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Pegando carteles

Pegando carteles


 

Uno no quiere sonar pedante, pero, debo decirlo, como chiste entre amigos, que siempre he llevado el progreso a cada zona donde he estado radicado. Me ocurrió en Gesell, donde al poco tiempo de llegar ya estaban instalando el gas, asfaltando calles, dando vida a la Casa de la Cultura, creándose radios FM, etc. Me pasó en Mar del Plata, y también en Villa del Parque, el querido barrio porteño donde viví siete años, y a la semana de llegar, además de inaugurarse un gran shopping con multicines y escaleras mecánicas (no podía pedir menos, obvio), ya estaban pavimentándose también varias calles, refaccionando el club Comunicaciones (si, el mismo de aquellos mitológicos bailes de carnaval con tantos tangueros celebres, o los mismísimos Serrat, Paloma San Basilio o Julio Iglesias), o arreglando semáforos, que para el caso es lo mismo. Y ahora me ocurre lo mismo en Granada, ahí están las obras permanentes de refacción de avenidas, estacionamientos subterráneos varios -para mas conflicto y lentitud del ya de por sí cerradísimo parque automotor granadino-, las futuras obras del metro que ya pronto empezarán, o, por agrandarme un poco mas al escribir esto, los vuelos diarios desde el pasado mes de febrero a Londres, por ejemplo, que agregarán Amsterdam a fin de mes, convirtiendo al pequeño y casi obsoleto aeropuerto de Chauchina (que así se llama el pueblo lindante a Granada donde está ubicado), en un aeropuerto internacional que ha triplicado los visitantes europeos para visitar la Alhambra en apenas seis meses. Ya sé, ya sé, eran cosas que había que hacer, y se veían venir, pero está bueno que sean paralelas a mi radicación en esta ciudad. Digo, para darme un poco de lustre. De todos modos, la idea de este texto no iba para ese lado: “¡¿qué haces pegando carteles vos, cheeee!”, me decía un par de días atrás un cantautor granadino amigo, tratando de imitar el acento argentino. “¿Por qué no?”, le respondí. “No se me cae ningún anillo por hacerlo... además, me conecta con la realidad”, le dije sonriendo. Organizar conciertos y cosas por estilo en una ciudad como Granada, no muy mayor a Resistencia en cantidad de habitantes, y para quien lleva cierta cantidad de tiempo haciéndolo (ahora que lo pienso bien, ¡¡son veinticinco años ya!!), no suele tornarse algo demasiado complicado. Y en realidad, el comentario del colega en cuestión no venía por ese lado: acá, como en cualquier país civilizado, la experiencia es grado. Quiero decir, uno no necesita pasarse la vida rindiendo examen. Cuando demuestras que sabes hacer algo, ya está. Claro, así también a veces se cuelan tíos a quienes la cosa le salió bien un par de veces y ya son productores (o pintores, o albañiles, o lo que fuese: para el caso, es lo mismo). Pero son las excepciones que confirman la regla, no una constante. Y a uno, humilde resistenciano transplantado de país y de ciudad, le sorprende tanto esto como tantas otras cosas que acá funcionan y allá no, por mucho que nos duela.

Hasta la próxima vez.

 

Acerca del oficio, parte 2

Acerca del oficio, parte 2

 

Aquí, mansamente en el papel, van quedando impresas las sensaciones que cotidianamente siento. No todas, en verdad. Suele ocurrir que uno guarde cosas en el tintero. No debería ser así, seguramente, pero es lo que casi siempre ocurre. Como alguna vez me decía Sibila Camps, mi cabeza suele ir mucho más rápido que mis actos. Así, las canciones que estoy cantando hoy no son, ni remotamente, las últimas que escribí, y eso suele generar ciertos desfasajes entre lo que pienso, lo que digo y lo que finalmente hago. Lo de las canciones tiene su explicación, es decir, las compongo, las grabo rápidamente, gracias al milagro del ordenador y del estudio propio, y después me olvido de aprendérmelas, razón por la cual suelo cantar casi siempre las mismas, hasta que finalmente me aprendo las últimas, que a ésta altura ya tienen un par de años, y así sigo. Pero intelectualizar el oficio es otra cosa.

Explicaba en una nota anterior cuánto respeto le tengo a la canción, al oficio de “escribidor” de canciones, como decía “Café” Vera Azar. Por la canción dejé mis cosas, mis calles, mis lugares, mi gente. He pagado un precio muy alto por ello, de lo cual no me arrepiento, y lo sigo pagando hoy día aún.

Tengo a mis hijos viviendo a muchísima distancia, y las caras de la gente que quiero suelen volverse difusas, aunque nunca las olvide del todo. Tengo la suerte y la desgracia, a la vez, de no olvidarme las cosas. Muy buena memoria, que le dicen. Aunque a veces quisiera olvidarme de algunas. Es curioso, pero suelo convertirme, sin querer, en motivador y gestor de un montón de proyectos, vaya dónde vaya, allí donde viva. Siempre digo que tuve una madre que se llama Resistencia, una novia larga que se llama Villa Gesell, una amante fantástica llamada Mar del Plata, aventuras varias con Buenos Aires, y ahora pareciera tener una pareja relativamente estable llamada Granada, acá en España. Uno es de donde vive, al fin y al cabo.

Y el reconocimiento que lentamente empiezo a tener acá, no es impedimento para estar constantemente fantaseando con aventuras varias en otros lugares, México, por ejemplo, de donde ya me empiezan a escribir e invitar para visitar. En eso estamos.

Hacer, producir cosas, no es más que el pomposo nombre que se le da a generar una idea, desarrollarla en un papel, y luego llevarla a la práctica, como alguna vez me decía Alberto Lucas. Y suelo constantemente estar generando cosas, por voluntad propia, como alguna vez le dijera en Resistencia a Mario Fanuchi: “no necesito que nadie venga a meterme el dedo en la oreja para hacer algo…Voy, lo hago y listo”. A Mario no le cayó muy bien eso, desde la altivez inconciente de mis 20 años. Pero han pasado 26 años más y sigo aún en la misma.

A veces pienso que, si me fuese de Granada diez años, y volviera, la mayoría de mis compañeros de oficio seguiría dando vueltas por el mismo lugar, por los mismos gestos, las mismas actitudes. No es tan así, ya lo sé, pero no me causa demasiada gracia pensarlo. Y es contradictorio, pero, como cantaba Lerner, es un sentimiento tan humano a la vez. La contradicción, me refiero. Y además, ¿no tengo cierto derecho a ésta altura de contradecirme?

En todo caso, sigo buscando las respuestas.

Hasta la próxima vez.

 

© Mario Ojeda, Granada, febrero de 2006.

 

 

Acerca de los sueños

Acerca de los sueños

 

 

No sé si fue Lemmy, el cantante de Motorhead  o quién diablos, el autor de la frase:”si no molesta a tus padres, no es rocanrol…”. Mierda. Es cierto nomás. Una de las grandes virtudes del sistema es la capacidad de absorción y maniqueísmo inmediata que posee, digo, pienso, escribo: ¿el Che que diría viéndose impreso en remeras “made in Taiwán”, por ejemplo? Pero es ésta la realidad que nos toca vivir, y debemos adaptarnos a eso. De nada vale el lamentarnos o dejar de luchar.

“Nos educan para que todo siga igual”, decía un graffiti en una pared de La Boca que vi antes de marcharme de Argentina. Y es cierto: eso es lo que se pretende. Está en nosotros cambiar la historia. O resignarnos a ser parte de ella y nada más.

O al menos intentar cambiarla, que no es lo mismo, pero a veces pareciera ser igual. No sé realmente que modelo estamos dejando a nuestros hijos, pero una cosa es cierta: los tiempos cambian todo el tiempo, y debemos estar atentos, y reflexionar, e inventarnos nuevas metas cada día, sino, la estamos chingando.

Poder hacer lo que nos gusta es una cosa. Poder vivir de eso que nos gusta, es otra muy distinta. Pero es ése el desafío. Intentar hacerlo, ponerse una meta y llevarla a cabo. No hay más. No debería haber más.

Y sé perfectamente que hay un montón de prioridades antes que el vivir del arte, por ejemplo. Pero cada uno lucha por lo que siente, sin más. Y no hacerlo es, sin dudarlo, el peor de los pecados que podemos cometer. No luchar por nuestros sueños, no pelear por todo aquello en lo que creemos, el peor de los deslices.

Me fui de la casa de mis padres, hace 23 años ya, justamente para eso: para pelear por mis sueños, dejando de lado un montón de cosas que ya tenía, como tenerlos cerca, por ejemplo, pero ese era parte del riesgo y del desafío, como es hoy vivir tan lejos de mis hijos. Pero estoy peleando por mis sueños, por vivir del arte, en suma, con todo lo que eso implica. Por eso detesto a quién viven esperando que uno los movilice, que se sientan arriban del carro esperando que algún tonto se ocupe de cubrir el rol de caballo de tiro: no tengo, a ésta altura, ninguna vocación de hacer de caballo. No tengo ganas ni quiero ocuparme de tirar de nadie. Si estás en el juego, jugá, chaval. Sino, dedicate a otra cosa, porque si estás en el medio molestás, así de simple.

Y sé que esto que escribo, y digo, y trato de defender con el ejemplo, suele ganarme recelos e incluso enemigos, pero siempre fue así, desde que empecé a producir mis primeros conciertos, desde que empecé a moverme por defender mis sueños. Esto es lo que hago, esto es lo que quiero hacer. Lo siento si te ofendo, molesto o empujo al caminar. No tengo tiempo para perder. No quiero perder el tiempo. No quiero desgajarme en boludeces ni discusiones que a nada conducen. Quiero hacer, necesito hacer para sentirme vivo.

Es altamente improbable que alguna vez me convierta en una millonaria estrella del rocanrol. Pero eso no me quita méritos, eso no me hace inferior. Antes, al contrario, seguir defendiendo mis sueños después de tanto, pero tanto tiempo, me hace sentir vivo, intacto, íntegro.

Y lamento sinceramente si hay quiénes no lo entienden así, pero ésta es la verdad que he defendido y seguiré defendiendo, porque en ella creo.

Celebro el éxito de amigo que ha mantenido su matrimonio intacto a través de tantos años, por ejemplo, pero es mi matrimonio con el arte lo que me salva, le sigo siendo fiel a la canción, después de tantas, pero tantas cosas.

Celebro el vivir, celebro la amistad, los viajes, el vino y la canción, sobre todo, la canción, por eso me enferman los tibios, los frágiles de espíritu y convicción, los que hacen esto para pasar el tiempo, o para empalagar su ego con una nota o un reportaje en un periódico.

Me importa un comino la vanidad de algunos necios, esa es la verdad. Yo estoy en esto por otra cosa, aunque a veces suene soberbio. No vine a ésta vida a perder el tiempo, y hace ya rato que encontré la frase para mi epitafio: “vivió, no estuvo al pedo”.

En eso estoy. Hasta la próxima vez.

 

© Mario Ojeda, Granada, noviembre de 2006.

 

Sobre la vanidad de hacer

Sobre la vanidad de hacer


Confundir vanidad con convicción, es un error muy común. Sobre todo, visto desde afuera. Normalmente, uno empuja, y empuja, y quiere hacer cosas. Digo, quien está convencido de lo que quiere hacer. Me ha pasado muchas veces, y me sigue pasando, en realidad.

Ya lo tomo como algo que es así, y no me mortifico. No más de la cuenta, claro está. Me pasó en Resistencia, mi ciudad natal. Me pasó en Gesell, en Mar del Plata, en Buenos Aires, en cada una de las ciudades donde viví. Uno plantea, simplemente, cosas para hacer. Y suele ocurrir que no te crean. Entonces, uno empieza a hacerlas, muy lentamente al principio, claro. Y luego de unos meses, quizás años, las cosas empiezan a tomar forma. Y ahí empiezan a aparecer los que te dicen “viste que era cuestión de hacerlas, que se podía...” “te lo dije desde un principio...” o “me gustaría trabajar con vos...” Y uno piensa “¿ahora? ¿Qué ya está más de medio camino recorrido?...” Pero, bueno, siempre es mejor que nada.

Este pareciera el destino más común de la gente que hace cosas: tener que enfrentarse a los que nada hacen. Ah, pero siempre están listos para opinar. Para emitir opiniones sobre lo que uno hace, aunque nadie les haya preguntado.

Queda claro una cosa: nadie te pone una pistola en la cabeza para obligarte a hacer nada.

Es cuestión de elección. Uno elige hacer. Lo tragicómico del asunto es que, muchas veces, quiénes no hacen nada, de pronto un día se levantan y hacen algo. Y ese algo que hacen les sale bien, y empiezan a tomar vuelo. A algunos, incluso, les sale realmente bien. Y se ven envueltos en una nube que los lleva adelante, logrando incluso poder vivir de eso que hacen, aunque nunca se lo hayan planteado antes como una opción de vida.

Así son las cosas, así se dan, al fin y al cabo.

Por eso es tan importante tener en claro desde un principio adónde te vas a meter. Que el oficio de artista es “un camino largo y sinuoso”, como cantaban Los Beatles. Que es una lucha de por vida, no un metejón o un delirio de algunos meses. Que a algunos le sale bien, ya está dicho. Hay mil ejemplos que tipos que, por puro aburrimiento, armaron un grupo musical y se volvieron millonarios. O se dedicaron a la pintura y lo mismo.

Aunque sea sólo algunos años, y al cabo de un tiempo ya nadie se acuerda de ellos.

Pero es la ley de juego, parece ser.

De ahí mi viejo interés por racionalizar la cosa, por dejar sentadas pautas que puedan servir a los que vienen detrás, aunque sea para desanimarlos. Dejarles claro las vicisitudes del oficio. Que esto no es un juego de niños, aunque tanto se parezca.

Hasta la próxima vez.

 

© Mario Ojeda, Granada, abril de 2006.

 

Acerca de la emoción

Acerca de la emoción

 

Suelo tener mas ideas en la cabeza de las que puedo finalmente llevar a la práctica. Me faltan horas al día para hacer todo lo que quiero. Y además, y esto realmente suele ser bastante molesto para la gente que me rodea, a veces parezco parco o aburrido. Es la obsesión de hacer, simplemente.

Por esa razón admiro a tipos como Aute, por ejemplo, que además de hacer canciones, grabarlas y luego salir de gira a mostrarlas, pueden hacer otras cosas: pintar, hacer esculturas, escribir libros, o hasta filmar una película.

Sino, se vuelve una historia terriblemente monotemática y aburrida.

En el medio de todo esto, claro está, uno tiene que rebuscárselas para vivir porque, ya lo hemos escrito antes, la música en estos tiempos que corren no da para vivir. No a todos, en cualquier caso. Mucha página web, mucho foro de cantautores, mucho “myspace”, pero todo eso no te paga el alquiler ni te llena la heladera.

Y así y todo, el esfuerzo vale la pena. Es decir, quién esto escribe se siente mucho mas íntegro como persona que quince o veinte años atrás. Es bueno mirar al pasado y saber que uno ha recorrido un largo camino. Ni en el más remoto de los delirios de cualquier siesta chaqueña hubiera imaginado cuánto camino iba a recorrer.

Ya se sabe que, como canta Serrat, “los recuerdos suelen ser amargos, hijos como son del pasado…”. Pero es bueno también el confirmar que uno ha mantenido una cierta coherencia a través de los años. Que se podía entonces. Que se puede ahora. Que hay que tener sí una profunda convicción en todo lo que se hace. Pero se puede.

Y lo bueno de llegar a este punto, es que uno ya no espera reconocimiento en lo que hace. Sabe ciertamente lo que puede dar, de lo que es capaz de hacer.

Lo maravilloso de todo, además, es que el acercamiento a nuevas tecnologías no es capaz de suprimir la esencia. Es decir, sigo escribiendo mis canciones con una guitarra. Nada más que eso. Que me alcanza con un simple cuadernillo y un bolígrafo para escribir lo que quiero. Aún los proyectos mas ambiciosos o disparatados, suelo plantearlos primero en una hoja de papel. Apunto los pro y los contra. Analizo los riesgos, los costos de plantearme tal u cual proyecto. Y cuando lo tengo claro, suelo llevarlo a la práctica. Pero la semilla es la misma. El germen de todo, sigue siendo la canción.

Los viajes, una forma espléndida de conocer y conocerte más.

Que, en el fondo, todas las personas tienen más o menos los mismos gustos y apetencias. Y que una gran parte del juego consiste en saber apreciar y valorar las diferencias culturales, sin pretender que todo sea como a uno le gustaría.

Descreo y reniego absolutamente de esa gente que llega a otro país, por ejemplo, pretendiendo que todo sea como en el lugar de donde se viene. Es como pretender que un porteño sea igual a un cordobés o un salteño, pongamos por caso. ¿Cómo van a ser iguales? ¿Cómo van a pensar igual? ¿Por qué deberían hacerlo? Son ciudades distintas, climas distintos, geografías muy distintas y, sobre todo, apetencias bien distintas también.

El milagro para mi, el punto de unión, es la canción. Es decir, que una canción escrita por un francés, cantada en francés, pueda ser escuchada y disfrutada por cualquiera, sea cual sea el lugar donde viva. ¿O acaso no nos emocionamos escuchando “No me quittes pas”, de Jacques Brel, por ejemplo? La escuchemos en Londres, en París mismo, o en Resistencia, por caso, la emoción es la misma.

De eso se trata. De mantener viva la emoción. De disfrutar y de dejarnos embargar por ella. Si al fin y al cabo, como decía mi abuelo Guillermo, “de éste mundo llevarás, panza llena y nada más”.

Y por ahí andamos, dándole vueltas a la vida.

Hasta la próxima vez.

 

(C) Mario Ojeda, Granada, 15/8/2007

 

 

Sobre la incontinencia actuativa

Sobre la incontinencia actuativa

 

¿Cómo puede uno pasarse la vida actuando? Quiero decir, “haciendo de”, todo el día, todo el tiempo, a toda hora y lugar. Imagínense encontrarse todos los días con un escultor, y el tipo todo el día hablando de sus esculturas, con las manos permanentemente encastradas de arcilla (mal menor, a esta altura, en todo caso). Como decía Litto Nebbia una vez: “me aburren los músicos, porque pareciera que no pueden hablar de otra cosa que no sea de música. Todo el día dale que dale, y se olvidan de que uno vive también... No van al cine, no leen, no escriben, no tienen otro tema de conversación que no sea la música. Ok, a mi me gusta hablar de música, claro, pero no todo el santo día...”

Me pasa en Granada, ciudad artística por tradición. Todo el mundo pareciera ser artista. Sino, estudiante, funcionario o camarero. Esas parecieran ser las opciones. “Acá, el que no corre, vuela...”, solía decir mi abuelo, que era asturiano, cuando cometíamos alguna travesura infantil. ¡Pero teníamos doce o trece años! Y me pasa cotidianamente ahora, ya bastante mayorcito, cada vez que me presentan un tipo, lo primero que me dice, además de su nombre, es “hola, soy fulano, soy artista...”, e inmediatamente se larga a hablar de las cosas que hace, hizo o tiene pensado hacer. Cosas que a nadie importan, o que no tienen mayor trascendencia, o que, si fueran verdaderamente importantes, en el fondo, no habría ninguna necesidad de decirlas o contarlas insistentemente. En el fondo, creo tiene mas que ver con una necesidad inconsciente de reconocimiento, de decir “acá estoy, mirá que lo que hago vale la pena”.

Me pasa con los cantautores, cotidianamente. Vienen a tocar al bar donde trabajo, con su guitarra colgada del hombro, “hola, soy el que actúa hoy, voy a afinar y preparar todo...”. Vale, prepara el pequeño escenario, dos luces, un taburete donde sentarse, el tipo desenfunda la guitarra y ya está, de ahí hasta el cierre no puede guardarla más. Afina, canta, prepara su concierto, luego empieza a cantar, primer pase, intervalo, segundo pase, y luego de finalizar, en vez de guardarla en la funda, como corresponde, ahí la deja, al costado del escenario. Te pide algo para beber, y otra vez, a sentarse en una mesa del fondo, a mostrar nuevas canciones a los amigos. Uno se acerca, le dije bajito, “disculpa, pero después de cierta hora no se puede cantar, hay gente que viene a beberse una copa tranquila, quiere conversar...” “Vale, vale, es la respuesta, pero les muestro una cosita, y ya está, bajito nomás...” Y a los cinco minutos están cantando todos, el y sus amigos, a voz en cuello. Otra vez, te acercas y les decís: “Disculpame, ya les dije, no se puede cantar...” Y así dos o tres veces mas, hasta que, la paciencia inflada y las bolas llenas, te plantás y espetás “macho, guardá la guitarra, ya cantaste, el concierto terminó, si queres seguir cantando andate a tu casa...” “Sí, sí, perdón, ya la guardo...”, mitad cara de arrepentido, mitad pareciera que diciendo “ufa, no me dejás cantar, a vos que te molesta...”

Y la verdad, sí, me molesta. Pero no sólo como camarero y encargado, que debo cuidar las normas. Sino en lo personal, porque también tengo una partecita mía del otro lado del mostrador. A mí también me gusta cantar, pero, ¡joder!, no estoy todo el día con la guitarra colgada, cantando.

Además, tanto guitarreo, tanta cancioncita, y no hacen un pito por difundir sus conciertos, no pegan carteles, no los preparan, no anuncian los temas, no saludan a la gente, no se presentan (presumiendo de que todo el mundo los conoce), y luego se quejan de que viene siempre (o cada vez menos) gente a sus conciertos. Pero, tío, piensa uno, “cantas siempre los mismos temas, equivocándote, olvidándote las letras de tus propias canciones, siempre el mismo show monotemático, sentado con la guitarrita sobre un taburete... ¿adónde quieres llegar así?...”

En fin, esto que escribo ahora suelo conversarlo con algunos más cercanos, pero es siempre la misma canción. “Es cosa de la edad”, me dijo un amigo, Pablo Ramírez, un día, con quien siempre terminamos de trasnoche jugando al ajedrez. Y yo respondí “si, debe ser eso...”. Pero ya a mis diecisiete años, cuando empecé a plantearme seriamente dedicarme a la canción, no tenía esa actitud. Quiero decir, cometí mil errores (y los sigo cometiendo), pero siempre me tome muy en serio este oficio. Y sigo viéndolo de la misma manera.

Hasta la próxima vez.

 

© Mario Ojeda, Granada, 2/1/2006

 

 

Acerca de la difusión y otros divagues

 

El arte no da de comer. Lo cual es una cagada, realmente, pero en la mayoría de los casos es así. No se puede vivir del arte. Contados son los casos en que, el azar y una larga serie de causas y circunstancias se unen para producir ese efecto, y permiten al creador una subsistencia digna exclusivamente de su arte.

Pero no es lo común. Y en los tiempos que corren, aspirar a ello es casi una utopía. Así, uno tiene que rebuscárselas para generar algo que le permita vivir de y, por otro lado, hacerse tiempo para seguir generando arte. Ya escribí mil veces que es una necesidad vital. Pero a veces, esa necesidad vital choca malamente con la realidad, y uno debe olvidarse un tiempo de crear para dedicarse a ganar dinero para vivir. Me pasa a mí, cíclicamente, les diría.

Por ejemplo, tengo el mejor de los recuerdos de Miguel Abuelo. No el Miguel de las enciclopedias, endiosándolo como uno de los “fundadores” del rock argentino, ni el celebrado insistentemente durante sus días de gloria con la presencia de Andrés Calamaro en los teclados. Esos Abuelos fueron “producto de”, como el mismo Miguel se encargaba siempre de repetir. Ni siquiera el de Los Abuelos del final, cuando ya no estaban Bazterrica ni Calamaro, y Gringui Herrera y otra gente intentaron casi un año mantener el fuego vivo. Creo hasta Kubero Díaz pasó al final por ahí.

Mis recuerdos tienen mas que ver con el Miguel Abuelo solista, aquel que había venido de España, desde Ibiza o Palma, ya no recuerdo, y que aterrizó en la Argentina de fines del proceso, empezando los ´80.

Los había visto en B.A.Rock ´82, cantando “No te enamores de un marinero bengalí”, y me habían llamado la atención por su frescura, y por como sonaba el bajo “slap” de “Cachorro” López, pero nada mas. Quiso el destino que, en mi avanzada porteña en enero del ´83, yo recayera en un hotel pensión de Soler y Acevedo, y “La Esquina del Sol”, el pub que Gustavo Rozas tenía en la esquina de Gurruchaga y Guatemala, me quedaba a dos cuadras, así que siempre estaba dándome una vueltita por ahí. De hecho, muchas veces no tenía ni para la hamburguesa, así que pasaba, le barría y fregaba el local, y luego me cocinaba algo ahí mismo. Ahí veía tocar seguido a Antonio Tarragó Ros, a María José Demare en su etapa rockera, al Fontova Trío, a los mismos “Redonditos de Ricota”, antes de su despegue masivo haciendo el Parakultural u otros pequeños teatros en el ´83, y un montón mas.

Miguel también tocaba seguido por ahí, con la “Ovation” prestada por Piero (ni siquiera tenía una electroacústica decente por entonces), así que era común que nos cruzáramos al bar de enfrente, un bodegón de persianas verdes que creo aún sigue estando, donde por cinco mangos de entonces te ponían unos ravioles de verdura bárbaros, Miguel invitaba y allí nos íbamos: él, quien esto escribe, y Enrique Carné, un rosarino talentosísimo a quien nunca mas volví a ver, y que tocaba muy seguido también en esa zona, el Café de las Buenas Ondas, la Cofradía, Currículum, Fandango, etc.

Solíamos pasarnos seguido por el departamento en planta baja que había alquilado Miguel entonces, en Carranza y Cabildo, con su mujer “guiri”, no recuerdo si era inglesa, como tampoco recuerdo su nombre, pero sí que era rubia y muy delgada, y que Gato Azul, su hijo, que entonces tendría 10 años, estaba siempre jugando con los autitos mientras nosotros charlábamos. Juan Baglietto había alquilado otro departamento también sobre la calle Carranza, a media cuadra de allí.

Miguel nos hablaba de música, de su vocación de “payaso” cantor, como el decía, que lo que mas le gustaba era cantar, cantar para él mismo, para la gente. Nos vimos muy seguido durante unos meses, y al cabo de algunos almuerzos, creo fue Daniel Córdoba, “el negro”, que trabaja de periodista en la parte de espectáculos para “Tiempo Argentino”, un diario de esa época que ya no existe, lo acercó a la oficina de Carlos Garbarino, mi productor de entonces, primo creo del Garbarino de los electrodomésticos, y nos juntábamos a comer. Miguel, la gente de la oficina, Carlos Alonso y Juan de Dios Gorosito del grupo “Barrio”(que fueron “revelación” del festival de la Falda en el ´83), Pepe Luis Vinci, Claudia Puyó y varios que ya no recuerdo.

Un día, comiendo los ñoquis del día 29, Miguel dijo, simplemente: “creo que voy a dejar de venir por un tiempo, porque Daniel Grinbank, mi productor, va a poner una mosca a difusión nuestra, de los Abuelos, así que voy a dejar los conciertos solistas también (Miguel había editado su celebrado “Buen día, día”, que lo defendía solito, a guitarra y voz, incluso fue así a La Falda ´84), y me voy a concentrar en ensayar y tocar con ellos, porque ahora nos van a oír hasta en la sopa. Es mas, van a levantar cualquier plato así - mostró levantando el suyo donde había puesto unos mangos siguiendo la tradición- y en vez de guita van a salir Los Abuelos…”

Ya no volví a verlo después. En septiembre del ´84 me fui a vivir a Gesell, un poco bastante hastiado del ambiente (recuerdo que en el mismo bar, otro día cualquiera, Pepe Luis Vinci me decía “no te vayas, chaco, ahora que la estás empezando a hacer…”, pero yo no tenía ya ganas de quedarme en Buenos Aires), y me enteré de la muerte de Miguel años después, ya viviendo en Gesell y sin estar demasiado enterado de por qué derroteros había ido su vida. Más aún, conocí a Claudia, quien fuera su última pareja, muy amiga también de los primeros “Divididos”, cuando Federico Gil Solá tocaba la batería, quien se había ido a vivir a Gesell después de su muerte, y hablábamos mucho de Miguel y toda la peña.

Pero siempre me quedó en la mente aquella frase de Miguel: “ahora van a poner mosca y nos van a ver hasta en la sopa…”, confirmando una vez mas que, mas allá del talento que puedas tener, una acertada difusión puede cambiar indudablemente la vida de una persona.

Y en estos días globalizados, peor aún.

Hasta la próxima vez.

 

© Mario Ojeda, Granada, junio de 2007

 

Acerca de la canción

 

A veces me siento como un náufrago, enviando mensajes en botellas al mar. Ni siquiera tengo constancia de que éstas crónicas que escribo alguna vez se publicarán. Me gusta creer que sí, pero no tengo ninguna certeza. Y a la vez, escribirlas es como un bálsamo. Es decir, opinar con libertad sobre diferentes tópicos me hace sentir bien. Será por eso simplemente que continúo escribiéndolas.

Por ejemplo, ¿quién dijo que la canción pop debería ser elaborada? Mejor aún, ¿por qué debería transmitir un mensaje profundo, alguna cavilación sobre el sentido de la vida, amores varios, lineamientos políticos o posturas existencialistas? Acaso Los Beatles, por dar un ejemplo común, en sus primeros tres discos, cuando ya había estallado la “beatlemanía” y “eran una máquina de hacer singles”, en palabras del propio Lennon, ¿pretendían transmitir un mensaje mas profundo que el “quiero tener tu mano”? ¿O el “necesito tu amor ocho días a la semana”?

Es recién a partir de “Help”, cuando Lennon cantaba aquello de “cuando era mas joven, mucho mas joven que ahora, no necesitaba a nadie cerca mío. Pero ahora necesito que alguien me eche un cable, necesito a alguien conmigo. Socorro. Sabes que necesito a alguien. Socorro…”

Pocos podían entender entonces que ya las presiones de la fama habían empezado a afectarlos, y es entonces cuando, por influencias varias aunque la mas destacable quizás haya sido la de Bob Dylan, que los pibes empezaron a escribir “canciones con mensaje”. Pero hasta entonces no era así. De hecho, con los años, Mc Cartney siguió escribiendo “tontas canciones de amor”, y tan mal no le ha ido. Frampton, por ejemplo, cantando aquello de “nena, me gusta tu forma”, y podría seguir dando ejemplos varios, no se preocupaban demasiado porque alguien los tildase de “no profundos”, o de “hacedores de letras cursi”.

Ocurre que, y me consta que muy bien intencionados, algunos amigos me comentaron su opinión de que yo mismo “debería trabajar mas mis canciones, no escribir tantas como churros, detenerme mas tiempo en cada una de ellas, redondear el mensaje de lo que quiero decir, la armonía de las mismas”, etc., etc.

Bueno, démosle un margen de certeza. O sea, porque quiero. Tienen razón. Eso, en principio. O sea, debería tomarme dos o tres años entre disco y disco, escribir cuarenta canciones en ese tiempo, por ejemplo, pulirlas, descartar las menos convincentes, y elegir diez o doce finalmente para grabarlas en condiciones óptimas, con buen sonido, con arreglos elaborados, con una esmerada producción, en suma.

Pero, por otro lado, ¿a quién le importa? ¿Por qué no puedo grabar lo que se me canta? ¿Por qué no puedo grabar un disco con una guitarra desafinada? ¿Por qué no puedo intentar pasar a través de toda la tecnología para grabar mis canciones solamente con una guitarra española y una simple voz, canciones cortas, de dos o tres minutos, no más, sin otra pretensión mas que el placer de escribirlas, grabarlas y luego salir a cantarlas por ahí? ¿No tengo ese derecho a esa altura? ¿Hacerlo de la otra manera me garantizará una difusión acorde, contratos millonarios, premios y la posibilidad de vivir exclusivamente de la música? ¿No canta Nebbia acaso –y será por eso que me gusta tanto-, versos como “no sé, si tu pelo está mojado, por un beso que me has dado, y no supe responder…” ¿Acaso alguien busca “profundidad” en las letras de grupos como “Los pibes chorros” o “Los Charros”, por ejemplo? (y ojo que merecen el mayor de los respetos, quiero decir, no me compraría un CD de esa gente, pero he bailado con mucho ritmo y diversión “La ventanita”, por ejemplo, y no me avergüenzo para nada de ello). Silvio Rojas, por caso, un ex compañero mío de trabajo en Buenos Aires era, o es aún, el tecladista de Los Charros, y el pibe puede vivir de la música, grabando discos, haciendo conciertos, etc. El tipo está feliz y le va bárbaro, ¿a quién le molesta eso?

Cito el tema por lo interesante que me parece, a veces. Quiero decir, de Serrat o Paco Ibáñez para acá, la canción de autor se supone que debe ser “con mensaje”, en detrimento de la otra música, “mas comercial”, como podría ser la de Raphael, Julio Iglesias o tantos otros. Pero, momentito, que el hábito no hace al monje, y muchas músicas o canciones supuestamente mas comerciales, a veces esconden actitudes verdaderamente plausibles y, por el contrario, detrás de algunos reputados cantautores, su actitud cotidiana, no sólo frente a sus compañeros de profesión, sino también frente a la vida misma, deja bastante que desear. Y al final, otra vez, ¿a quién le importa?

Creo que, en el fondo, esto de las canciones es como los colores, o como el gusto de los helados: a cada uno le gusta algo distinto.

Que de carne somos, al fin y al cabo.

Quería dejar constancia de ello, simplemente.

Hasta la próxima vez.

 

Mario Ojeda, Granada, 20/2/2007

prensacenicienta@yahoo.es