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marioojeda

Sobre normas y otras yerbas

Sobre normas y otras yerbas

 

La aplicación sistemática de determinados hábitos, tomados éstos como norma, suele ocurrir que no obtengan el resultado esperado. Y esto es así porque, sencillamente, la vida no es matemática pura. Es decir, para algunas situaciones se pueden aplicar un somero cálculo de estadística y probabilidades, por ejemplo, ¿cuántas posibilidades tiene uno de trascender con sus canciones? Ahí podemos aplicarlas, claro. Es decir: pocas o ninguna posibilidad de trascender tenemos.
Pero, claro, como ayer nomás me escribía Jorge Cumbo: “tus canciones ya han visto la luz, Mario. Lo que vos querés es que encandilen, y eso es otra cosa…”

Je,je. Tenía razón Jorge. Pero bueno, eso ya es un logro, ¿ven? Digo, que Jorge Cumbo me escriba, siendo quien es.

Pero volviendo al tema en cuestión, lo que estoy planteando, básicamente, es que las cosas no salen porque sí. Que uno debe debatirlas, analizarlas, mirarlas una y otra vez desde distintas ópticas, para aspirar a obtener algún resultado.

Es decir, básicamente, no se trata solamente de tocar una guitarra. O de escribir una canción. Por el contrario, cuando uno aprendió a tocar mas o menos la guitarra, o el piano, por ejemplo, y empieza a escribir canciones…uf, bueno, ahí mismo, a partir de las quince o veinte canciones escritas, es cuando la cosa se empieza a complicar.

En primer lugar, porque ya empieza a haber una decantación, digamos. Las cosas que uno quería decir, a grandes rasgos, con veinte canciones ya las ha dicho.

Ahora, el problema empieza ahí. Uno debe seguir exprimiendo esos cinco o diez temas esenciales que a cada uno interesan, vaya Dios a saber porqué razones, y empezar a decirlos nuevamente, buscando cada vez mayores recursos armónicos, o poéticos, o ambas cosas a la vez.

O pasar de ellos, que es mi caso, lo digo humildemente. Pero seguir haciéndolo, una y otra vez. “Empujar los límites un poco mas allá…”, como decía alguna vez Keith Richards, “…porque el rock and roll es tan simple y reiterativo”.
Pero seguir, siempre seguir.

Y entonces, cuando le tomas el gustito al hacerlo, ahí mismo comprendes que recién empiezas. Que lo difícil no era escribir canciones. Que ahora debes grabarlas, para salir a mostrarlas. Que quieres mostrarlas, pero no consigues lugares para tocar. Que cuando consigues el lugar, tiene que pagar por él, pagar para tocar, digamos, convertirte en tu propio productor, porque ya no quedan casi bares que te paguen.

Entonces, como decía, la cosa se complica: ya no es solamente la guitarra, un lápiz y una hoja de papel. No. Ya empiezan los horarios, los carteles, los tiempos de ensayo, el sonido, las luces, ensayar otro poquito, etc., etc. Pero… ¡además hay que comer! Es decir, balancear – o tratar de- todo aquello, con tener un trabajo medianamente estable que te asegure el alquiler y el pan con manteca en la heladera.

Ufa. Era más simple al principio. Ni hablar de tener hijos, claro. Tengo una amiga que canta muy bien, que tuvo que trabajar y cuidar sola a su hijo, y que cada vez que asiste de espectadora a algún concierto, alguien le recuerda que “vos deberías estar allí, cantando…”, como si fuera tan fácil compatibilizar el hambre con las ganas de comer, digamos. Como si ella no lo supiera. Como si no lo hubiera intentado. Como si no siguiera intentándolo. Pero, claro, hay que comer.

Y, como decía alguna vez Robert Fripp, el guitarrista de King Crimson, cuando le preguntaron ¿qué consejo le darías a un músico que recién empieza?, y el respondió: “en primer lugar, le rogaría que no abandone su trabajo de tiempo completo. Que se asegure bien, porque la música, generalmente, no da de comer…”

Y no es solamente comer, agrego yo. Es el alquiler, o las cuotas de tu piso. Es la medicina prepaga, los impuestos, o el dentista, o comprarle ropa a tus hijos, o útiles escolares, o pasarle dinero a tu ex mujer, o todo a la vez. Es también,  de vez en cuando, poder comprarte un libro, o un CD, o cuerdas para tu guitarra, que se supone es tu herramienta de trabajo, ¿no? Ni hablar de algún equipo de sonido, o una nueva mesa de mezclas, o un nuevo micrófono, o un nuevo ordenador. O, si tienes auto, llevarlo al mecánico, pasar la revisión anual, llevarlo de vez en cuando al mecánico, pagar el seguro, el impuesto de circulación, etc., etc.

¿Lo ven? No era tan simple como parecía al principio. Y lo peor de todo, es que aún no hablamos de música, del hecho artístico en sí.

Y esto es, lamentablemente, algo que empeora con los años. Quiero decir, hace algún tiempo, el desafío consistía, básicamente, en escribir un par de buenas canciones para destacar un poquito. Digamos, la gente iba a los conciertos, entonces, se trataba de conseguir un lugarcito arriba de cualquier escenario, y poder cantar esas dos canciones, que eso ya te abría alguna puerta. Siempre existía la posibilidad de que, entre el público, hubiera algún periodista que te hiciera algún reportaje, o te invitase a su programa de radio, y lograr con ello algún reconocimiento.

Que a la vez te propiciara más trabajo, o más conciertos.

Hoy por hoy, por el contrario, lo difícil es que haya gente en la sala, -suele haber más músicos en el escenario que gente abajo-, así que lo difícil es la convocatoria.

“Bueno, me hago un myspace…”, dicen muchos. Pero te haces tu página de myspace, o tu web en Internet, y descubres que ¡hay dieciocho millones de tipos haciéndolo! Y lo que es peor, ¡son buenísimos! ¡Y están súper equipados! O ya son muy conocidos. O llevan veinte años trabajando en esta historia, así que… ¿qué queda para vos, amigo?

Pues nada, que hay que seguir. Ya lo sabes, como el viejo Dylan, “la respuesta, está soplando en el viento…”

Hasta la próxima vez.

 

© Mario Ojeda, Granada, 20/4/2009

 

Objetivos comunes

Alguna gente suele preguntarme porqué, en todo estos años, no he armado una banda, para poder tocar mis canciones. Y la respuesta es muy sencilla: simplemente, no encontré la gente para ello. Ni siquiera es un problema técnico, digamos. Conozco un montón de gente que toca muy bien su instrumento. Grandes guitarristas, pianistas excepcionales, algunos arregladores fantásticos, pero… la gran mayoría de ellos no tienen ilusión, ¿se entiende?

Esto, que puede parecer una pelotudez, fue algo que siempre he tenido muy en claro a la hora de juntarme con otra gente a tocar. No se trata solamente de la parte técnica, o de estar equipados o no (bueno, a Jorge Lizza, por ejemplo, en los primeros meses de “La Banda de La ventana”, en Gesell, por ejemplo, yo le prestaba mi amplificador de guitarra para que el conectara su bajo allí, hasta que pudo comprarse su propio amplificador. Pero Jorge tenía “actitud”).

Tampoco, necesariamente, de tocar mas o menos. Justamente, se trata de tener o no “actitud”. Ilusión, objetivos comunes, saber adónde quieren dirigir el barco, si es que quieren dirigirlo hacia algún lado, por ejemplo, y esto, para empezar.

Creo profundamente en la alquimia energética, digamos. Creo simplemente que, cuando los tres, cuatro o cinco componentes de una banda, por ejemplo, tiran juntos para el mismo lado, las cosas empiezan a salir. Siempre. Podrás tardar más o menos, pero siempre salen.

Y no me refiero necesariamente a conseguir fama o fortuna, que no estaría mal. No. Simplemente, a poder generar proyectos y llevarlos a cabo. Plantearte, por ejemplo, ensayar un repertorio de, digamos, 20 0 25 canciones, como para poder ofrecer un concierto de dos horas. Sacar fotos de los ensayos, como documento. Una vez ensayado el material, encerrarse en un estudio – o en cualquier lugar donde se pueda grabar mínimamente bien-, y grabar esas veinte canciones. Sacar fotos, e incluso, filmar esas sesiones de grabación para un futuro DVD –cosa que, hoy por hoy, se puede hace con cualquier videocámara de uso doméstico, de mediana resolución-. Luego, por seguir un razonamiento de desarrollo lógico de ese material, ofrecer un concierto presentación de lo grabado –otra vez, filmarlo y grabarlo le mejor posible para un futuro disco en directo-, y con el dinero recaudado del concierto, editar finalmente ese material, como es debido. Luego, salir a cantar, a mostrarlo por todos lados, con todo lo que ello implica.

¿Ven?, desarrollo elemental de una historia, digamos. Tan simple de contar y tan difícil de hacer. Porque músicos, hay mil dando vueltas por todos lados.

Ahora, claro, encontrar gente que, además de tocar algún instrumento, quiera implicarse en proyectos, mover el culo, eso ya es otra historia.

Y esa es precisamente la razón por la cual, en tantos años de andar cantando y haciendo cosas por allí, apenas he tenido tres intentos grupales: “Nocredamus”, allá en resistencia durante seis meses de 1981. Luego, “La banda de la ventana” en Gesell, durante el ‘91, `92 y ’93. Y ahora, los “Trovamundos”, acá en Granada, que viene durando casi dos años, desde principios del 2007, y ya veremos como sigue.

Tenía –tengo aún-, un montón de ideas para ir desarrollando crónica tras crónica, pero a veces no tengo tiempo, a veces las ideas son tantas que se me arma una especie de galleta en la cabeza y no sé donde arrancar. A veces, sencillamente, me planteo ingenuamente para que catzo escribo estas crónicas, que a veces infiero a nadie interesan.

Otras, como ahora, mientras escribo estas líneas, estoy escuchando alguna música de fondo, puede ser Coqui Ortiz, los viejos CD de Zitto Segovia, Fogerty, por supuesto, Los Beatles, a veces, algunos de los mil discos que suelen regalarme todos y cada uno de los trovadores con los cuáles me cruzo en el camino, a veces Silvio Rodríguez o, como ahora mismo, Pepe Ordás, otro cantautor cubano que conocí ahora en La Habana, muy amigo de Juan Baglietto, y me engancho en las canciones, y me voy de lo que estoy escribiendo, mientras pienso en cuánta gente hay haciendo cosas por allí, con talento, cantando y escribiendo cosas bonitas, y a nadie le importa.

Y ya no se editan discos, que no sean editados por los propios músicos. Y pienso también en cuánta música se está perdiendo en el camino, por no hablar ya de los sueños e ilusiones de miles de tipos a los cuáles les hubiera encantado poder dedicarse a esto –y algunos con mucho talento-, y nadie hace nada por remediarlo. Y las administraciones públicas, que son - no sé ya si en última o en primera instancia-, quiénes deberían instrumentar los medios como para que tanta buena música, tanta poesía, tantos nombres, no se disuelvan o desaparezcan inevitablemente en el camino, y según pasen los años, después, por mucho que se lamenten, no van a poder hacer ya nada por solucionarlo. Y pienso, y pienso otra vez y, ¿saben qué?, a veces no tengo ganas de pensar más.

Por eso ahora mismo me voy a tocar la guitarra y grabar algo.

Vuelvo en la siguiente.

 

© Mario Ojeda, Granada, 4/4/2009

 

Los baches formativos

Cuando mi papá les ayudaba a hacer algunos deberes a mis hijos, durante alguna visita a Resistencia, el reclamo de ellos era, básicamente, “¿Para qué tenemos que aprender todas éstas cosas, si al final no vamos a usarlas nunca…?”, a lo que mi padre, con santa paciencia, aclaraba: “los programas de estudios son genéricos, sencillamente porque Uds. mismos no saben aún a qué se van a dedicar, razón por la cual tienen que tener una base de todo, como para que les sirva para cualquier cosa que quieran hacer…”

A regañadientes, mis hijos aceptaban y seguían con su tarea.

En otras ocasiones, papá aclaraba también que él completaba el programa de estudios que en la Facultad le exigían que diese, pero que después, en los exámenes (y esto puede corroborarlo cualquiera que haya tenido de profesor a mi viejo), les ponían problemas prácticos, razonamientos elementales de regla de tres simple directa, con situaciones, que él mismo había tenido que resolver en la práctica, de la época en que trabajaba en fábricas, antes de dedicarse a la docencia. Sencillamente, como él mismo decía, “porque en la vida real, muy raramente vas a tener encima una calculadora para resolver ecuaciones complejas, logarítmicas, pero siempre vas a tener a mano un lápiz y un papel, así que, por eso, ¡deben aprenderse las tablas de multiplicar!...”

Viene esta cariñosa presentación previa para ir directamente al grano. Cualquiera sea el oficio al cual te dediques, y la música no es una excepción, debes tener una mínima base formativa, de educación, para hacerlo medianamente bien. Lo que en éste oficio significa que, además de saber tocar medianamente bien tu instrumento, debes haber escuchado antes un montón de música, para poder dedicarte a crear música ahora. Pero, además, y esto realmente es muy importante, debes haber rendido (y aprobado), un montón de materias como para llevar adelante este oficio con dignidad. Es decir, no alcanza solamente con tocar una guitarra.

Debes saber hablar, escribir, pararte en un escenario, saber para qué sirve un monitor de retorno, que es un seguidor de luz, que significa “picar” los focos en un escenario, en qué consiste una mezcla de efectos, que es un envío de monitores, qué es una etapa de potencia, etc., etc. Puede que nunca tengas –mejor así-, que controlar todo vos mismo, pero también debes tener por seguro que, si ignoras todos éstos aspectos, tu concierto no va a salir igual, definitivamente. Es decir, para delegar, primero hay que saber.

Le pasa a un gerente de banco, a un médico, a un poeta o un escultor. Pero sobre todo, y volviendo al caso de un músico, para hacer música, reitero, es necesario antes haber escuchado mucha música.

Sino, ¿en qué te vas a basar? Las cosas no ocurren por generación espontánea. Siempre hay alguien antes que lo hizo – o al menos, intentó-, hacerlo mejor que vos. O sentó las bases de tal estilo, de tal género.

Y, sobre todo, debes haber escuchado con variedad.

Ni se imaginan las veces que me he dado la cabeza contra la pared, teniendo que explicarle a algún colega trovador (peor aún si es de mi generación), que a tal canción podríamos darle “una onda Eagles”, por ejemplo, y que el tipo me mire extrañado, como diciendo “¿y eso qué es?... ¡Por Dios, macho! ¿Nunca escuchaste a los Eagles, a Poco, a Jefferson Airplane? ¿A los Lynyrd Skynyrd?...” No, te contesta. “Yo escuchaba a Silvio Rodríguez…” Ah, mierda. Estamos cagados entonces. Primero, porque Silvio tampoco existe por generación espontánea. El mismo reconoce su amplia variedad de influencias, y la enorme cantidad de música que escuchó en su juventud, y que aún sigue escuchando. Que ahora esté gordo, pelado, y se olvide las letras o los tonos de sus propias canciones, como tantos (y basta verlo en cualquier video actual en youtube), no le quita méritos a su inmenso talento, ni a su vasta influencia en cientos de cantautores alrededor del mundo, ni a la magnitud de su propia obra. Ni a lo que representó y representa como símbolo de una época, o de su propio fulgor a día de hoy.

Pero una cosa no tiene nada que ver con la otra.

Es decir, el hombre es uno y sus circunstancias, como decía Ortega y Gasset, y eso es cierto.Pero uno mismo puede ayudar a que determinadas circunstancias sean un poco mas propicias.

Y parte de esas situaciones, si estamos hablando de música, pueden mejorarse, precisamente y valga la paradoja, ¡escuchando música! Del mismo modo que ciertos políticas deberían estudiar mas historia y leer a grandes pensadores, y aprendérselos, antes de salir a decir pelotudeces por un micrófonos y creerse inventores de algo, los músicos deberían escuchar música antes de hacerla. Y sobre todo, que también ayuda, leer la biografía de grandes artistas, que para llegar a serlo, debieron pasar antes por mil vicisitudes, antes de alcanzar cierto relax.

Y no sentirse siempre las pobres víctimas de ésta historia, porque “Fulano me cagó”, “Montoto no me ayudó”, o “yo, hasta que no tenga la guitarra y el amplificador de Mengano, no puedo hacer buena música…”

Pero, ¿por qué no se van a cagar? ¿No sabías acaso que mengano no tuvo esa guitarra y ese amplificador hasta muchos años después de tener su primera banda? ¿Vos pensás que cada tipo que graba un disco, va camino directamente a la fama y el éxito? ¿O que cada pintor que pinta un cuadro, ya tiene asegurado su pase a alguna galería de arte reconocida en París? Porqué no te fijas antes en la historia del mismo Van Gogh (¡Van Gogh, macho, Van Gogh!), que en vida solamente vendió un cuadro, y que recién después de muerto, su obra alcanzó el reconocimiento que hoy tiene.

En cualquier caso, y lo voy a dejar por escrito aunque suene antipático: prefiero ser Mario Ojeda, anónimo y humilde aspirante a trovador, y estar vivo, y no llamarme Van Gogh y estar muerto, por poner un nombre, pero Uds. pónganle el que quieran.

Después…que catzo me importa el después, si no voy a estar. Hagan de mis canciones lo que se les cante, pero paguen derechos, manga de turros, así mis hijos tienen algún manguito en el banco.

Hasta otra vez.

 

© Mario Ojeda, Granada, 12/10/2009

 

 

John Fogerty en el festival de la Guitarra de Córdoba -julio 2009-

 

A veces, ya se sabe, los sueños se cumplen (al menos parcialmente: ¡ahora quiero ir a California!). Pero, para empezar, estuvo más que bien. Que digo bien: ¡sencillamente impresionante! Llevo escuchando a Fogerty desde hace más de 35 años, lo cual se dice fácil. Y la música que hizo, su impresionante catálogo, fue escrito ¡en tan sólo cinco años! Lo cual también es fácil de decir. Pero como en todas las cosas, el tiempo termina poniendo todo en su justo lugar. Así, allá por 1975, a tres años de la separación de los Creedence Clearwater Revival, Fogerty nos dejó dos discos solistas, y a casa. No grabó mas hasta 1984, en que regresó para ganar un “Grammy” con su disco “Centerfield”. Entonces, un desquiciado Saúl Santz, si, el propietario del sello “Fantasy”, donde grabaron los Creedence, le hizo un juicio por plagio –que, obviamente, ganó Fogerty un par de años después- por la similitud entre el clásico “Run to the jungle”, del álbum “Cosmo´s Factory”, y “The old man down the road”, precisamente del premiado álbum “Centerfield”.

Nuevamente a cuarteles de invierno, a su rancho en El Sereno, California, desde donde regresó en 1997 para ganar otro “Grammy” con “Blue Moon Swamp”. Y “Premonition” el mismo año, que básicamente era un disco en vivo, re grabando algunos de los viejos clásicos, y la sola inclusión del tema que daba título al CD. En el 2003, cuando la segunda guerra de Irak, grabó “Deja Vu: all over again”, una feroz diatriba contra Bush y compañía, además de girar, junto a Bruce Springteen y otros, por todo USA, en la gira “Vote for change”.Un par de años atrás, Fogerty, aprovechando la venta del sello por su antiguo propietario, volvió a “Fantasy Records” con un nuevo disco: “The long road home” –el largo camino de regreso a casa-, multipremiado otra vez, y recientemente el disco “Revival”, que lo ha devuelto a las giras por todo el mundo. Incluso, en la gira del año pasado volvió al Royal Albert Hall, en Londres, donde había tocado con los Creedence ¡37 años atrás!

Aprovechando su primera visita a España, allá fuimos, hasta la Córdoba de la mezquita y otros monumentos históricos, a 170 kilómetros de Granada, donde ofreció un concierto sencillamente espectacular. Y no lo digo yo, que se me cae la baba, pero a los casi 65 años, y a juzgar por las críticas de prensa, hay Fogerty para unos cuántos años mas.

Con el magnífico Kenny Aronoff en batería, y algunos músicos mas, un sonido impecable, fuerte, poderoso, prístino, y una larga colección de guitarras, que iba intercalando entre tema y tema, nos dejó dos horas largas de concierto, sin dejar de saltar, cantar y gritar. “¿Mantendrá el set list de su gira americana?”, era la pregunta que tenía. Y más o menos sí. Arrancó muy arriba, “Up around the bend” al palo, y terminó haciendo dos largos bises: el clásico “Proud Mary”, y el “Good Golly, Mis Molly”, de Little Richard, con el cual cerró su show.

En el medio, todo: “Who´ll stop the rain”, “Cotton Fields”, “Ramble Tamble”, “Midnight Special”, “¿Have you ever seen the rain?”, “Lodi”, “Looking out my back door”, “Blue mountain rider”, “Bad moon rising”, “Born on the Bayou”, uf, ¿qué les puedo decir?, a un tipo con semejante catálogo, como Mc Cartney y otros pocos, no debe resultarle sencillo seleccionar dos horas de concierto.

Pero el quía lo hizo –aunque por lo que leí, fue variando algunos temas en sus conciertos de Madrid y Barcelona, todos con entradas agotadas-.

El teatro de la Axarquía, en Córdoba, una especie de anfiteatro al aire libre –similar al de nuestro parque 2 de febrero, aunque el doble de grande y evidentemente, muy bien conservado, sin contar con que es muy nuevo-, es un recinto para 5000 personas, donde Fogerty se dio el gusto de colgar el cartel de entradas agotadas, lo mismo que en Murcia, Madrid y Barcelona, las cuatro únicas paradas de su visita española. Algunas pocas luces para dar algo de clima, y nada más. Apenas la música-esas canciones-, y una voz-esa voz increíble-

Ah, me olvidaba. El tipo no para en hoteles: detrás del escenario había tres increíbles “trucks” de color negro–esos camiones gigantescos que se ven en las películas americanas- venidos desde Alemania, aunque la producción de la gira era austríaca. Uno para él y familia: con TV color, antena parabólica, etc. Otro para los músicos –ídem-, y otro para los equipos de sonido. Un verdadero circo rodante de rock´n´roll. Los monos llegan a una ciudad, aparcan junto al escenario, montan todo, y después del show, salen ya para el siguiente. Nada de distracciones. “It´s only rock´n´roll”, ya saben.

No queda mucho más que decir, aunque podría escribir durante horas. Una leyenda viviente, sin duda, que durante mas de cincuenta años de carrera se ha mantenido ajeno a chismes, dimes y diretes, que se casó grande, y que ahora, con cuatro hijos y su mujer Julie haciéndole de manager, parece haber reencontrado su mejor forma para seguir rockeando. Que así sea.

Hasta otra vez.

 

© Mario Ojeda, Granada, España, 11/7/2009

 

 

 

Avatares y deslices

La gente rompe tanto las bolas a veces, que uno, quiera o no, termina algunas veces por pincharse. Bueno, a mi, la verdad, acostumbrado a pasar de tantas, pero tantas cosas, me jode un poco menos, justo es decirlo. Pero también a veces me jode.

Sobre todo porque, generalmente, las agachadas, los golpes bajos o las boludeces, suelen venir de quien uno menos se lo espera. Bah, tampoco es que uno se sorprenda tanto, en realidad, pero digamos que es un ejercicio de humildad: uno no puede pretende estar siempre impoluto, o tener la soberbia de decir: “es mas de lo mismo, no sé de que me sorprendo…”. Aunque lo piense, claro. Así están. Revolcándose en sus propias miserias, tratando de buscar en otros, las justificaciones para sus propios avatares, deslices y gilipolleces del día tras día.

Releo lo escrito y pienso: “Definitivamente, me debo estar volviendo viejo: cada vez tengo menos paciencia para aguantar imbecilidades…” Pero, además, debo sincerarme, ¿saben que es lo que más me jode? Que la historia se repite. Porque las mismas tontas justificaciones mediocres que, alguna vez, hace tiempo y a lo lejos, me impulsaron a coger un bolso y dejar mi ciudad, son las mismas que alguna vez me hicieron dejar Buenos Aires para radicarme en Gesell, luego volver a Buenos Aires a intentarlo otra vez, partir luego a Mar del Plata, y ahora estar viviendo en Granada. La misma dejadez, la misma falta de ganas de crecer de algunos o, como dice un amigo, descubrir que “lo grave del asunto no es solamente que sean ignorantes: es que no quieren aprender, que es mucho peor…”

Es increíble, de sólo pensarlo, la cantidad de cosas que se podría hacer para aportar al diezmo cultural de la gente. Acá mas que allá, justo es decirlo, por una simple cuestión económica. Pero no les interesa. Les importa un pito. No tienen la menor idea. Pretenden trasmitir a la gente que la cultura es la celebración de una “semana cultural” en cualquier localidad, es decir, una orquesta de verbena, la actuación de los alumnos de la escuela de danzas (allá), o la escuela de flamenco (acá), así van los niños, los padres, los abuelos, los tíos, los primos, aplauden, sacan fotos;  por ahí aparece el Concejal de turno a sacarse algunas fotos y figurar, y chau, hasta el año que viene: eso es la cultura para algunos. Lo peor es que te lo dicen. Uno llama por teléfono para proponerles algo, una idea, alguna actividad, y la respuesta suele ser siempre la misma: “No, la semana cultura ya pasó. Hasta el año que viene, no hacemos nada…” Mierda. ¿Y los otros 358 días? ¿No existen las actividades culturales? La gente, ¿no va al cine, no escucha música, no baila, no mira un cuadro, no lee un libro, no participa de ninguna actividad que le haga plantearse cosas o le llene un poco el espíritu? No, la verdad es que no. Y eso es lo más molesta.

Y no lo digo solamente de resentido, que si, que también. A mi no me va mal. Quizás algunos piensen que partí de Resistencia solamente a buscar fama y fortuna. Entonces, por carácter transitivo, si no soy famoso y millonario, es que fracasé.

Pues va a ser que no. Me importa un pito ser famoso. No me disgustaría ser millonario, aunque, como no sea ganando la lotería, y no juego, va a ser una tarea ciertamente imposible. Prefiero el anonimato cierto que, aunque sea conocido en ciertos círculos, me permite salir cuando quiero a tomarme una cerveza o subirme a cualquier avión, a cualquier tren, a cualquier autobús, y no viene nadie a pedirme un autógrafo o a querer sacarse una foto conmigo.

Que además, créanlo o no, me ha pasado varias veces. Pero nunca tanto como para volverse algo agobiante. Ni mucho menos. “Gracias a Dios no soy famoso…”, me decía alguna vez Vicente Feliú, un ateo convencido, “porque así puedo andar tranquilo y nadie me conoce…” Tenía razón.

La cierta posibilidad de hacer cosas no tiene nada que ver con la fama o la fortuna. Insisto: me encantaría tener mucho dinero, pero para seguir haciendo cosas, para producir cosas mas grandes, para echarle un cable a un montón de gente que, aún teniendo talento, quiere pero no puede. O puede pero no sabe, que a veces suele ser mas o menos lo mismo.

La gracia de ganarme la lotería implica tener lo que os economistas llaman “un fondo de inversión”, para poder arriesgar sin preocuparme en lo inmediato con qué diablos voy a pagar el alquiler o llenar la heladera, para plantearme objetivos mas lejanos, sueños distintos, en suma. Como alguna vez me dijera Alberto Lucas: “producir no es mas que el pomposo nombre que uno le da a soñar algo, a tener una idea y llevarla a cabo…”, que de eso se trata. Poder armar un festival con nombres consagrados y tipos con futuro, o en pleno desarrollo, a quiénes nadie les da bola, razón por la cual normalmente terminan en nada o, peor aún, terminan quemados y dedicándose a otras cuestiones, por no poder seguir insistiendo con la historia musical. Ya saben, a cierta edad, la gente suele tener ideas tan disparatadas como casarse y tener hijos, y entonces las prioridades cambian, y no para todo el mundo puede la música mantenerse como una de esas prioridades. Lo triste del asunto es que, tiempo después, alguno de sus hijos suele preguntarle: ¿De quién es esa guitarra que duerme en el ropero, papá? ¿Vos sabías tocar la guitarra? Conozco casos concretos, de verdad. De gente que se echó 15, 20 años sin tocar una maldita guitarra, porque sus prioridades habían cambiado, porque no podían dedicarle tiempo o porque, insisto, entre crear por amor al arte, o subsistir dignamente con su mujer e hijos de algún trabajo “estable”, obviamente eligieron lo segundo, quedando entonces la guitarra (o el piano, o el violín, o el material para esculpir, o las pinturas, o lo que fuese), guardados en algún desván, cubriéndose de polvo. Lo triste del asunto es que, un día cualquiera y sin avisar, ese viejo sentimiento renace, y ahí se dan cuenta, precisamente, de que pasaron 20 años, y que igual llegaron a viejos, o a hombres o mujeres maduras y, sin apenas notarlo, se volvieron un poco mas hoscos, un poco mas secos, un poco mas tristes, simplemente por no haberle dedicado tiempo y energía a su sincera vocación.

No voy a dejar que eso me pase. Se los firmo ahora.

Hasta otra vez.

 

© Mario Ojeda, Granada, 12/9/2009

 

Creciendo desde adentro

No siempre se tienen ganas de escribir. Pero suelo obligarme a ello. Es una forma de mantener el ritmo. Como el corredor de maratón, el ciclista, o cualquier deportista. Con la música pasa más o menos lo mismo, aunque, como toco poco y nada, tampoco se nota mucho… Igual, eso no importa, nunca importó demasiado. Nadie va a decir “¡cómo canta Mick Jagger!” –aunque sea, a mi entender, uno de los mejores cantantes que existen en el mundo del rock. O  que alguien diga “¡cómo toca la guitarra Keith Richards!” –aunque sea, es mi humilde opinión, uno de los mejores guitarristas rítmicos que dio el rock, ¡además de un tipo incombustible!-. No. Raramente lo dirán. Pero siempre se ha dicho “¡qué bien suenan los Stones!...” Porque de eso se trata, justamente. De encontrar un sonido, tu propio sonido, tu propia voz, y empezar a crecer desde allí. Así, es común que, en todos los órdenes, la gente empiece a hacer sus cosas por imitación. Todos tenemos alguno o varios ídolos. En el fútbol, en la música, en el trabajo mismo, ¿verdad? Y siempre se empieza imitando. Es una primera etapa, digamos.

A veces ocurre, sin embargo, que mucha gente no sale de esa primera etapa de imitación. Y se pasen la vida “sonando como”, o “tratando de parecerse a”, en vez de ser ellos mismos. Pasa en la música, claro está, pero también pasa en la vida. Y lo peor es cuando algunos pretenden “ser”, digamos, sin haber intentado antes “ser como”. Esto se nota claramente en muchos cantautores. No hay formación, es así de simple. Los tipos aprenden a tocar algunos acordes, escriben algunas canciones, y luego salen a cantarlas. Y ya está. “Ya soy músico, ya soy un cantautor”, parecieran decir. Y nunca aprendieron tocando encima de los discos. Que de eso se aprende mucho: a tocar afinado, a tocar en tiempo sobre todo. Y así, cuando tienen que tocar con una banda, por ejemplo, los tipos no pueden tocar porque van a su puta bola, sin caer a tierra en ningún acento, en ningún compás. O tocan mucho, demasiado, en muchos casos. Y se trata de contenerse, de tocar lo pide la canción. O de hablar lo justo, de aportar “algo” a la conversación, que es el ejemplo en la vida. Por eso mucha gente toca “mucho” al pedo. O habla de la misma manera. No piensan lo que dicen. No sienten lo que tocan. Y tocan demás, y hablan mucho demás también. Sin decir nada concreto, o nada que aporte algo a la conversación. Conozco –seguramente el lector también-, infinidad de ejemplos así.

Siempre digo que para hacer una escultura (de piedra, en barro, en madera, por ejemplo), uno no “agrega” piedra, barro o madera. Quita, que no es lo mismo. Hasta llegar a la forma de esa escultura, al hueso, a la esencia. Pasa en todo: en la música, en las conversaciones, en la ropa al vestirse, en la vida misma, en suma.

También está el problema de los “baches formativos”, como digo siempre. Para hablar, antes tienes que saber. Para escribir, por ejemplo, antes debes haber leído. Para hacer música, antes debes haber escuchado. No puedes escribir con errores ortográficos si aspiras a ser escritor. No puedes tocar cuatro acordes y creerte músico. No puedes hablar al pedo sino sabes de que estás hablando. Así con todo. Me pasa muy seguido con los músicos. Digo, por ejemplo: “ésta canción vamos a hacerla mano Eagles, o mano Beatles, o mano Zeppelin…”, o lo que sea. Y los quías se te quedan mirando, como diciendo “¿de qué habla éste?”. Porque son trovadores pero solamente escucharon a Silvio Rodríguez, o a Serrat. Y parece lo único que existiera en el mundo. Y no es así, macho. Hay otras músicas dando vueltas. Otros ritmos, otros sonidos, otros estilos, mil combinaciones de acordes (aunque sigan siendo básicamente siete, mayores y menores, sostenidos y bemoles). Hay otros temas para hablar que no sea solamente hablar de música. O de cine, o de política, o lo que pito fuera. No puedes cerrarte y hablar solamente de lo que vos creés que es la verdad. Si no sabes, cerrá el pico y escucha. O no toques y mira, que así también se aprende.

Pasa en la música, insisto, pero también pasa en la vida. Y esto es así porque, en definitiva, la música no deja de ser sólo una partecita de ella. Hay quienes no pueden vivir sin música, pero hay mucha, muchísima gente que no hace música. O que no escucha música. Y no pasa nada. La vida sigue igual. A mucha gente no le interesa la poesía, o la literatura, o la pintura, o lo que fuera. No pasa nada, nunca pasó nada. Lo que es importante para uno, no debe, necesariamente, ser importante para los demás. Este es el ABC de todo. Si no, te vuelves una especie de dictador en dónde solamente tu opinión pareceiera ser lo importante. Y no es así. A poca gente le interesa en verdad lo que pensás. A casi nadie le interesa, por ejemplo, que hagas música o que quieras dedicarte a ello, que tu aspiración máxima en la vida sea, por poner un ejemplo, el vivir de la música como oficio. No importa. Nunca importó. Si no lo tienes claro desde un principio, deberías saber desde ya cuánto vas a sufrir.

Pero lo mismo le ocurre al tipo que quiere ser astronauta, por poner un ejemplo. O maestro de escuela. O ingeniero, o médico, o lo que fuera. Y lo que es peor, aún así, si logras ver tu sueño convertido en realidad, eso no implica necesariamente que vayas a ser feliz. “¡Cuánta gente que sueña con la inmortalidad, no sabe que hacer un domingo de lluvia…!”, como dice esa frase en una de las paredes del Fogón de los Arrieros, en Resistencia, una especie de museo cultural que tenemos en mi ciudad natal, y que no todo el mundo considera relevante. Y está bien. Quiero decir, ellos se lo pierden. Las cosas están en la vida para ser disfrutadas, para ser apreciadas, para ser valoradas. Pero no todo el mundo mira las cosas desde la misma óptica, no a todo el mundo debe interesarle lo mismo.

Decía que, muchas veces, alguien cumple su sueño de ser ingeniero, por poner un ejemplo, y al recibirse después de varios años de facultad, se da cuenta de que tiene un título si, y está bien. Pero que en realidad no tiene mucho, por no decir nada. Que ahora tiene que salir a buscarse la vida, y ver si consigue quién le pague lo suficiente para poder hacer esas magníficas construcciones con las cuáles siempre soñó. Con las escuelas, con los edificios, con los puentes, con los caminos. O le encargue esos mismos trabajos, a cambio de un sueldo digno. En suma: se puede ser feliz con muy poco. Rico no es aquel que más tiene, sino el que menos necesita. Hay gente que nace, vive y muere, en Quitilipi, por seguir con el ejemplo. Y no pasa nada. Está bien.

Lo que sí me parece mal es que, quien decida vivir en Quitilipi, no tenga trabajo para vivir. O que tenga trabajo, pero luego ese sueldo no le alcance para vivir dignamente, ni darle educación a sus hijos. Porque, por muchas esculturas que puede haber en cada esquina del lugar dónde elegí vivir, de nada sirve si la gente no tiene trabajo, o no puede estudiar. Eso es realmente jodido.

Pero eso ya es tarea de políticos o de gobernantes, no de éste humilde musiquito con aspiraciones de escritor.Dejo constancia. Hasta la próxima vez.

© Mario Ojeda, Granada, 8/1/2010

 

Tontos devaneos acerca de la vanidad

¿Se tomará alguien el trabajo, alguna vez, de escuchar todas las canciones que he grabado? ¿O todas las crónicas que he escrito? Probablemente no. Es más. Les diría, que estoy seguro: nadie lo hará.

El año pasado edité un libro por mis veinticinco años dando vueltas con la canción. Se lo regalé a mi hija quien, por supuesto, no lo leyó. Ella siempre tiene cosas más urgentes que hacer. Lógico.

Cada uno vive su vida, al fin y al cabo. Pero yo debo seguir escribiendo. Primero, porque sencillamente me hace bien: es como pensar en voz alta.

Segundo, y tal vez más importante aún, porque siempre rechacé de pleno la idea de que solamente era un tipo que tocaba la guitarra y escribía canciones. Hay muchos de esos dando vueltas por ahí. Es mas, hay realmente muchos tipos ahí afuera que tocan realmente bien su instrumento: el bajo, la guitarra, el piano, lo que sea. También hay mucha gente que escribe canciones piolas – que piolas, lo vuelvo a aclarar una vez más, no significa escribir canciones “lindas”: hay muchas canciones lindas dando vueltas que no dicen nada, al fin y al cabo. Y siempre me molestó también, sobremanera, la tibieza, la hibrides. Odio la gente apática, esos que viven la vida dando vueltas sin mojarse, sin comprometerse, sin pasión. Esos que no fuman, no beben una copa de vino de vez en cuando, los que comen la comida sin sal. Me faltaría decir, esos que cogen con mantel y servilleta, ¿porqué no se van a cagar? Están ahí, viviendo casi de prestado, sin proyectos, sin sueños, sin ilusiones, ¿cómo se puede vivir así? Ojo, no digo que todo el mundo debería tener pretensiones de artistas: bastante hay de esos ya.

No, me refiero a vivir con intensidad, abrazar y decirle te quiero de vez en cuando a la gente que uno quiere, abrazarlos, llamarlos por teléfono, escribirles un mail, mandarles una carta -¿se acuerdan la emoción que te daba el recibir una carta, aunque mas no sea una postal? ¡A mi me encantaba abrir el buzón y encontrarme adentro un sobre! Esa parece ser hoy una emoción perdida-

No sé, a veces pienso también que suelo ser bastante reiterativo en todo lo que hago. Es probable. Es más. Debo ser bastante aburrido, sinceramente. Como el poema de Tuñón: “Juancito caminador, que nada se toma en serio, nada, excepto la canción…”

Pero suelo decir que le tengo un enorme respeto a la canción. He pagado un precio alto por ir detrás de ella, pero no me arrepiento: lo poco o mucho que conozco del mundo, lo conozco por ella. Lo poco o mucho que puedo jactarme de conocer “alguito” a la gente, como decimos en mis pagos, es por la canción. Y conozco a unos cuántos, debo decir. Lo más notorio es que conozco a muchos que, en algún momento, “querían ser”. Y hoy “que son algo”, pasan de mí como si nunca me hubieran tratado. No todos, justo es decirlo. Pero sí unos cuántos que, se imaginan, su actitud no me deja dormir.

No. Lo siento. Duermo plácidamente. Por mí se van a cagar, lo digo claramente otra vez. Allá ellos con su conciencia, y sus andares.

Ojalá tengan buena vida. Ojalá nunca necesiten de nadie tampoco. Prefiero no cruzarlos, en realidad.

Estoy muy conforme con la vida que llevo. Es altamente improbable que alguna vez tenga el reconocimiento masivo que me permita vivir exclusivamente de la canción, o de las cosas que escribo.

Igual, no me importa. O sí, pero no me toca el ego eso. A veces me gusta pensar que, como la escritora asturiana Corín Tellado, quien escribió novelas durante 56 años, y llegó a ser la escritora española mas leída en el mundo después de Cervantes, aún tengo tiempo para seguir jugando con esto. Que aún puedo tener la oportunidad de jugar en primera.

Ocurre, siempre lo digo y escribo, que este tema del oficio artístico es muy similar al del fútbol. No todos pueden llegar. No todos los que llegan son futbolistas famosos. No todos los futbolistas ganan millones. No todos aseguran su vida, la de sus hijos y hasta las de sus nietos, ganando sueldos obscenos para un trabajado normal, digamos.

Simplemente, no hay espacio para todos.

Lo que me jode no es eso, en realidad. Lo que si me jode es la toma de conciencia de que, quiénes realmente mantienen el sueño vivo, los que mantienen la estructura, digamos, los que le dan de comer a los demás o, mejor dicho, a esos que ganan millones, son los doscientos mil tipos anónimos que juegan al fútbol en equipos de primera B,C, o aficionados. Que son los que mueven el guiso. Los que consumen botines, camisetas, etc., etc. Los que se prenden al televisor, cuyos conductores y productores gana millones con la publicidad, con el argumento, justamente, de que hay miles de tipos que ven o siguen esa trasmisión.

Y ya que cito a los conductores, esos me parecen los peores. Esos que nunca jugaron ni al metegol –al futbolín, le dicen en España-, y ahora los escuchas opinando y dando cátedra.

Lo mismo pasa con los músicos. Viven de la música quince o veinte, pero los que sostienen la estructura son los miles de grupos aficionados que, en vez de cobrar, pagan para tocar. Los que alquilas salas de ensayo, o salas para tocar. Los que viven comprando guitarras, equipos y accesorios. Los que van a conciertos, pagando entradas desmedidas para sus posibilidades, mantenidos por la ilusión de, alguna vez, ser ellos los que estén arriba del escenario, y no perdidos entre la multitud.

Cuando analizo éstas cosas, siempre recuerdo a mi abuelo asturiano quien, cuando alguna vez le comentaba que yo quería estar ahí arriba, se encogía de hombros, sonreía y me decía: “es lo mismo, Marito Luis, es lo mismo…”

Que suave era. Yo hubiera dicho que todo era la misma mierda, al fin y al cabo.

Hasta la próxima vez.

 

© Mario Ojeda, Granada, 12/4/2009

 

Sobre los cambios cotidianos

La aceptación necesaria de los cambios cotidianos, cualquiera que éstos sean, es la mejor manera de mantenerse alerta y en el camino. Ya lo escribimos otras veces: las cosas cambian, cotidianamente. Aunque no lo parezca, están siempre mutándose en un movimiento continuo.

Y hay mucha, pero mucha gente, que algo tan simple como esto no suele entenderlo.

Así, se repiten incansablemente en formas, modos, actitudes y demás peripecias de la vida cotidiana, sin atreverse a cambiar.

Extraño caso el mío, por ejemplo. Me fui de mi casa para tocar la guitarra, y recién este último año, después de veinticinco de haberme ido, puedo decir con cierta satisfacción que estoy viviendo de la música. Bah, de la música como ejecutante y de la producción de espectáculos, pero algo es algo. Y además… ¡soy bajista! Si, aunque sigo tocando la guitarra, la mayoría de los trabajos como sesionista que me salen  últimamente, son para tocar el bajo. Y bienvenido sea esto. No me quejo, antes al contrario, lo disfruto, y mucho.

Pero no deja de ser curioso. Parece que fuera ayer nomás cuando iba con mis padres a esos bailes de carnaval en el Club de Regatas Resistencia, y me paraba delante de grupos como The Dreamers o The Play Boys, y alucinaba embelesado mirando tocar el bajo a Hugo Romero, con su fantástico bajo Fender Jazz Bass, el mismo que yo tengo ahora . Y así es la vida: no deja de sorprenderme a cada rato.

Por lo demás, puedo estar ciertamente orgulloso del camino transitado: vine a España a una edad en que la mayoría de la gente empieza a guardarse en cuarteles de invierno, y yo no tuve problemas en cruzar el charco y empezar nuevamente desde abajo, trabajando de camarero en distintos bares, durante casi cuatro años, hasta que mas o menos pude empezar a estabilizarme

Y es que las cosas no salen porque sí. Como cantaba Litto Nebbia alguna vez: “estoy convencido de que para lograr algo, hay que insistir…”.

Por lo demás, hace muchos, muchos años que dejé olvidada mi pretensión de ser famoso y millonario con la música. Es decir, hoy por hoy, me alcanzaría con ser millonario. O ni eso: con poder seguir viviendo de la música me alcanzaría. Por citar a Facundo Cabral: “rico no es aquel que mas tiene, sino el que menos necesita”.

Por otro lado, como cantaba ya en “por más duro que esto sea”, esa canción que grabé en mi segundo disco “oficial”, “El loco de la guitarra”, allá por 1997, algunas cosas claras creo tener.

Por ejemplo, darme cuenta que he crecido. Como músico, como ejecutante, como artista, creo también como persona. Aunque a veces esto pueda doler: “el que piensa sufre”, decía Lennon. Y esto es absolutamente cierto.

Pero sigo empeñado en ser racional. Y trato de ser siempre un tipo coherente, con mis ideas, con mis actos, con mis amigos. Con la historia. O con mi propia historia, en suma.

A veces, por ejemplo, me encuentro con gente que me dice: “¿pero vos no eras amigo de Gieco, de Fito Páez? ¿No tocaste con ellos? ¿Porqué no los llamas y les pides que te echen un cable?...” Sonrío y les respondo, parafraseando a mi viejo: “No es tan así, ¿sabes? Yo les deseo buena vida, pero es que la vida misma nos fue llevando por distintos caminos. Si nos cruzamos por ahí, como a veces ha pasado, podemos darnos un abrazo y hablar, pero mas allá de eso… Además, la amistad es una cosa seria, como alguna vez me decía Moris, en un alto de la grabación de mi primer CD, en los estudios de Nebbia, allá por 1996.

Quiénes me conocen bien, saben de qué hablo. Y saben también, o debería saber, claramente porqué canto. Pero además, yo no tengo ya pretensiones de reconocimiento. Ni siquiera eso, mire Ud. Me alcanza con poder mirar a mis hijos a la cara, aunque a veces no me entiendan, y poder decirles: soy lo que siempre he querido ser, o al menos, lo que he podido ser, dignamente. No pretendo más que eso. No por ahora, al menos.

Hasta la próxima vez.

 

© Mario Ojeda, Granada, noviembre de 2008.