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marioojeda

Acerca de los espacios

Acerca de los espacios


Si mis amigos supieran cuán poco suelo tocar la guitarra... es curioso. No me quejo. Trato de analizar, simplemente, determinadas situaciones. Quiero decir, me fui de la casa de mis padres para tocar la guitarra. Han pasado 22 años ya, y sigo tratando de ganarme un espacio de tiempo para hacerlo. Generalmente, como Nebbia, estoy haciendo mil cosas a la vez, cosas que tienen que ver con la música, si, pero no necesariamente tocar la guitarra. Produciendo conciertos, grabaciones para otros artistas, programando actuaciones en las cuales alguna vez me incluyo... es parte del juego, claro.

Y la rueda gira. Lento, pero gira. Hace tiempo aprendí que uno debe hacer lo mejor que puede con lo que tiene. Aunque ese algo sea sólo una guitarra económica, uno tiene que subir al escenario y “matar”, como decimos en Argentina. Conmover, que al fin y al cabo es de lo que se trata. “Estamos acá para entretener”, como decía una vez John Hiatt, reputado cantautor norteamericano.

Y sigo viendo, normalmente, como la gente que está empezando suele buscar atajos mágicos, como si en verdad los hubiera. Días atrás, con motivo de la publicación de varios reportajes que me hicieron en los periódicos locales por un concierto en un teatro de acá, en Granada, algunos colegas cantautores se acercaron para saludarme y decirme “oye, tío, leí tu nota en el periódico. Muy bien. Tienes que pasarme el teléfono de esos periodistas, así me hacen alguna nota a mí también...” Se los di, claro, en el mismo momento. Sorprendidos, me preguntaban: “pero, ¿como, así nomás, me los das...” “Seguro, les dije, jamás negué a nadie un contacto, un teléfono... lo que tenes que entender, es que los reportajes no son causa, sino consecuencia. Quiero decir, estas notas salen ahora porque llevo dos años y medio haciendo cosas en Granada y en Madrid. Nadie te regala nada. Se trata simplemente de trabajar, de hacer cosas lentamente y sin pausa, sin esconderse detrás de excusas tontas. Ganar por prepotencia de trabajo, como decía Roberto Arlt. Trazar un plan, con metas cortas, y cumplirlo. Después, otro y otro más. Y así sucesivamente. Más tarde o más temprano, las cosas terminan cayendo por su propio peso. Y no quejarse inútilmente, man. Quiero decir, siempre hice música con los medios que tenía a mano...”

La tecnología debe estar, siempre, al servicio del hombre y no al revés. Decir, por ejemplo, “yo con ese equipo no puedo cantar... o con tal otro no puedo tocar la guitarra”, me suena, a esta altura, tan pueril e inconsistente como excusa, que ni siquiera me dan ganas de analizarlo. Uno hace lo que puede con lo que tiene, siempre.

Y en esa lucha vas dejando a veces, lo se, retazos de tu alma en el camino. Pero es que no hay otra. Se trata solamente de vivir, al fin y al cabo. De ponerle huevos y ganas a la vida. Se supone que haces esto porque es lo que elegiste, ¿no? Es como esos tipos que van a la universidad, para estudiar tal o cual carrera que, digamos, debería durar unos cincos años, y ya llevan ocho o mas haciéndolo, y uno dice: “pero, a ver, ¿no se supone que estás estudiando lo que realmente te gusta? ¿Cómo podes demorarte tanto en hacerlo? ... te mantienen tus padres, tienes una beca, solamente tenes que hacerlo, man... ¿por qué la abulia?” Sino, simplemente, dedícate a otra cosa. Hay un montón de tipos que realmente quisieran hacerlo, que querrían estudiar, y que por diversas razones no pueden, ... ¿por qué no le cedes ese espacio a ellos? Bueno, lo mismo ocurre con los músicos. Hay tantos tíos dando vueltas, ocupando un espacio... Espacio que, a veces, y con la mano en el corazón, deberían ceder sinceramente para otros. Porque, y esto me gustaría que quedase bien claro, ocupar un espacio que no te vas a preocupar por defender, es joderle la vida a los demás, así de simple. Y ya bastante tenemos que pelear con algunos genios e instituciones, gorilas y jerarcas, y enquistados y calienta sillas con el culo, y semidioses y  avarientos del poder, y periodistas ignorantes o directores artísticos sordos, e intelectuales incoherentes o mentirosos, o fascistas disfrazados de gente de izquierda, que los hay en todos lados y podría seguir con la lista, como para tener también que lidiar con tipos que, se supone, son artistas y deberían estar en la misma que vos. No se, debe ser la edad, supongo, que uno se vuelve medio quisquilloso. Como me decía un amigo periodista hace un tiempo: “Mi moto lleva conmigo 40 años. Esta viejita, pero me lleva a todos lados y no me jode. Así que, por norma, ¡no quiero junto a mí a ninguna mujer mas joven que mi moto!...”

Hasta la próxima vez.


Mario Ojeda, Granada, 28/2/2006

 

Recordando a Cesar Hermosilla Spaak

Recordando a Cesar Hermosilla Spaak

 

Lindo asunto. Ahora resulta que debo escribir algo sobre Cesar Hermosilla Spaak, mi querido Cesar. Y llevo ya como diez días dándole vueltas en la cabeza, y no logro decidir sobre que catzo escribo. Buena faena me encomendaron.

A ver. Para empezar, conocí a Cesar allá por fines de 1980, principios de 1981, en el viejo departamento de la calle Remedios de Escalada, en Resistencia, que compartía con Blanqui y un Patricio de meses. Miro ahora al hombretón en que este se ha convertido, y no puedo más que recordar esa época con nostalgia. Creo recordar incluso que yo tenía entonces el pelo muy corto, porque estaba terminando la colimba –sí, soy de esa época, ¿y qué?- Me lo presentaron Juanjo Córdoba y Alejandro Ruiz. Aparentemente, Cesar ya era famoso, o algo así, al menos en ciertos ambientes. Bueno, siempre le gustó rodearse de gente medio “conchetita”, como decíamos por entonces –sobre todo si eran mujeres-. Que una cosa no quita la otra. Recuerdo una tarde entera, Cesar sentado en su tablero, dibujando –allí me regaló un dibujo que aún conservo-, mientras yo le cantaba una canción tras otra, porque él me había dicho que quería escucharme, a ver que hacía.

Por ese entonces integrante de ETCETERA, la productora cultural que compartía con Rubén López y Carlos Aguirre, quienes ya habían llevado a Resistencia a los Almendra, en la gira nacional de reunión, en diciembre de 1980, y también habían llevado allá al grupo rosarino Irreal, con Baglietto, Mario Corradini, Sergio Sainz, Claudio Cardone y si mal no recuerdo, el recordado Daniel Wirtz, el hermano de Manuel, por ese entonces un nene, en batería.

Cesar me escuchó pacientemente, canción tras canción, y al terminar, me dijo a quemarropa: “¡Pero vos cantás desde el resentimiento, no desde la poesía!...” Si, le dije. “¿Y qué? Cada uno canta desde donde se le canta…” Me miró, serio, sonrió luego, y me dijo: “Me haces acordar a mí, a mis 20 años…” “Bueno, empezamos bien, le dije. Ya tenemos algo en común…”

Tiempo después, ya mudados a la gran casona de la Avenida Rivadavia, un día fui con Chili Maidana, quien me acompañó hasta la puerta y luego se fue, así que me quede solo, y le solté: “A mí no me podes dejar en ascuas. A los demás quizás, pero a mí me tienes que explicar esto…” Blanqui se debe acordar, porque estaba sentada con nosotros tomando mate. Era un lío interno, que no quiso explicarme, pero que tiempo después entendí.

A ver: lo voy a decir claramente para que no queden dudas. Cesar fue importante para Resistencia, y apostaría sin dudar que fue indudablemente importante para un montón de gente. Para mí, sin dudas. Dicho de otro modo: el vacío que Cesar dejó, no sólo en la agitación cultural resistenciana, como en el periodismo chaqueño, no lo llenó nadie. Habrá habido otros, tanto o más talentosos, tanto o más comprometidos –al fin y al cabo, errar es humano, lo mismo que la contradicción, como cantaba Lerner, y Cesar se equivocó muchas veces-, pero eso no le resta meritos. Antes, al contrario.

Fuimos amigos desde entonces. Antes de mudarse de allí, con Cesar y otra gente hacíamos “El Ángel Subterráneo”, una reedición de una revista subte que Cesar había hecho tiempo atrás. Entonces hice mi primer reportaje publicado, a un lustrabotas, en la calle Antártida Argentina, junto al “Tino” Espinoza. Seguí su periplo de mudanzas –Cesar siempre andaba mudándose-, primero hasta el departamento de la calle Güemes; luego a Buenos Aires, al departamento de la calle Rincón, que le había alquilado Mona Moncalvillo, cuando Andrés Cascioli se lo llevó a trabajar a Buenos Aires, como secretario de redacción de la revista “Superhumor”, en Ediciones de La Urraca, y trabajaba codo a codo con los próceres intelectuales de entonces. Pura mierda, en suma, el tiempo mostró, como siempre pasa, las agachadas y endebleces de varios de ellos.

Al tiempo, ya se había ido de “Superhumor”, y fue a trabajar con Gabriel Levinas, a la revista “El Porteño” –yo estaba en Buenos Aires también, así que esto debía ser hacia principios de 1983-, y se había mudado a un departamento en Villa Crespo. Por cierto, a Levinas lo encontré allá por 1999, en Buenos Aires, porque fue a revelar un rollo de fotos al comercio donde yo estaba trabajando entonces. Le conté lo sucedido y se quedó de piedra, diciéndome “Justo estaba tratando de ubicarlo, porque quiero hacer una revista otra vez, blablá… Y yo tuve algunos desencuentros con Cesar, ya sabes, pero sigo pensado que es un tipo necesario…” Me acorde de Bertolt Bretch, y aquella frase sobre los tipos imprescindibles…

Por el departamento de Villa Crespo pasaban todos, siempre pasaba gente por las casas de Cesar. Antoliano Rojas, Baglietto, Silvina Garre, Ruben Goldín, Abonizio, Miriam Cubelos –creo ahora está viviendo en México-, Juan Manuel Monfrini, el “Zappo” Aguilera, Fito Páez, y algunos más, fueron algunos de los tipos que conocí en las casas de Cesar. Ahora que recuerdo, recién llegado a Buenos Aires, Cesar (con Blanqui y Patricio a cuestas), se quedó unos meses en el departamento que Fito compartía en La Boca con el “Zappo”, en la Calle Pedro de Mendoza al 1850 (cuando hablan algunos de las pensiones en que vivió Fito…en fin: sin comentarios)

Después, allá por septiembre de 1984, yo me fui a vivir a Gesell, y un poco perdimos el contacto, aunque siempre nos escribíamos o hablábamos a veces por teléfono –ya saben, la internet era sólo un invento de Julio Verne en su libro “París en el siglo XXI” por entonces-.

Nos volvimos a ver sólo una vez más, allá por 1988 o 1989, en un viaje que hice a Resistencia, y fui a visitarlo. Me habló de un programa de radio que había empezado a hacer, o que iba a hacer en Corrientes, y luego me llevó en su Fiat 600 a visitar a Blanqui y Patricio al barrio Guiraldes. Nos dimos un abrazo y quedamos en vernos en un próximo viaje. No pudo ser.

Llore mucho, intensamente, la noche que papá me llamó para avisarme que Cesar había muerto. Me mandó luego las necrológicas y notas que salieron en “NORTE” y en “El Territorio”, que todavía existía. Llore por él, por nuestra amistad, y me quede con una enorme sensación de desamparo, básicamente por saber desde siempre quien era y, sobre todo, lo que significaba para la cultura de todo el nordeste un tipo como él. Y Blanqui y Patricio, su hijo, deberían saberlo mejor que nadie.

¿Qué más puedo decir? Que lo extraño, eso. Y que así será por siempre. Hasta otra vez.

 

© Mario Ojeda, Granada, 13/2/2010

 

 

Vueltos y refritos

Vueltos y refritos

 

Lo he escrito varias veces ya, pero no me voy a cansar de repetirlo: siempre es mejor hacer algo, antes que no hacer nada. Pero, muchas veces, es mejor no hacer nada y “esperar a ver qué pasa”, como dicen que dijo Lennon cuando se separaron Los Beatles.

Cuando la oferta supera la demanda, por ejemplo, es común que todo se bastardee. Ocurre con las ofertas: muchos negocios ofrecen sus rebajas, y venden menos que cuando no estaban en oferta. La gente es así. ¿Por qué voy a comprar eso ahí? Si está más barato, debe ser por algo, porque es de inferior calidad, o lo que sea…” Ocurre con los músicos: “Que va ser músico ese, si vive en la esquina de mi casa…” Esa fantasía del estrellato. Pero es una realidad. Y en la música pasa mucho. Hoy por hoy, por ejemplo, los bolicheros, los dueños de los garitos donde un grupo o un trovador pueden presentar sus canciones, se han convertido en “empresarios del espectáculo”. Deciden sobre tu arte, y sobre lo que te van a pagar (cuando pagan). “Tráeme un demo que lo escucho y te digo si está bien…” Pero, ¿sabes tocar la guitarra?...” No, pero yo decido quien toca o no en mi bar...” La teoría del manoseo. La actitud chulesca, como dicen por acá.

Después, te prometen cinco y llegado el momento te ofrecen dos, “porque vino poca gente”.  O “porque no me fue muy bien, casi no hicimos caja…” Y uno se da vuelta, ve el bar lleno de gente, y piensa: “¿Pero cómo me dices que no facturaste, si el bar está lleno?...”

Pero los pibes quieren tocar y, si es necesario, pagan por hacerlo. Y vos, humilde practicante de este oficio, que llevas 20 o 30 años comprándote instrumentos, equipos, ensayando, aprendiendo a tocar, o lo que sea, te encuentras de repente en una situación muy odiosa, porque tus propios “compañeros de oficio” te hacen competencia desleal, muchas veces inconscientemente, yendo a tocar por muy poco, o directamente gratis a cualquier lado, y uno quiere vivir de esto, o al menos intentarlo, y claro, así no se puede, obvio.

Pero es que, además, a nadie se le ocurre, por ejemplo, llamar a un fontanero, a un albañil para hacer algún arreglo en tu casa, a un pintor, a un electricista, y ¡luego no pagarle! A lo sumo preguntas antes: “Che, ¿cuánto puede costarme esto?” Tanto por ir, y tanto por arreglarlo…” Ah, ok, vale, lo hacemos. O no. Pero si viene, le tienes que pagar.

Con los músicos, en cambio, pareciera no ser así. Bah, de hecho, no es así. Ahora ya no me ocurre, pero al principio, cuando no me conocían, a veces iba a algún bar para ofrecerme a tocar, y por ahí me decían: “Vale, te doy una fecha para tal día…”. Ok, y ¿cuánto me vas a pagar? “No, nada, nosotros no pagamos acá. Te damos el lugar para que te muestres, así la gente te va conociendo…” Pero, escúchame, yo tengo que traer mis equipos, el sonido, la gente –o sea, el público, que va a consumir-, es tu bar, vos deberías moverte, hacer publicidad, pegar carteles…” “No, no, nosotros no hacemos nada, solamente te damos el lugar…” A lo cual, por supuesto, respondía: “¿No quieres que me meta un cepillo en el culo y te limpie el piso, de paso? ¿O que te la chupe un poquito? Digo, porque no te compras una tortuga y te vas despacito a la concha de la lora, así te dura más el viaje?...”

Claro, después era yo el resentido, por supuesto. Pero, en fin, así son las cosas. Algunos nacen con las estrella, y otros nacen estrellado, como me dijo alguna vez León Gieco. Y no me estoy quejando tampoco. Estoy haciendo, como casi siempre, un análisis de situación. Esta es la realidad, la verdad verdadera, como decía Lalo de los Santos. Lo otro son películas que la gente se inventa, o que compra, o que fantasea, o se cree. Otra cosa, la realidad.

Es como el tema de grabar discos. Todavía hay gente preocupada por eso. Y no se da cuenta de que lo que importa es tocar, como antes, como siempre. He conocido gente acá, en España, que ¡ha sacado créditos bancarios para editar un disco! Pero, lo peor, es que se gastan una pasta en hacer un disco, entre músicos, estudios, prensado, tapas, y demás, y ¡después se encuentran con los CD amontonados en cajas debajo de la cama!

Y esa no es la alternativa: la alternativa real, la verdadera, es que si tienes, que se yo, 20 o 30.000 euros para editar un disco, lo que tienes que hacer es grabar 10 canciones más o menos en un ordenador, con algunos músicos amigos (¡que no te cobren!), pagar la edición de 1000 CD, que eso sale alrededor de 1200 euros, y los otros 29.000 euros ¡ponerlos a difusión! En radio, en carteles, organizando una gira por todos lados, es decir, mover el dinero para difundir tu obra, no gastarse todo ese dinero en grabar un disco que después nadie va a escuchar. O casi nadie, que al fin y al cabo es lo mismo, ¿no?

Pero ese ya es tema de otra crónica. Hasta entonces.

© Mario Ojeda, Granada, 30/1/2010

 

Acerca del lugar de cada uno

Acerca del lugar de cada uno

 

A diferencia de hace 20, o 30 años, en donde lo que importaba era hacerlo bien, es decir, escribir algunas buenas canciones, y tocarlas con gusto, acompañados por un piano o una guitarra, hoy por hoy, lo que verdaderamente cuesta es que haya gente para escucharte. Es decir, no importa demasiado que tan bien o mal lo hagas: lo que verdaderamente importa es ¡que haya gente del otro lado! No quiero parecerme tampoco a esos viejos renegados, diciendo que todo tiempo pasado fue mejor. Para nada: mañana es mejor, siempre.

Pero la verdad de la milanesa es que, habiendo tanta gente haciéndolo (y algunos realmente muy bien), lo difícil no solamente es armar un grupo y llevarlo adelante, mantenerlo unido. No, lo difícil, como decía al principio, es tratar de sacar la cabeza entre tantos, hacer algo realmente personal, o distinto, como para que el público potencial te elija a vos, a tu grupo, para ir a verte, antes que ver a otros. Este llamativo fenómeno, por llamarlo de algún modo, acarrea también una serie de cuestiones que vale la pena desmadejar.

Para empezar, tenemos que, en principio, olvidarnos del arte. Es decir: de música hablamos otro día. ¿Qué hace un grupo para destacarse de los demás? Primero pregunta de difícil respuesta. Tocar desnudos sería una alternativa. Maquillarse sería otra (pero eso ya lo hicieron los KISS, hace más de treinta años). Juntarse varios, escapando al tradicional concepto de grupo de rock (esas “tribus” de los grupos “mestizos”, o de ska, que son 10 o 12 músicos sobre el escenario). Eso facilita un poco las cosas al principio, por pura matemáticas: si cada uno de los músicos invita a 10 o 12 personas, ya tienes 100 personas promedio por concierto, aunque sean todos amigos. Al menos al principio, ya se sabe, después, toda la peña empieza a aburrirse, y ya no asiste con regularidad a tus conciertos. Lógico: se bancan tus ensayos, te compran tu primer disco, pero después, “ya está bien, macho, ¿cuánto tiempo tenemos que seguir yendo a verte?...” Y es lógico, además.

Otra alternativa, la más elemental, digamos, sigue siendo que te escuchen por radio. Eso cuesta dinero. Pero ésta es otra cuestión digna de análisis. Para empezar, aún en tiempos de internet,  TV color, televisores de LCD  y pantalla plana, y televisión digital, y demás etcéteras, la radio sigue imbatible. Es decir, la radio se sigue escuchando: en el trabajo, en el supermercado, en el autobús, en los pequeños comercios. Entonces, por carácter transitivo, si pagas un pautado radial, eso ya te despega del resto. El problema, claro está, es que eso cuesta dinero. ¿O acaso piensan que la difusión radial que tienen Shakira, Juanes, etc., etc., o el último disco de Joaquín Sabina, por ejemplo, es porque a todos los programadores radiales les gusta lo hacen? ¿Y todos al mismo tiempo? No señor: son espacios pagos. Los cuarenta principales no son los que mejor lo hacen, sino los que ponen más dinero a difusión de su música. Guste o no.

Una vez, hace no mucho, bajaba a Motril en coche, a 70 km. de Granada por autovía, en dirección al mediterráneo. En la escasa media hora, quizás cuarenta minutos que dura el viaje, escuché a Juanes y a Shakira ¡7 veces! A cada uno, en distintas radios. ¿Cuánto dinero cuesta eso? Lo mismo pasa con cada nuevo disco de Alejandro Sanz, de Luis Miguel y tantos otros: suenan mucho por radio, porque sus discográficas invierten un montón de dinero en difusión radial. Luego, la gente conoce su voz, sus canciones. Ergo, siempre tienen gente en sus conciertos. Mucha. Y a eso no hay con qué darle.

Siempre les digo a mis amigos que solamente me hace falta ganar la lotería, para producirme yo mismo. Es decir: tener dinero, algo, para invertir en promoción. Luego, y siempre teóricamente hablando, esa misma difusión debería garantizarme asistencia de gente a mis conciertos. Claro, hay que ver que ocurre si, teniéndolo, me arriesgo a invertir dinero en mí mismo, porque siempre existe el riesgo de que la gente conozca una canción, y después vayan a un concierto (al mío, al de cualquiera que invierta) y salgan aburridos del mismo, y ni compren mis discos ni vuelvan jamás a verme. Ya. Eso se llama creer en uno mismo. Es decir, tener huevos para gastarte un montón de dinero en la difusión de tu propia música, convirtiéndote en tu propio productor o promotor. Eso pasó siempre, en cualquier caso. De Los Beatles para acá: es famosa aquella anécdota en la cual George Harrison, no el músico, sino el periodista del mismo nombre que había acreditado el “Mersey beat”, la revista musical de Liverpool , para que los siguiera a todas partes, cuando firmaron su contrato con la EMI y bajaron a Londres para grabar “Love me do”, se encontró un día con Paul Mc Cartney muerto de frío y de hambre, caminando por el muelle. Paul, ni bien lo vió, se acercó a saludarle, y le dijo: “Oye, George, ¿no me invitas un bocadillo de queso y un café caliente, que estoy muerto de hambre y frío?...” Harrison, asombrado, le dijo: “pero, ¿Cómo es posible? El disco está primero en todos lados, ya son famosos, y vos no tenés un duro?... “  “Alguien tenía que pagar los 10.000 discos que Brian (Epstein) compró, y tiene guardados en su tienda. Y nos tocó a nosotros…” Después, claro está, la bola siguió creciendo, y pudieron vender los discos que había guardado Epstein en el sótano (¡y muchos más!), pero la apuesta era fuerte. Epstein, el mánager que apostó por ellos desde un principio, no quería que fracasen, y habiendo aprendido algo del negocio, después de casi dos años de intentar ficharlos por una grabadora, cuando lo consiguió, no quiso correr riesgos. Hizo un pedido grande, y les dijo a ellos: “esto costó tanto, es decir, no van a cobrar un duro de sus conciertos hasta que yo no recupere la inversión...” Así se hizo, y mal no les fue. Pero había que arriesgarse, claro.

Esto viene a cuenta porque, muchas veces, me pasa de encontrar músicos que, aún teniendo los medios económicos como para apostar en su música, invierten un dinero más que importante en un coche nuevo, una moto nueva, o en una (o varias) guitarras de mucho valor. Les digo: “Pero, pregunto, ¿no sería mejor invertir ese dinero en un equipo de sonido, una camioneta usada para transportarlos, salir a tocar, imprimir carteles, hacer un pautadito radial, etc., etc.?  Después, si sale bien, ya vas a poder comprarte todo lo quieras…” “No, mi dinero es mío, me dicen. Y yo me lo gasto en mí, no jodas” Lo cual no deja de ser cierto tampoco.

Son elecciones de vida, nada más. No estoy criticando a nadie por eso. Es muy cierto también que, aún haciendo las cosas bien, eso no es garantía de que todo vaya a ir por los caminos deseados. Que debutar en la primera de Boca, por ejemplo, no es garantía de que vas a quedarte jugando allí por diez años, o que van a venderte a algún europeo, y terminar así con tus preocupaciones económicas. Se sabe: eso le ocurre a uno de cada cien. O de cada mil, o cien mil, si nos ponemos finos.

La música de autor en Granada goza de muy buena salud, por ejemplo. Esto es innegable. Sin ir más lejos, el pasado fin de semana tres cantautores (dos granadinos y un malagueño, aunque vive en Granada), alcanzaron puestos de final en distintos certámenes de autor, algo felizmente muy común en España (salvo, claro está, para menores de 35 años: ¡el resto ya no somos trovadores!) Con premios importantes en metálico. Pero esto tampoco es, lamentablemente, garantía de que esos mismos autores vayan a poder vivir de la música en el futuro. Es decir, para que quede claro: cualquiera puede dedicarse al arte. A la música, a la pintura, a la escultura, etc. Ahora, que puedas vivir o sobrevivir de eso dignamente, ya es otra cuestión. No cualquiera puede hacerlo. Es decir, no cualquiera tiene la suerte de hacerlo. No es solamente una cuestión de mayor o menor talento. Puedes hacerlo muy bien, y no comerte una rosca, como dicen por acá.

Esa es la razón por la cual siempre insisto en que uno debe dedicarse a esto si piensa sinceramente que tiene con qué. Eso, para empezar, digamos. Después, debería preguntarse también sinceramente si realmente cree que va a tener el valor suficiente para soportar lo que venga o le echen por la cabeza. No es un camino fácil, no señor. No siempre llegan quienes mejor lo hacen.

Pero también, y esto si quiero dejarlo escrito (y ya termino), ésta es la razón por la cual, cuando subo a un escenario, no dejo que nadie me moleste. Ese es mi lugar. El lugar que me gané. Lo aprendí con los años, aunque tenía esa sensación desde un principio. Las cosas tienen un porqué. Cada vez que subo a un escenario, no es sólo el lugar. Es el espacio que me gané, por tiempo, por constancia, por esfuerzo. Si estás a mi altura, estarás junto a mí. Si no, no me jodas. No estoy perdiendo el tiempo. No estoy jugando acá arriba. Hago esto porque es lo que siempre quise hacer. Aunque mantenga el perfil bajo, ni me crea nada especial. Pero es mi lugar. Me lo gané, muchacho. Gánate el tuyo ahora. Me lo dijo claramente una vez Miguel Martínez, el hijo de “Polo”, un guitarrista paranaense fantástico, cierta vez que lo llevamos a Resistencia, y tocó y cantó en Plaza España, el mismo día que canté con Adrián Abonizio. Al terminar, nos fuimos todos a comer a la esquina del viejo Cine Marconi, a una pizzería que había entonces. Le pregunté qué le había parecido todo, y me dijo: “Todo bien, Mario, todo bien. Pero, la próxima vez, ocúpate de poner aunque sea dos bombillas encima del que actúa. No hacen falta que sean luces de colores. Pero que haya una diferencia, sino, no se sabe quién es el artista y quién el público…”

Y no estoy hablando solamente de lo musical.

Hasta otra vez.

© Mario Ojeda, Granada, 19/12/2009

 

Al son de nadie

Al son de nadie

 

A veces esto de ser maestro ciruela de sordos me hincha un poco las pelotas. Lo digo así, claramente. No sordos por hipoacúsicos, sino por sordera manifiesta y testaruda. Es decir, no hay peor sordo que el que no quiere oír.

Y me pasa muy seguido, la verdad. ¿Qué tengo yo que andar diciéndole a la gente, a colegas músicos, qué es lo que deben hacer? ¿Quién soy yo para hacerlo? Insisto, al que le quepa el sayo, que se lo ponga. No me estoy justificando. Estoy manifestando mi hastío, nada más.

Por otro lado, también es justo decirlo, y ya lo expliqué otras veces, escribo y analizo éstas cuestiones porque, para bien o para mal, creo ser un tipo racional. Y también porque necesito hacerlo. Me gusta pensar que hay gente que lee éstas crónicas y obtiene de ellas alguna enseñanza, de ahí lo de ser maestro ciruela.

Es curioso. En todas las universidades te enseñan un programa equis y, al acabar, te dan un título que te acredita como licenciado en algo. En esto de ser trovador, por el contrario, no hay ninguna escuela garantida para ello. Bueno, obvio, que cuando uno se recibe de arquitecto, por ejemplo, tampoco tienes garantía de que vas a trabajar de ello. Digamos, te habilitan para, pero el trabajo en sí, es decir, que te paguen por hacerlo, tiene que aprenderlo uno. Como me dijo una vez el Pucho Galasso, mi amigo misionero: “me pasé diez años en la facultad para recibirme, y después tuve que invertir otros diez años en aprender a sacarle dinero a la gente porque, ¿cómo hacés para que un tipo que no es tu amigo, que no te conoce de nada, te entregue dinero a cambio de construirle una casa en dónde, además, el va a tener que vivir?...”

Con el oficio de trovador ocurre mas o menos lo mismo, pero peor. Bueno, en España no tanto, también es justo decirlo. Es decir, a mí personalmente, cada vez es menos la gente que me dice “ah, sos músico… ¡qué bien!, pero… ¿de qué trabajás?...”, como si no fuera suficiente trabajo tener que buscarte la vida tocando la guitarra. Esa definición de trovador que alguna vez me diera el cubano Rafael de la Torre: “Trovador es quien trabaja detrás, pero también, y sobre todo, delante de una guitarra…”, siempre la llevo conmigo. Por creo sinceramente que es real, y dolorosamente cierta.

Más de treinta años ya, dando vueltas con la guitarra y mis sueños a cuestas, y uno nunca termina de asentarse lo suficiente con esto. Es como que siempre estás temblando con que mañana todo se desmoronará, y tendrás otra vez que volver a trabajar de camarero, o de lo que sea, para sobrevivir.

Porque además, están los celos. Ah, los celos… Cuando consigues cosas, siempre hay alguno hablando por detrás, diciendo “pero éste, ¿de qué la va?...” Y uno quiere simplemente que le paguen por tocar la guitarra, por escribir canciones más o menos piolas, y luego salir a cantarlas por ahí. Pero no. Quiénes primero te ponen palos en la rueda son tus propios colegas, aún el que llega tarde a un ensayo, por ejemplo, ese, ya te está jodiendo el trabajo. Porque uno trata de hacerlo seriamente, mire Ud.

Y ensayar es parte del juego. Analizar lo que vas a cantar, lo que vas a decir en cada concierto, el orden de las canciones, todo eso. Saberte de memoria los cambios de acordes y progresiones, y tener preparado un repertorio de, no sé, digamos 15 o 20 canciones a las cuáles recurrir, sin equivocarte, en el caso hipotético de que “te pidan otra”.

Saber conectar un sistema de sonido, y ecualizarlo porque, muchas veces, llegas al lugar de la actuación y si, hay sonido, pero lo acaban de traer del galpón donde debió estar confinado los últimos diez años, y vos, además de quitarle el polvo, debes hacerlo funcionar. O al revés: que no es un equipo tan viejo, incluso a veces es contemporáneo, pero está tan machado, tan golpeado, tan lastimado, con perillas que faltan y cables y conexiones inexistentes, que además, de sonidista, tienes que trabajar de electricista e iluminador. O reparador técnico, con estaño y soldador en mano. ¡Y pensar que yo me fui de casa para tocar la guitarra!

“El hombre propone y Dios dispone”, como dice siempre mi madre. Debe ser cierto nomás.

En fin. Me gustaría saber quién catzo va a leer mis “Cincuenta años en el under”, cuando cumpla los ochenta, si llego. Ji,ji, sobre todo eso: si llego bien.

Hasta otra vez.

 

© Mario Ojeda, Granada, 1/9/2009

 

Dimes y diretes

Dimes y diretes

 

Puta madre. Me gusta pensar que hay otra cosa después de la muerte porque, al fin y al cabo, la vida dura dos días. Suelo pensar, como Vladimir Nabokov, que la vida es sólo un instante de luz entre dos profundas oscuridades, pero me resisto, y me gusta pensar que hay algo más. Siempre digo que soy fervientemente católico por elección propia, por propia convicción, aunque descrea de la iglesia como institución genérica. Bueno, sí creo ciertamente en algunos miembros de la iglesia, pero eso me pasa con los políticos también. Es decir, no creo en los partidos políticos. Creo en algunos hombres de esos mismos partidos, independientemente de su procedencia, militancia o afiliación. Es decir, no creo en el hombre, sino en algunos hombres, que no es lo mismo. Del mismo modo que hay buena y mala música, y no nueva o antigua música, les decía, del mismo modo, hay buena y mala gente, nada más.

Que el mundo está lleno de hijos de puta, ya se sabe. Pero también hay buena gente, eso lo tengo claro, que una cosa no quita la otra.

Volviendo al tema de la muerte, vayan estas líneas a la memoria de Olga, la madre de mi amigo “Chilingo”. Se nos fue de día para otro, silenciosamente, y con la misma integridad y dignidad con que vivió, sin hacer ningún ruido, con apenas sesenta y nueve años (la ley del piroca, que decía mi viejo, al que le toca, le toca), y habiendo criado solita y sin ayuda a dos atorrantes, hoy padres de familia, universitarios y blablá pero, sobre todo, buena gente. Que a mis amigos los mido con vara rasa, como cantaba Serrat.

Papá era igual. Cerca de cumplir los setenta, empezó a decirnos “miren que deben prepararse, que yo ya estoy dentro del promedio y blablá…” Déjate de joder las pelotas, les decíamos. Y dos años después se había ido, en silencio, dignamente y sin mayores preámbulos. Vaya mierda.

Pero la vida es así, lo tengo claro desde los diecisiete años. Por eso me fui de casa para tocar la guitarra, que era (y es), lo único que quiero hacer. Aunque no siempre tenga tiempo para ello. Pero insisto. Vaya, que es lo que soy, al fin y al cabo. A veces me causan gracia algunas opiniones del tipo “pero ¡que bueno!, veo que sigues insistiendo con eso de la música…” ¡Pará macho! No estoy insistiendo. No. Esto es lo que hago, lo que soy, nada más. Acaso cada vez que te encuentras con algún doctor, o un ingeniero, por ejemplo, le dices: “¿así que sigues insistiendo con esa historia de la medicina? ¡Que bueno!... ¡te admiro la constancia!...” No, man, no. El médico es médico, el fontanero, fontanero, el músico, músico, y así con todos los oficios. No es que uno siga insistiendo: somos lo que somos, nada más.

Lo que ocurre es que cada uno ve las cosas desde afuera como las quiere ver, digamos. Con esa dosis de fantasía incluida, cuando no directamente ignorancia. Claro, no se rían, es cuestión de perspectiva. A veces hay gente ocupando lugares que no debería ocupar, porque, además, de molestar, su falta de perspectiva les hace meterse en cosas en las cuales no deberían meterse, opinar sobre cuestiones en las cuales no debería opinar, o hacer apreciaciones absolutamente fuera de lugar, ¿no?

Como el chiste que cuenta Aute en sus conciertos: “Todo tiene su opuesto en la vida. Si. Para un alto, siempre hay un petiso. Para un gordo, siempre hay flacos. Hay blancos y negros. Gente seria. Y gente divertida. Para lo grueso, fino. Y todo así. Hasta Dios tiene su opuesto en la tierra… que es el  Papa, claro.” Y si lo piensan bien, es un chiste con moraleja.

Yo les dejo otro, que me voy a grabar. Va el Papa en su “papamóvil”, en una visita al África, recorriendo un barrio de las afueras de Lagos, en Nigeria. Pobreza absoluta, hambre, etc. Una larga fila de madres con sus hijos en brazos, todos chiquitos desnutridos, con abdómenes prominentes y toda esa mierda. Ratzinger, sin dejar de saludar ni sonreír, gira la cabeza y le pregunta a su secretario privado, parado junto a él (pero un poco detrás, por eso de las jerarquías, ya saben): “¿Por qué estos niños están flacos y desnutridos?..” Porque no comen, santidad, le responde el secretario. Avanzan unos metros, le hace una seña al chofer, detiene el papamóvil, desciende, y se acerca a un grupo de chicos, que lo miran con ojos asombrados. Se inclina sobre uno de ellos, y mientras le toma suavemente por una de las orejas, regañándolo, le dice, serio. “Hay que comer…”

Lo dicho, todo es cuestión de perspectiva. Hasta la próxima vez.

© Mario Ojeda, Granada, 3/2/2010

 

Sobre música y esculturas

Sobre música y esculturas

 

Todo se une en algún punto. Esto me escribió Hugo Fernández, allá por 1983, en enero, al poco tiempo de bajarme a Buenos Aires, en una entrañable carta que aún conservo, por supuesto. Sigue siendo una frase válida, totalmente válida. Con la música ocurre exactamente igual: todo se une en algún punto.

Así, para el común de la gente, da lo mismo Maná que La oreja de Van Gogh, Santana que El sueño de Morfeo, Spinetta que Luis Miguel, Serrat con quien fuera. Todo es un gran cambalache. Tampoco es que estén tan equivocados, es decir, la gente, normalmente y más aún  hoy por hoy, no “escucha” música. “Consume” música, que es algo muy distinto. Para quiénes escuchábamos las filigranas de Ian Anderson, el flautista de Jethro Tull en un “Winco”, aquel histórico tocadiscos… O la guitarra eterna y siempre presente de Ritchie Blackmore, o los aullidos incríbles de Robert Plant, en los años dorados de Led Zeppelin, nos sigue pareciendo una gran falta de respeto. Pero ya no hay vuelta atrás. La música es hoy, quizás siempre lo fue y no nos dábamos cuenta, un entretenimiento de masas. Nada mas que eso.

Con los años, simplemente, uno aprende a contemporizar. Sabe ya que nada es definitivo. Que nada es tan importante tampoco. No al menos tan importante como, quizás, lo fuera para uno mismo en nuestros años adolescentes. Ado-lescentes. De adolecer. De carencia. Cuando aún nos faltaba algún golpecito de horno.

Y no es que esté mal, insisto. Las cosas son como son. “La verdad es la verdad”, como decía alguna vez Rafael Amor. “Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”, como cantaba Serrat. “Mezclao con Stravinsky…”, como el tango de Discépolo. Te puede doler, claro que duele, pero no hay vuelta de hoja.

Y el problema no es el aire tampoco. Es decir. A nivel personal, creo que el éxito de un músico no pasa por la calidad de la música que hace. Si no, no existirían los Ricky Maravilla y tantos otros. Que además, yo los bailo, ojo. “Esa cosa medio cutre que tuvo siempre este bar”, como me dijo alguna vez Tato Rébora, dueño del bar emblemático de los cantautores en Granada. Asumo totalmente mi lado hortera, ¿por qué no? No existirían tampoco “Los Moranco”-autores de la “Macarena”-, los “Pimpinela”, o quien fuera. “El negocio de la música es una torta muy grande para repartir”, como dijera alguna vez Pete Tonwshend, el legendario guitarrista de Los Who. Y así, el éxito de un músico no se mide por sus letras o sus melodías sino, sencillamente, por el éxito obtenido. Tanto tienes, tanto vales. Porque, de últimas o en un principio, no importa tampoco cuántos acordes uses en tus melodías (Dylan, Fogerty, el primer Presley, el mismo Springteen, todos son ejemplos de bellas canciones medianamente-o muy bien- tocadas y cantadas, y vaya si les ha ido bien). No me refiero a eso. Me refiero a tener la heladera llena. Es decir, si tu música tiene éxito, tendrás dinero –salvo que vivas demasiado en el aire y no seas capaz de firmar contratos medianamente dignos-. Luego, si tienes dinero, sos un tipo exitoso. Aunque “tengas flema inglesa, no te laves nunca los dientes y te encante vestirte de mujer”, por citar un chiste malo.

Porque es así. Porque es así en la vida, no sólo en la música. Es decir, vos podés pelarte las pestañas diez años estudiando, y terminar como profesor de instituto secundario, o empleado de algún ayuntamiento. Si tu hermano, primo, o amigo, no estudió y se puso una fiambrería, por decir algo, y le va bien, y vende mucho, y tiene dinero, ese es un tipo exitoso. No vos, que apenas te alcanza el sueldo para sobrevivir. No vos, pequeño aspirante a músico, que le hablas a tus amigos de guitarras, de teclados, de pentagramas, de partituras, y después tienen que invitarte el café. No vos, seguro que no. Aunque seas, al menos en apariencia, el tipo más feliz del mundo, de poder sobrevivir con cierta dignidad del oficio que elegiste -bah, en realidad, del oficio que te eligió, porque siempre digo que es el oficio el que nos elige-.

Por eso siempre digo que, antes que hablar de música, o de arte, o de cultura, o de la revolución, deberíamos tener-todos- la panza llena, que así estaría el corazón contento. Porque, ¿de qué te sirve estudiar si vas a terminar manejando un taxi? ¿De qué sirve ser bióloga si vas a terminar prostituyéndote para darle de comer a tus hijos? ¿De qué te sirve tener asistencia médica gratuita, si luego vas a tener que esperar seis horas sentado en un hospital para que te atiendan? ¿O esperar seis meses para una simple operación de vesícula? -que suele ocurrir que te mueres antes de peritonitis, claro está, y pasa-; ¿de qué sirve “ser libre”, en apariencia, si luego no te dan el pasaporte o la visa para irte cuando quieras? ¿De qué te sirve “ser digno y soberano”, si luego no tienes ni siquiera para comer?, ¿de qué sirve tener una estatua en cada esquina, y que te llamen “la ciudad de las esculturas”, si sus habitantes no tienen trabajo, o si tienen trabajo, ese sueldo luego no les alcanza para sobrevivir con dignidad?

No me jodan. Ocupémonos primero de tener la panza llena. De tener el corazón contento. Después hablaremos de los cambios. De la revolución. O de enseñar a “escuchar” música en vez de “consumirla”. Pero sentemos las bases primero. Que todo se une en algún punto, ya lo saben.

Hasta otra vez.

© Mario Ojeda, Granada, 29/12/2009

 

¿Una ventana al mundo?

¿Una ventana al mundo?

 

Dice la gente que internet es una ventana abierta al mundo. Puede ser, pero… ¿al mundo de quien? No creo que, por ejemplo, si uno escribe en el buscador “google", por ejemplo, “fotos baño madonna”, aparezca demasiada información. Pueden aparecerte fotos de baños varios, seguro. Muchas mas fotos de Madonna, también. Pero no creo aparezcan fotos de Madonna sentada haciendo sus necesidades en el inodoro. Excepto que sean fotos que haya hecho adrede para algún video clip, o para la tapa de algún disco, o para algún cartel publicitario.

Es decir, en la web aparece, como norma general, “todo lo que la gente quiere que aparezca de sí misma”, o de los demás. O, mejor dicho, “de algunos demaces”, por decirlo así, pero no es que aparezca “per se”, porque algún bichito misterioso colgó de la red algo para ser visto por el mundo. Es precisamente al revés.

En la web, generalmente, aparecen cosas que la gente cuelga para ser vistas por los internautas. Sea información específica, científica, histórica, musical, fotos o videos porno. Están allí, porque alguien se ocupó de subirlas.

Y esto, que parece una obviedad, es algo que muchas veces no se entiende. Es decir, “estar” en la red, no significa “que alguien te vea”.

Te ven, porque te buscan. Y, para que te busquen, debes tener algo de interés. O la gente debe, antes, saber que existís, sino, ¿quién te va a buscar?

Lamento con esto desilusionar, seguramente, a miles de tipos que están tratando de difundir su arte a través de Internet, sean músicos, pintores, escultores, o lo que fuera. Consuélense pensando que, por ejemplo, más difícil lo debe tener un profesor de matemáticas. O un futuro Eistein. Primero debes mostrar lo que haces en los foros especializados. Después, si despega de ahí, podrás aspirar a que tu trabajo figure en Wikipedia. Y si tu trabajo resalta por algún otro lado, seguramente después tendrás un millón de visitas en, insisto, Wikipedia, myspace o lo que sea.
Pero no antes.

Y en el caso particular de los músicos, para que la gente te conozca, primero tienes que salir a tocar. Donde sea, y como se pueda. Pegar carteles, hacer publicidad en radio, en programas especializados, etc. Incluso, mejor aún, ¡en televisión! Ya se sabe, la gente cree todo lo que suele ver en televisión. Aunque sea mentira. Pero si te lo dicen tantas veces…, por algo será.

Coma caca, digamos, millones de moscas no pueden estar equivocadas.

Esto genera luego, otro tipo de contraindicaciones, ya se sabe. Pero son las leyes de juego hoy por hoy. O juegas con ellas, o no. Sino, mejor dedícate a otra cosa.

La música, por ejemplo, es una cosa. Tocar un instrumento, otra muy distinta. Escribir una canción, otra. Que la gente conozca esa canción, ya es otra cosa también. Poder vivir de escribir, del hecho simple de escribir canciones, otra absolutamente distinta. Y así sucesivamente.

Y no hay que confundir los tantos. Tengo un primo odontólogo que toca muy bien la batería, por ejemplo. ¿Puedo decir que el es músico? No. Debería decir mejor que es un dentista que toca la batería en sus (escasos) ratos libres. Y no es que esté mal. Esa es su realidad. La realidad que él eligió en su momento, en cualquier caso. Y, del mismo modo en que yo, seguramente (y mas allá del inmenso amor que siento por él, si tuviese mañana que armar una banda para salir de gira, digamos, con músicos argentinos, porque me saliese mas barato que llevarlos desde España), armaría una banda con músicos profesionales, a él tampoco se le ocurriría pedirme a mí que le hiciese una extracción, o una amalgama –aunque hubiera estudiado odontología cuatro o cinco años, sin haberme recibido-. Es más. Aunque fuese un odontólogo diplomado, si hace más de treinta años que no practico la odontología, difícilmente alguien me pediría que lo atendiese, ¿se entiende la diferencia?

Igual, siempre hay matices. Pero trato siempre de generalizar, para que se entiendan claramente las diferencias.

Porque, del mismo modo que no es lo mismo “cotejo que te cojo” o, para decirlo más poéticamente, en palabra del inmenso Rafael Amor, “no es lo mismo estar sólo sin haber amado, que después de amar, quedarse solo. No es lo mismo, sufrir el ansia de un camino, que sufrir después de haberlo andado. Y la luz, que te falta con el alba, no es la misma que sobra en el ocaso. No ganar, no es lo mismo que el fracaso…”

Hasta la próxima.

 

© Mario Ojeda, Granada, España, 6/4/2009