo lo que durante tantos años he venido escribiendo con la mano.

También es cierto que, no jodamos, a mucha gente le ha resultado más fácil. Es decir, cuando quisieron una buena guitarra, su padre les compró una buena guitarra. Algunos arman un grupo, por ejemplo, y a los seis meses están profesionalizados, trabajando de músicos – aunque sean incapaces de hacer cualquier otra cosa-. No es ver la paja en el ojo ajeno, pero hay gente como Litto Nebbia, por ejemplo (a quien admiro profundamente y respeto, porque mucho he aprendido de él), grabó su primer disco a los 17 años. Ni más ni menos. Spinetta, por ejemplo, había grabado el primer disco de Almendra con 20 años.  Serrat, lo mismo. Entonces, han tenido 40 años para desarrollar su arte con cierta tranquilidad. Y ojo que estoy citando gente que admiro, porque no hay reproche en ésta apreciación. Pero no es lo mismo haber grabado para la RCA o la CBS allá por fines de los sesenta, cuando aún se vendían discos, cuando se invertía dinero en nuevos artistas, que editar hoy un CD en producción independiente –es decir, 1000 copias para vender en los conciertos o terminar regalándoselas a los amigos, sin difusión, sin pautado radial, sin nada de apoyo-, que tener toda una estructura detrás que te alivie el camino. Se lo dije una vez a un conocido integrante de la Nueva Trova Cubana, y no le gustó una mierda, pero es la verdad: “Yo en cuarenta años nunca tuve detrás ni un partido, ni un gobierno, ni ninguna multinacional poniendo dinero para difundir mi música, así que yo te respeto, ¿vale? Todo bien. Pero vos respetame a mí. No soy un pendejo. No estoy jugando…” Ahora me trata de igual a igual, mirándome a los ojos, como siempre debía haber sido.

Me pasó en Melopea también, allá por 1996. Empecé a grabar mi primer CD, un par de sesiones otras tantas tardes, a guitarra y voz. No me deban demasiada pelota. Es decir, me trataban bien, con respeto, pero hasta ahí. A la tercera sesión, me aparecí con Moris, y en media hora grabamos dos temas, que luego fueron al disco. Ahí ya la cosa cambió un poco. Al tiempo, quizás un mes después –porque yo iba grabando el disco según iba consiguiendo el dinero para pagar las horas de grabación, en esa época no existían los ordenadores-, aparecí en dos sesiones más con Lalo de los Santos. Después, con Tancredo. Y ya para esa altura el trato había cambiado. Así y todo, un día que tenía hora reservada de grabación, me llegué hasta el estudio, y al entrar, me dicen: “Che, Mario, disculpá, olvidamos avisarte. Pero hoy viene a grabar Facundo Cabral, así que no vas a poder grabar vos…” Lo miré, serio, a quien me había dicho esto y le dije: “Acompañame a la oficina del fondo, que quiero decirte unas cositas…” Nos sentamos, y le dije, claramente: “Mirá, flaco, yo no sé que pensás de mi, ni me importa. Pero voy a aclararte algo. En primer lugar, si algunas veces has podido levantar el tubo para llamarme y decir que habían cambiado los horarios, también podías haberlo hecho hoy. Yo estaba en el microcentro, ni siquiera salí a almorzar, para poder salir antes del laburo. De ahí me fui caminando hasta Retiro, de ahí tomé un tren hasta la estación de Coughlan, después me vine caminando hasta acá, con mi cara de pelotudo, y ahora vos me decís que yo no puedo grabar, a las 9 de la noche, cuando tuviste todo el día para avisarme. A mi me chupa un huevo Facundo Cabral, ¿sabés? Creo, simplemente, que me merezco el mismo respeto que él, ni mas ni menos. Y ahora, ya que vine, me voy a quedar a su sesión…” Me levanté sin decir más –aún cuando él empezó a decirme que en realidad mejor que no, que a Facundo le gusta grabar solo, que no quiere gente en el estudio cuando graba, bla,bla, yo ni bola-, y cuando iba acercándome a la puerta, suena el timbre, abren, era Facundo Cabral, quien me mira y me dice: “¡Chaco!, ¿qué hacés acá?...” por supuesto que me quedé a la sesión, que la pasamos súper bien, y que a partir de ahí me trataron siempre como yo consideraba que debían tratarme. Pero no había ninguna necesidad de llegar a ese extremo.

Años después, allá por octubre de 2007, cuando trajimos a Luis Eduardo Aute a Granada, pasó algo mas o menos similar. Nosotros habíamos fijado en el contrato que íbamos a poner un telonero, que no era yo, sino Fran fernández, un trovador local. Que sí, que no, que nos demora todo, que el sonido, que la prueba, nosotros que le decíamos que estaba escrito en el contrato, al final, tira y afloje, Fran cantó. Pero el ambiente estaba tenso. Mientras esto ocurría, Aute, que estaba encerrado en su camarín con el mánager en cuestión, sale y me dice: “Mario, vení…”. La cara del mánager no tenía desperdicio. “¿Querés un vino?” –bueno, venga…- “Mirá, vamos a hacer así –agarrando la lista de temas y tachando dos con un fibrón-: yo quito éstas dos canciones del repertorio, y vos subís y te cantas un para de temas, ¿vale?...” El mánager, que tenía los ojos como huevos fritos, atinó a decir: “pero, ¿no va a probar sonido?...” Y Eduardo que lo mira y le dice: “¿Este? No- sonriendo-, éste no necesita probar sonido…” Fue lo mejor de la noche, lejos. Eso y que Eduardo, al terminar yo de interpretar mis canciones, subiera al escenario mientras la gente aplaudía, y dijera al micrófono: “ésto se lo debía a mi argentino-granado, éste concierto se lo quiero dedicar a él…”

Pequeñas sorpresas que te da la vida, pero que no quitan mi resentimiento, ¿se entiende?

Como le dijo una vez, por micrófono, allá por 1981, mi querido y admirado Pin Figueroa al mismo César, quien había escrito una nota para éste mismo diario, diciendo “que los músicos, como trabajadores de la cultura, deberían poner su granito de arena y ocupar el lugar que les corresponde como tales, y bla, bla…” Y Pin, con la Grapa Telecaster colgada, en el medio del concierto aquel en Villa Don Enrique, mil y pico de personas, se metió la mano en el bolsillo, y ¡sacó la nota del periódico!, y sacudiéndola, dijo algo así como “al periodista que escribió esto yo quería decirle que el arte y la cultura me las paso por las bolas. ¡Yo lo que quiero es tocar!...” Y los dos tenían razón, que duda cabe.

Hasta la próxima vez.

© Mario Ojeda, Granada, 23/12/2009