Blogia

marioojeda

Acerca de las aspiraciones

Acerca de las aspiraciones

En ésta especie de “pequeño manuel ilustrado del músico indie”, que pareciera estar escribiendo cada día con mis crónicas, siempre me queda la duda de si estoy haciéndolo bien. Entiéndase: no porque yo no piense que esté bien, sino de si es conducente, de si realmente vale la pena. Sigo pensado que sí, en cualquier caso. Y por eso lo hago.

Pero no porque esté buscando un reconocimiento tácito. O la fama. Ya no. Me alcanzaría con saber que éstas líneas le interesan a alguien. A veces que me escriben amigos diciéndome “no estaba de acuerdo con vos en tal cosa que escribiste, y pensé en mandarte un mail, pero al final, entre una cosa y otra no lo hice…” Mal hecho, amigos, todo es debatible. Esto que escribo por supuesto que también. No tengo la verdad absoluta. Sólo voy escribiendo mis verdades, que es muy distinto. Y pensar distinto no significa enfrentarse. Podemos aspirar a mejor pensando de distinta manera. Se puede constuir desde el debate. Sigo creyendo firmemente que la música debe hablarse, escribirse, debatirse, porque eso nos hará mejor personas cada vez. Ni más ni menos.

Mi novia suele decirme que no escucho mucha música. Es verdad. Sólo lo hago cuando escribo crónicas como ésta. Ahora mismo está sonando John Fogerty, con su “Blue Ridge Rangers”, el disco original, el primero, el que grabó íntegramente solo, tocando todos los instrumentos, cuando se desbandaron los Creedence, allá por 1973. Quizás sea un error. Es decir, debería escuchar música mas actual, contemporánea, digo. Ya pueden empezar a regalarme discos. Pero es lo que me gusta, no puedo cambiar eso. Cuando quiero escuchar algo, escucho el original. Escucho a Zeppelin, a los Who, a los Creedence, a Los Beatles, hace un rato escuchaba a los Cream, hay tanta buena música para escuchar, que realmente no alcanza el tiempo material para hacerlo. También me gusta leer, aunque no lo parezca. Terminé hace poco “Los funerales de Castro”, un mas que interesante libro de Vicente Fortín, corresponsal en La Habana del diario español “El País”, desde el 2005 a marzo del 2009. Antes leí también, porque me lo debía, “Cien años de soledad”, del Gabo García Márquez. Estaba fumado cuando lo escribió, no tengo dudas. Sólo así se le puede ocurrir semejante historia, con tantos Aurelianos Buen Día de por medio. Zitto Segovia me preguntó una vez, allá por 1987, mientras íbamos caminando a casa de Carlos Barocela, en Gesell, porque quería conocerlo, así que se lo presenté. Me dijo “¿Leíste “Cien años de Soledad”, Marito?...¡es Resistencia, chamigo!Tenés que leerlo…” Así que me lo debía. Tenía razón Zitto, en parte. Aunque la universidalidad del cuento de García Márquez podría aplicarse también a cualquier ciudad del mundo. La Habana misma, ¿por qué no? “Hay ciudades, como Roma, en donde la historia es testiga del paso del hombre. Y otras, como La Habana, donde el hombre puede ser testigo del paso de la historia sobre el hombre…” Lapidario, aunque, ya sabe, “no es que sea triste la verdad, lo que no tiene es remedio”, como cantaba Serrat.

Pero volvamos a la música. A veces pienso también que, en muchos casos, uno puede ver claramente el paso de la historia sobre algunos hombres. “Las cosas tiene movimiento”, siempre, como cantaba Bob Dylan. Y uno no puede quejarse de las cosas que dejó de hacer. Nunca deberíamos olvidar que, lo que sufrimos o disfrutamos hoy, lo escribimos, preparamos el terreno años antes con nuestros propios actos. Aunque a veces quedemos a contramano de la historia, y la misma nos pase por encima, sin que nos demos cuenta.

A lo que voy: las cosas no ocurren porque sí. Si hago un viaje cualquiera, por ejemplo, es porque antes estuve ahorrando un cierto tiempo para hacerlo. O porque me pagaron tres o cuatro conciertos juntos, digamos, pero en general es al revés. Es decir, uno debe proyectarse. Vivir el hoy, pensando al menos tangencialmente en el futuro. Porque, además, como me decía alguna vez mi amigo José, en Londres, “nosotros ya estamos amortizados, Mario… Lo que hagamos de acá en mas es para nuestros hijos, no ya para nosotros”

Y es verdad. No voy a volverme millonario a ésta altura, mas aún, considerando que no compro billetes de lotería. Así que se trata de ir poniéndose metas cortas y tratar de cumplirlas, por pequeñas que éstas sean. Una vez cumplidas, proponerse otras. Para los músicos, armar un proyecto. Grabarlo, registrarlo en vídeo, moverlo, moverlo y moverlo. Pero, sobre todo, mantenerlo. Que siempre es al fin y al cabo lo mas difícil. Puedo citar inumerables grupos que no pudieron mantenerse. Muchos colegas que dejaron la música hace ya muchos años. Y esto, ya se sabe, es una carrera de fondo, una maratón, no un sprint de velocidad. Y la carrera es con uno mismo, en cualquier caso.

A diferencia de los deportistas, por ejemplo, cuya vida en activo puede limitarse a diez, quizás doce o quince años, los tipos que se dedican al arte pueden mejorar con el tiempo. Y seguir haciendo cosas artísticas hasta el último día. Aunque estén achacados, pelados y con panza, siempre van a poder sostener un pincel, una paleta de pintor, o un cincel para tallar la madera. Mi abuelo lo hacía, lo hizo hasta el último momento. Luego, lo mismo aspiro para mi.

Así que ya saben: van a tener que soportarme un largo tiempo más, porque, al fin y al cabo, esto, lo que haga, es lo que me va a trascender.

Están avisados. Hasta otra vez.

© Mario Ojeda, Granada, 19/12/2009

 

En foco

En foco

Demasiadas ideas en la cabeza no siempre es una manera conducente de llevarlas hacia algún lado. Quiero decir: siempre es mejor tener un par de ideas realizables, metas cortas, que le dicen, y poder llevarlas a cabo. Y luego proponerse otras, y así.

Sobre todo para la salud mental de cada uno, y lo digo por experiencia.

Hablando por hablar, uno puede hablar de tantas cosas, por cierto. Basta con darle dos o tres cervezas de más a algún amigo en un asado, y van a ver como el tipo en diez minutos te arregla el mundo. Despues, se va a dormir la siesta. Y cuando se levanta, ¡ni se acuerda de lo que dijo!

Con muchos músicos, o artistas, pasa exactamente lo mismo: suelen borrar con el codo lo que escribieron antes con la mano o, simplemente, se olvidan o pasan olímpicamente de lo que antes afirmaron. “Tan humano como la contradicción”, como cantaba hace tiempo Alejandro Lerner. Y sí, que quieren que les diga.

Además, suelo repetirlo, pero quiero dejarlo claro una vez más: al 99 por cierto de la gente, no le importa el arte. Lo que la gente común quiere, o querría, en cualquier caso, es tener un trabajo en su ciudad, con un sueldo digno, que le alcance para comer, vestirse, pagar la hipoteca, mantener un coche (y cambiarlo cada cuatro o cinco años, cosa de no descapitalizarce demasiado), que ese sueldo le alcance para ir de vacaciones una vez por año, salir a comer afuera una o dos veces por mes, ir al cine cada tanto, poder vestirse y vestir a, y pagar la educación de sus hijos, y tener un televisor de pantalla plana lo suficientemente grande para ver bien el fútbol los domingos.O ahora los partidos del mundial. Punto pelota. No hay más.

Al uno por ciento restante, que ya es un montón de gente (ejemplo: en una localidad de 10.000 habitantes, que no es mucho, habría –por seguir con este razonamiento-, algo asi como ¡100 artistas! ¿No es mucho para un pueblo tan pequeño?)

Así las cosas, imaginen una ciudad como Granada, con sus aproximadamente 700.000 habitantes sumando los pueblos del cinturón… podríamos afirmar sin dudar que hay mas de ¡7000 artistas! Insisto: ¿no es mucho para una ciudad relativamente pequeña y provinciana como Granada?

Ok, no todos son músicos. Pero digamos que, de esos "artistas", uno de cada diez, son músicos. Seguimos. Entre siete mil, son ¡700 músicos! Va la pregunta otra vez: ¿no son muchos músicos para una ciudad de no más de 700.000 habitantes?

Y además, que son todos buenos claro. Bueno, si quieren, sigamos con la regla del 10%: ¡son buenos o muy buenos unos setenta! Los otros arriman, pero… ¿y que hay del resto?

Pues, el resto, como norma, se mira el ombligo como los demás. Es decir: al que hace teatro, generalmente sólo le importa el teatro. En raras ocasiones vas a verlo pasearse por una exposición de cuadros, o acercarse a algún concierto. Pero hay algo peor: si lo ves, ¡fue invitado! ¡Todos son invitados! O al menos: ¡la gran mayoría son invitados!... ¿quien paga la entrada entonces? ¿Cómo hace el artista que presenta su obra para subsistir, sino es financiado por alguna fundación, o contratado (tarde, mal o nunca) por alguna institución? Lo mismo ocurre con el escultor: generalmente, sólo se relaciona con escultores. Lo mismo el poeta, lo mismo el concertista de música clásica, lo mismo los cantautores con otros cantautores, lo mismo un rockero indie con otros rockeros indies…

¿Y el público? Ya sabemos que la gente consume lo que le dan, es decir, lo que escucha por la radio o ve por la televisión, ¿cierto?  Por eso es mucho más popular un Leo Messi o una artista cualquiera del corazón, por lo menos acá en España, que cualquier otro laburante de su arte.

Y así la rueda sigue girando porque, además, no se lo cuenten a nadie: siempre sigue girando. Siempre seguirá girando. La vida es así. Todos los días nace y muere gente. Nadie está a salvo de entrar en esas estadísticas.

Entonces, ¿Qué queda para los que aspiran –aspiramos- a vivir del arte? Bueno, básicamente, deberían –deberíamos- disfrutar del camino. Sencillamente, porque puede hacerlo uno de cada mil. Quizás, uno de cada diez mil. Casi, casi, por decirlo de algún modo, como ganarse la lotería. Bastante improbable, digamos. O llegas (o parece que llegas), y siempre pasa algo que vuelve a dejarte afuera del círculo. ¿Y entonces? A empezar de nuevo, o dejarte de joder, buscarte un trabajo “estable” –como el 99% de la gente restante-, y hacer arte en tus ratos libres, como un hobby, nada más.

Que es precisamente eso lo que le termina ocurriendo a la gran mayoría sino, ¿de que vivirían muchos músicos, algunos muy, muy conocidos y reputados acá en Granada, por ejemplo, si sus reespectivas mujeres no fueran funcionarias, o ellos mismos no tuvieran que ganarse el pan dando clases de guitarra en forma particular, siendo profesores de conservatorio, empleados en comercios de informática, o siendo ellos mismos funcionarios, y dedicándose a la música un par de días a la semana para ensayar, y dedicarse a tocar – les paguen o no- los fines de semana? Vale, partiendo de la base de que todo aquel que cobra por tocar, aunque sea una vez al año, puede definirse como “profesional”, todos los que tocamos y cobramos –tarde, mal  y nunca, insisto-, varias veces al año, si tenemos la suerte de ser contratados por algún pub o algunos ayuntamientos-, pues ya somos “profesionales”, y con eso pareciera que, en los tiempos actuales, deberíamos conformarnos. Y de nada sirve llorar sobre la leche derramada: es lo que hay, como dicen por acá. Pero,  ¿alcanza? Claro que no alcanza. Ni en pedo alcanza.

Pero la misma precariedad laboral que tienen los músicos, la tienen los escritores –la mayoría de ellos tambien funcionarios o profesores de academia o facultad-, en el mejor de los casos. Y los escultores, y los pintores, y los ceramistas, etc., etc., etc.

Lo que decíamos al principio. A nadie le importa. Y a los políticos, que además de “ofrecerle cultura a la gente”, deberían ocuparse por dar trabajo a esos mismos artistas, es a quienes menos les importa. Total, cobran igual. Programen actividades o no.

El colmo de esta paradoja, me ocurrió ayer nomás, durante una visita a una tecnica de cultura de un ayuntamiento de la costa del sol. Despues de mostrarle el catálogo de la agencia en donde trabajo, contándole de los muchos proyectos artísticos que llevamos, me dijo, muy suelta: “Vale, vamos seguramente a empezar a trabajar. Seguramente a partir de septiembre, empezaremos a contratarles cosas. Eso si, quisiera aclararte que no tenemos plazos de pago…” “Bueno, no importa”, le respondí, si me dices que vas a pagarme a los 30, 60 o 90 días, nosotros nos ordenamos y nos arreglamos hasta el momento de cobrar…” “No, insistió. “No puedo darte fechas de pago…”

Y a mi me dieron ganas de decirle: “Ah, claro, porque Uds. trabajan a sueldo, pero el ayuntamiento no puede decirles cuando les va a pagar, ¿verdad?...”

Pero era meter el dedo en la llaga, y ganarme un enemigo más, y la verdad, ¿saben que?: ya no tengo ganas.

Perdón por la tristeza.

 

© Mario Ojeda, Granada, 13/6/2010

 

Sobre el exito y otras yerbas

Sobre el exito y otras yerbas

 

Sobre el éxito y otras yerbas (especial para NORTE, por Mario Ojeda esde Granada, España)

Suelo reiterarme, muchas veces, cuando escribo mis crónicas. Me lo han comentado algunos amigos, y tienen razón. Igual, no está mal insistir en algunos conceptos, como para que queden muy, muy claros. En realidad, no importa demasiado. Leía hace poco un reportaje a Bruce Springteen, el mono habla sobre la finitud de la vida, y decía: “dentro de 50 años, alguien pasará por mi casa, y dirá: ahí vivía Bruce Springteen. Pero dentro de 80 o 100 años, nadie se acordará de mí. Eso no me quita ganas. Al contrario, ¡tengo mucho que hacer!, antes de que el juego acabe…”

Tengo en claro eso desde que elegí este oficio. Porque eso grabo y escribo nuevas canciones, las grabo de distintas maneras, con otros ritmos, a veces nuevos arreglos, otras tonalidades, escribo crónicas, produzco conciertos. Luego vendrá alguien a enterarse de que no estuve de paso por acá, sin hacer nada. Antes al contrario, siempre lo digo: no estuve perdiendo el tiempo. Cuando no tenía mucho margen horario para hacerlo, dormía menos y me obligaba a hacerlo. Ahora que puedo, trato de disfrutarlo al máximo, y sigo haciendo todo lo que puedo. No hay ningún misterio en eso, ¿no?

Igual, insisto, no tiene mayor importancia. No pasa nada. Quiero decir, la vida sigue igual. “El éxito no te imuniza nunca contra los golpes de la vida…”, decía hace poco Sir Paul Mc Cartney, hablando de su esposa Linda, y tiene razón. No pasa nada. Igual nos vamos a morir. El asunto pasa, me parece, por hacer todo lo que podamos, mientras nos de placer, mientras podamos seguir jugando el juego. No hay más. Nunca hubo nada más. Como decía Borges: “Cuando me muera, quiero morirme del todo”.

Es interesante, por otro lado, ver como según pasan los años, las expectativas de uno van cambiando. Seguramente tenga que ver tambien con los resultados, no lo dudo. Quiero decir, no es lo mismo tener fama y dinero a los veinte años, que conseguir eso a los 40 o 50. Algunos lo manejan bien. Otros para la mierda. Pero como siempre, y en todos los órdenes: “uno hace lo que puede con lo que tiene”, no hay más. Es cierto tambien que, en la vida, para conseguir algo hay que insistir. No hay ningún misterio en eso. He conocido mucha, muchísima gente, que se bajó del carro hace mucho tiempo. Gente con verdadero talento para cantar, para escribir, para tocar la guitarra. Estoy hablando de lo mío, pero entiendo esto pasa en todos los órdenes. Y no hay nada que hacerle. Algunos dejan de estudiar, lo que sea, supongamos, por ejemplo, arquitectura. Tenían un sueño y no lo defendieron. Querían ser arquitectos, pero se quedaron en el camino. O no, quizás encontraron otro, que reemplazó al anterior. Mientras uno se sienta bien consigo mismo, está todo bien. Lo jodido es vivir siempre con esa carga de resentimiento, o quedarse con las dudas, ¿no? Decir por ejemplo, “vaya, si hubiera hecho esto en tal momento…”, ¿de que sirve, en verdad? Uno es lo que es, al fin y al cabo, y las cosas son como son. Punto pelota.

Siempre me gustó viajar, por ejemplo, conocer nuevas gentes y lugares. Siempre supe que alguna vez iba a hacerlo. Lo hice. Lo sigo haciendo pero, ¿saben una cosa?, antes me visualice para ello. Es decir, las cosas no ocurren porque sí. Trabaje para ello. Muy, muy duro, muchas veces. Y nunca me queje. De hecho, sigo sin quejarme cuando las cosas no se dan como espero que se den. Simplemente, apreto los dientes y vuelvo a insistir. No conozco otro camino. No creo, en verdad, que exista otro camino. Y tampoco quiero quedarme con las dudas. No quiero dejar de hacer cosas que sueño por el que dirán, o pensando que quizás no resulten como esperaba. No. Sencillamente, voy y las hago. Quizás, como alguna vez me dijera Alberto Lucas, “producir” no es más que el pomposo nombre que se le da a que se te ocurra alguna cosa, y luego llevarla a cabo. Sea un concierto, un video, un viaje, una revista, un programa de radio, o lo que fuera. Te tomará más o menos tiempo, pero, si insistís, seguro al final sale. Obvio, no se puede tener todo tampoco, ¿no? Así que, como siempre digo, hay cosas necesarias, pero hay otras imprescindibles. Hay cosas urgentes, si, pero hay otras que son prioritarias. Trato de darle bola solamente a esas. Las demás, las otras, pueden esperar.

Y no soy tampoco el padre de todos, como para andar diciendoles todo el tiempo lo que tienen que hacer. No, si apenas puedo conmigo. Asi que no esperen ningún milagro de mis crónicas.

Básicamente, era eso lo que quería decir hoy. Hasta otra vez.

 

© Mario Ojeda, Granada, 24/3/2010

 

Acerca de las aspiraciones

Acerca de las aspiraciones

 

En ésta especie de “pequeño manual ilustrado del músico indie”, que pareciera estar escribiendo cada día con mis crónicas, siempre me queda la duda de si estoy haciéndolo bien. Entiéndase: no porque yo no piense que esté bien, sino de si es conducente, de si realmente vale la pena. Sigo pensado que sí, en cualquier caso. Y por eso lo hago.

Pero no porque esté buscando un reconocimiento tácito. O la fama. Ya no. Me alcanzaría con saber que estas líneas le interesan a alguien. A veces que me escriben amigos diciéndome “no estaba de acuerdo con vos en tal cosa que escribiste, y pensé en mandarte un mail, pero al final, entre una cosa y otra no lo hice…” Mal hecho, amigos, todo es debatible. Esto que escribo por supuesto que también. No tengo la verdad absoluta. Sólo voy escribiendo mis verdades, que es muy distinto. Y pensar distinto no significa enfrentarse. Podemos aspirar a mejor pensando de distinta manera. Se puede construir desde el debate. Sigo creyendo firmemente que la música debe hablarse, escribirse, debatirse, porque eso nos hará mejor personas cada vez. Ni más ni menos.

Mi novia suele decirme que no escucho mucha música. Es verdad. Sólo lo hago cuando escribo crónicas como ésta. Ahora mismo está sonando John Fogerty, con su “Blue Ridge Rangers”, el disco original, el primero, el que grabó íntegramente solo, tocando todos los instrumentos, cuando se desbandaron los Creedence, allá por 1973. Quizás sea un error. Es decir, debería escuchar música más actual, contemporánea, digo. Ya pueden empezar a regalarme discos. Pero es lo que me gusta, no puedo cambiar eso. Cuando quiero escuchar algo, escucho el original. Escucho a Zeppelin, a los Who, a los Creedence, a Los Beatles, hace un rato escuchaba a los Cream, hay tanta buena música para escuchar, que realmente no alcanza el tiempo material para hacerlo. También me gusta leer, aunque no lo parezca. Terminé hace poco “Los funerales de Castro”, un más que interesante libro de Vicente Fortín, corresponsal en La Habana del diario español “El País”, desde el 2005 a marzo del 2009. Antes leí también, porque me lo debía, “Cien años de soledad”, del Gabo García Márquez. Estaba fumado cuando lo escribió, no tengo dudas. Sólo así se le puede ocurrir semejante historia, con tantos Aurelianos Buen Día de por medio. Zitto Segovia me preguntó una vez, allá por 1987, mientras íbamos caminando a casa de Carlos Barocela, en Gesell, porque quería conocerlo, así que se lo presenté. Me dijo “¿Leíste “Cien años de Soledad”, Marito?... ¡es Resistencia, chamigo! Tienes que leerlo…” Así que me lo debía. Tenía razón Zitto, en parte. Aunque la universalidad del cuento de García Márquez podría aplicarse también a cualquier ciudad del mundo. La Habana misma, ¿por qué no? “Hay ciudades, como Roma, en donde la historia es testigo del paso del hombre. Y otras, como La Habana, donde el hombre puede ser testigo del paso de la historia sobre el hombre…” Lapidario, aunque, ya sabe, “no es que sea triste la verdad, lo que no tiene es remedio”, como cantaba Serrat.

Pero volvamos a la música. A veces pienso también que, en muchos casos, uno puede ver claramente el paso de la historia sobre algunos hombres. “Las cosas tiene movimiento”, siempre, como cantaba Bob Dylan. Y uno no puede quejarse de las cosas que dejó de hacer. Nunca deberíamos olvidar que, lo que sufrimos o disfrutamos hoy, lo escribimos antes, preparamos el terreno años con nuestros propios actos. Aunque a veces quedemos a contramano de la historia, y la misma nos pase por encima, sin que nos demos cuenta.

A lo que voy: las cosas no ocurren porque sí. Si hago un viaje cualquiera, por ejemplo, es porque antes estuve ahorrando un cierto tiempo para hacerlo. O porque me pagaron tres o cuatro conciertos juntos, digamos, pero en general es al revés. Es decir, uno debe proyectarse. Vivir el hoy, pensando al menos tangencialmente en el futuro. Porque, además, como me decía alguna vez mi amigo José, en Londres, “nosotros ya estamos amortizados, Mario… Lo que hagamos de acá en mas es para nuestros hijos, no ya para nosotros”

Y es verdad. No voy a volverme millonario a ésta altura, más aún, considerando que no compro billetes de lotería. Así que se trata de ir poniéndose metas cortas y tratar de cumplirlas, por pequeñas que éstas sean. Una vez cumplidas, proponerse otras. Para los músicos, armar un proyecto. Grabarlo, registrarlo en vídeo, moverlo, moverlo y moverlo. Pero, sobre todo, mantenerlo. Que siempre es al fin y al cabo lo más difícil. Puedo citar innumerables grupos que no pudieron mantenerse. Muchos colegas que dejaron la música hace ya muchos años. Y esto, ya se sabe, es una carrera de fondo, una maratón, no un sprint de velocidad. Y la carrera es con uno mismo, en cualquier caso.

A diferencia de los deportistas, por ejemplo, cuya vida en activo puede limitarse a diez, quizás doce o quince años, los tipos que se dedican al arte pueden mejorar con el tiempo. Y seguir haciendo cosas artísticas hasta el último día. Aunque estén achacados, pelados y con panza, siempre van a poder sostener un pincel, una paleta de pintor, o un cincel para tallar la madera. Mi abuelo lo hacía, lo hizo hasta el último momento. Luego, lo mismo aspiro para mí.

Así que ya saben: van a tener que soportarme un largo tiempo más, porque, al fin y al cabo, esto, lo que haga, es lo que me va a trascender.

Están avisados. Hasta otra vez.

© Mario Ojeda, Granada, 19/12/2009

 

Teoría inconclusa sobre mi evolución

Teoría inconclusa sobre mi evolución

 

Mi hija, con apenas 24 años, se compró una Fender Telecaster. Qué bueno. Yo podría tener una. Bah, podría haberla tenido hace mucho tiempo pero, la verdad, ya no me interesa. Miento. Me sigo babeando cada vez que veo una colgada en la pared de cualquier tienda de instrumentos. O una Les paul. O una Paul Red Smith. Pero me resulta obsceno gastar tres veces lo que vale una guitarra normal para comprarme una de esas. Además, yo simplemente siempre quise tener una guitarra con buen bordoneo, y que afinara bien, nada más. Me la compre en 1992. La vieja Squire blanca “made in Korea” que aún conservo. Ya está. Ya la tengo. Tenemos una buena relación. Me resultaría una traición comprarme otra guitarra. Otra más. Mierda. Ya tengo cinco, y solo puedo tocarlas de a una por vez. ¿Para qué diablos quiero otra? Me pasa como con los coches: acá es normal comprarse un coche y pagarlo, no sé, 200 euros por mes durante 36 meses. Pero me sigue pareciendo obsceno. Con 400 euros puedo viajar un fin de semana a Dublín, o a Londres, a París, a Bruselas…, o pongo un poco más y ya tengo para un pasaje ida y vuelta a Nueva york, ¿para qué catzo me voy endeudar? Sigo creyendo firmemente que hay otras prioridades. Que hay cosas necesarias, cosas urgentes, si, pero que hay otras prioritarias. No sé, será simplemente que mis prioridades han cambiado.

Pero las canciones se escriben a piano y voz, o a voz y guitarra. Y ya está. Con tener una guitarra que afine me parece suficiente. Se, positivamente se, que con eso es suficiente.

 

Ayer nomás dimos un concierto a teatro lleno en homenaje a Mercedes Sosa, acá en Granada. Estuvimos nosotros, Los Trovamundos, junto a Coqui Sosa, sobrino de Mercedes, y otros artistas. Muchos me felicitaron, al finalizar, por cómo estaba tocando el bajo. Qué bueno, gracias, respondí. El mejor piropo me lo dio Anabela Zoch, una cantante argentina que vive en Sevilla. Me dijo: “Me hiciste acordar mucho a Lalo de los Santos…” Fue un buen piropo, sí señor. Pero el mejor asunto es que, cosa curiosa, me lo dieron por tocar el bajo. Es decir: siempre toque el bajo, ya dije en otras crónicas que me encantaba ver a Hugo Romero, de Los Play Boys, tocar su gran bajo en los carnavales del Club de Regatas. A veces nos juntábamos con Juanjo Córdoba, en la casa paterna de calle 8 y 9 de julio, allá en Resistencia, y en los huecos de los ensayos de “Imagen”, yo me colgaba el bajo. Pero nunca tuve uno. Razón por la cual, durante un largo tiempo, casi 25 años, no toque mucho este instrumento. Hace tres o cuatro, me compre uno para jugar, para grabar mis canciones en mi casa. Así que ahora soy bajista. Cosa lógica, lo uso y me fui soltando. Salió un trabajo, luego otro, y otro más. Así que me compre un equipo de bajo. Aunque si el concierto no lo justifica, simplemente llevo el bajo, sin amplificador, y lo saco por línea. No es lo mismo, claro. Pero salgo. No hay ningún misterio en eso. O quizás sí: ¡el misterio es haberme podido comprar uno! “Made in Korea” también, obvio, esas cosas de la globalización. Y me jode, claro que me jode, pero no puedo luchar solo contra los molinos, mano Don Quijote.

 

La semana pasada termine de leer “las venas abiertas de América latina”, el clásico de Eduardo Galeano. Tiene otros, ya se. Pero siempre había querido leer ese. Termine con una mala hostia, como dicen por acá. Que te digan claramente, otra vez, lo que siempre supiste o intuiste, no deja de ser chocante. Y pasan los años y la historia que se sigue repitiendo, en un ciclo que a esta altura pareciera infinito. Pero habrá que seguir, claro. Como antes, como siempre. Es increíble pensar y confirmar, claro está, que todo lo vivido ha sido por, para, y desde la canción. Todo. Lo bueno y lo malo. Me fui de mi casa para tocar la guitarra. Es lo que sigo tratando de hacer, aunque a veces sea tan difícil. He pagado un precio alto por ello. No deja de ser un orgullo. Pero a veces jode, claro que jode.

 

A veces pienso también (bah, incluso a veces “pienso”), que me he vuelto una especie de lobo estepario. Que me basto solo para un montón de cosas. Pero esta historia iba de compartir también, así que vuelve a molestar. Y vuelvo a extrañar “mis calles, mis amigos o mi verde”. Pero sobre todo, claro está, lo que extraño es “esa extraña sensación de estar haciendo, codo a codo, pues, trinchera con mi gente”, como escribí hace ya muchos años. Pero el oficio elige a uno, y no al revés, ya lo dije tantas veces, y esto es lo que soy, simplemente. En el fondo, lo que jode no es que mi hija se haya comprado una guitarra nueva porque estaba disconforme con la otra. No. Lo que me jode es que no sea feliz. Eso sí me molestaría. Estamos acá para pasarla bien, siempre tuve en claro eso. Y por eso sigo defendiendo que uno tiene que hacer lo que tenga que hacer, ni más ni menos. Pero valerse solo, eso sí. No tiene ningún sentido llorar sobre la leche derramada. Porque tampoco puede uno pasarse la vida lamentándose por las ayudas que no recibe de los demás. Cada uno se rasca donde le pica, claro está. Así que eso es lo lógico. Lo que no soporto es la hipocresía. Esa gente que, conociéndome, podría haberme echado un cable años atrás, y no lo hizo porque era una especie de competencia. O porque “que va a ser músico ese si vive a la vuelta de mi casa”. ¿Dónde mierda iba a vivir, imbécil? Y ahora me escriben mails diciendo “che, pero bueno lo que estás haciendo en España. ¿Cuándo me vas a llevar a mí? Yo voy por los gastos, ¿eh? Con sacar para el pasaje de avión, y los gastos de comida y hotel, yo voy…” ¡Y yo también, macho! ¿No te jode? ¿Por qué no me llevas a mí? ¿Pero por qué no se van a cagar?

 

En fin. Que tengo mis días también, ¿eh? Hasta otra vez.

 

© Mario Ojeda, Granada, 21/2/2010

 

 

 

 

 

El porque de un viaje

El porque de un viaje

 

Diferentes puntos de vista para una misma cuestión, es lo que suele ocurrir en las relaciones entre las personas. No hay blanco o negro, eso es lo que uno suele aprender con el tiempo. Hay mil matices de grises en el medio. Así, uno debe aprender a volverse tolerante con determinadas cuestiones, aún cuando no se comulgue totalmente con ellas. Y esa es, en suma, otra forma de crecer.

Radicarme en España no fue y lo digo muy humildemente, una decisión impulsiva o no lo suficientemente meditada. Siempre estuvo entre mis proyectos personales el radicarme algún tiempo en Europa. Y elegí España porque, mas allá de algunos ancestros, tenía a favor la posibilidad franca del español, esto es, poder comunicarme a través de mis escritos, poemas o canciones sin la barrera trascendental que implica el idioma.

Así y todo, no descarto en un futuro radicarme durante algún tiempo en Londres, París o Ámsterdam, tres ciudades que me fascinaron desde que las visité por primera vez, aunque ya las había conocido antes, lo escribí alguna vez, cuando siendo adolescente leía incansablemente los libros de Julio Verne.

Ahora bien, a un año y medio de estar viviendo en Granada, creo puedo hacer un pequeño balance de mi estadía por estos lares.

En primer lugar, lo que en Argentina me llevó casi 20 años, es decir, armarme un pequeño estudio de grabación, tener mi espacio y tiempo libre para grabar o escribir, acá me llevó apenas un año y medio. Desde ese punto de vista, el balance es absolutamente positivo. En segundo lugar, y no por ello menos importante, me demostré a mí mismo que podía conseguirme un trabajo para vivir dignamente. Este sería un segundo gran logro. Y que conste que no estoy viajando mas, simplemente porque aún no recibí mis papeles de residencia, pero estos van a llegar, tarde o temprano. Me hincha un poco las pelotas tener que depender de un mísero carné para poder moverme libremente, simplemente porque no creo en las fronteras y siempre me sentí un ciudadano el mundo, aunque no dejo de sentirme, ni dejare jamás, profundamente resistenciano, chaqueño, argentino y latinoamericano en particular.

La globalización, con sus ventajas y desigualdades genéricas, es una realidad, absoluta, palpable y, por lo que, intuyo, absolutamente intocable a esta altura de la civilización.

Y aunque uno siga sin comprender como pueden gastarse millones de dólares en armamentos o proyectos de destrucción masiva, habiendo tanta gente que se muere de hambre, sin tener las necesidades mínimas cubiertas, digamos que, en general, esas son cosas que uno no puede cambiar. Aunque esto no quita tampoco que no debamos tratar de modificar mínimamente la pequeña realidad que nos rodea.

Como me decía hace poco un amigo argentino, al menos uno debería poder mandar a la concha de la lora a quien no tenga la perspectiva suficiente de ubicarse y ser solidario o racional en sus míseras opiniones. “Al menos, lo puteás y después te vas a dormir la siesta tranquilo. Si te entendió, bien, y sino, al menos te desahogaste. Algo es algo...”, y creo que tenía razón.

Disfruto enormemente vivir en Granada, como antes disfruté vivir en Gesell, en Mar del Plata o Buenos Aires. Sigo haciendo cosas, sigo grabando mis canciones, generando proyectos, despertando conciencias...algo es algo, ¿verdad?

Claro, a veces me gustaría ser millonario, y tener más posibilidades económicas de hacer cosas, pero siempre me las rebusqué para hacer lo que quería. Sean discos, libros, conciertos, o comprarme una nueva guitarra (¡otra mas!).

Lo que es espejo me devuelve como imagen cada vez que me lavo la cara y los dientes en las mañanas, no me disgusta. Conozco gente que está mucho peor. Y eso que en su momento tuvieron ciertamente la posibilidad de hacer muchas más cosas que yo, pero el tiempo pasa, y termina, casi siempre, acomodando las cosas en su justo lugar.

Lo cual tampoco implica una escala de valores, tipo “yo soy mejor que ellos” o algo así. Digo, escribo, simplemente, que “hay tipos que luchan un día y son buenos; otros, que pelean un año, y son mejores. Otros que pelean muchos años, y son muy buenos. Y está los que luchan toda la vida, esos son imprescindibles...”, parafraseando a Bertolt Bretch. Y que también tengo mis días desmoralizados, sobre todo cuando la comunicación con mis hijos, especialmente la mayor, tiene sus días “conflictivos”, o porque simplemente me levanto una mañana y tomo conciencia súbitamente de cuán lejos están, etc., y aunque lo que mas me jode a veces sea su silencio, también era parte de las leyes del juego desde el principio, no debo asombrarme ahora.

Otros días también me planteo dejar de hacer cosas por otros y ocuparme exclusivamente de mí, pero justo es reconocer que nunca fui así, y que me cuesta mucho obligarme a serlo. De últimas o de primeras, termino mandando a cagar a un par de tipos y ya está: es bueno saber con quien se cuenta verdaderamente a veces. Y aparte, porque hacer las cosas solo es muy aburrido, siempre me gustó juntarme con la gente.

Por eso grabo mis discos en lo de Fran ahora, aunque podría grabarlos perfectamente en el ordenador con el cual escribo esto, pero la verdad es que me aburro, y siempre es mejor que otro maneje los controles, así tienes otra oreja que te escucha, y  ... ¡también podes echarle la culpa si algo sale mal!, no, es un chiste eso. Ya no busco excusas, nunca las busqué concientemente en realidad, voy haciendo, intuitivamente, las cosas que quiero hacer, simplemente.

Y en eso estamos. Creo estar en paz conmigo mismo a estas horas, por si a alguno le interesa saberlo.

Hasta la próxima vez.

 

© Mario Ojeda, Granada, octubre de 2004.

 

El oficio de productor

El oficio de productor


Terminábamos ayer nomás un concierto en el Teatro Municipal del Zaidín, en Granada, felizmente las mas de 200 personas que asistieron empiezan a respaldar con su presencia una idea que estaba en el germen de esta iniciativa. Varios grupos y solistas de distintos lugares, mostrando su arte en un lugar idóneo, sonido, luces y una cómoda butaca, compartiendo cada uno el público de los demás. Como al pasar, uno de los presentes me dice: “te va bien, loco, ya estás aprendiendo a organizar estas movidas...”

Sonreí, agradeciendo... ¿Cómo decirle que llevo mas de 25 años organizando conciertos? Se dice fácil. Veinticinco años. Pero es lo que me gusta hacer, aunque la mayoría de las veces no nos quede mas que para la cerveza y el bocadillo. El oficio de productor tiene estas cosas. Me pasó en Gesell, en Buenos Aires, en Mar del Plata, lugares todos estos donde viví e hice cosas parecidas. Cuesta el mismo esfuerzo organizar algo en un garito cualquiera, que hacerlo en un pequeño teatro.

Sobre todo, cuando lo haces sin dinero. Que con dinero se hace fácil: hay tanto para el alquiler de la sala, tanto para el sonido, tanto para los artistas participantes, tanto para la publicidad, para la pegatina de carteles, mails de prensa, llamadas telefónicas, y después, sentarse a esperar. Pero claro, sin dinero, ya la cosa se complica: hay que imprimir los carteles, salir a pegarlos, juntar el dinero para todo lo demás que implica, no sólo un esfuerzo previo, sino también una nerviosa espera el día del concierto... ¿vendrá gente? ¿Podremos juntar lo necesario para cubrir todos los gastos? Y eso, claro, sin contar tu trabajo, las llamadas telefónicas, gasolina para el coche, viajes varios, horas de Internet...

Y después, por supuesto, los cuestionamientos del caso: ¿por qué no hiciste esto de tal manera? ¿No deberías haber esto hecho así o asá? ¿Por qué aquel cantó antes que yo? ¿Por qué fulano cantó mas que yo?¿Por qué aquel probó mas tiempo sonido que yo?... Ahhh, los egos artísticos...

Y me pensar que a mí todo esto siempre me importó un comino. Pero, bueno, te queda la satisfacción de saber que ahí vas, desarrollando un camino elegido hace mucho, mucho tiempo. Que con sinsabores y todo, no sólo este, sino todos los caminos elegidos valen la pena. Y que hay que tener una profunda convicción en lo que haces, para no quedarte en el camino. Que sobre todo, se trata de insistir. Que todo siempre es mejorable, claro, pero no porque uno no sepa como hacerlo. Que con el voluntarismo no alcanza, que se trata de “profesionalizarse”, con todo lo que eso implica. Que a veces la prensa te apoya, y ver tu foto en un diario te permite que, por ejemplo, ayer nomás me cruzara con un amigo a tomar un café, durante la prueba de sonido, y la dueña del bar, además de pedir que le autografiara la mentada nota del periódico, “porque me hace mucha ilusión”, no quisiera cobrarme los cafés. “Bueno, pensé: si sabía, me pedía una milanesa con fritas...que acá no hay, claro, ya que no me lo iba a cobrar...”

Pero el germen básico de esta crónica tenía que ver básicamente con el oficio, es decir, no existen aún las “escuelas de producción artística” públicas.

Como carrera universitaria, digo, o al menos, yo no las conozco. Hay carreras empresariales, de comunicación, de marketing, de odontología, de sonido e iluminación, incluso ahora, de “productor de televisión”, pero de productor artístico, no.

Lo cual es una pena, porque, humildemente, después de veinticinco años, algunas materias supongo ya habría aprobado, y tendría un diploma para colgar arriba del váter, o junto al perchero para colgar los abrigos en la entrada del departamento donde vivo, como para impresionar a las visitas.

Aunque al escribir esto, recuerdo e imagino a mi abuelo Guillermo o a mí tía Lilián, quienes, con una sonrisa breve, me dirían: “es todo lo mismo, Marito Luis...”

Y eso es lo que prefiero guardarme en el alma.

Hasta la próxima vez.

 

© Mario Ojeda, Granada, 22/1/2006.

 

Apuntes sobre mí mismo

Apuntes sobre mí mismo

 

Lleva esta nota un largo tiempo dando vueltas en mi cabeza. Supongo lo mejor es, nuevamente, escribirla en primera persona, porque, aunque suene pedante, estoy hablando de mí, y de mis sensaciones y pensamientos, al menos, de una gran parte de ellos (ya saben, como me dijo alguna vez Huguito Fernández: “los temores más ocultos de la vida nunca se confiesan...”). Me gustaría tener un ordenador más nuevo en vez de la carreta que tengo, escribir me cuesta un Perú, y mis dedos e ideas suelen ir más rápidos que lo que la compu los imprime, y después tengo que volver para atrás, y el teclado está mal configurado, y no encuentro los acentos, y odio escribir con faltas de ortografía, y bla/bla. asi que disculpen nomás los horrores. En fin: deberemos conseguir una portátil, nueva o casi, eso estaría mucho mejor, pero esto es lo que hay, por ahora. Seguimos. Poder demostrarme que podía arreglármelas para vivir, a mis 43 años, en cualquier ciudad que me apeteciera, era uno de los desafíos de este último viaje. Ya está. Lo sabía, lo reconfirmé.

Pasemos a otra cosa: no me queda mucho para hacer en Granada, entiéndase bien: no es que haya hecho todo, hice nada en realidad, pero como ocurre con todas las ciudades pequeñas, aunque óptimas para vivir, el desarrollo de otras cosas necesariamente, por aquello de centralismo, pasa en este caso por Madrid, hay que ver si tengo ganas. Esto, nuevamente, me lo digo para mí. La felicidad nunca es completa, me dice siempre una amiga: es cierto. Ya los sabía, lo reconfirmé otra vez: mis hijos nuevamente en Argentina, ambos, a mas de 10.000 kms de acá, bueno, apechugaremos, como siempre. Me gusta inventar verbos. El muñequito del corrector gramatical y ortográfico se vuelve loco, se rasca la cabeza, abre grandes los ojitos... es muy divertido. No es que no tenga otra cosa para hacer, y me puse a escribir una nota. Justamente, estas líneas son el reflejo fiel de lo que suele pasar por mi cabeza: mil ideas sueltas, que van y vienen, aunque la mayoría, al menos en lo artístico musical, termine finalmente por cumplirse.

No es eso solamente: a veces me agarra nuevamente esa cosa de saber que no estoy en mi lugar, supongo que el equilibrio uno nunca lo consigue, debe existir en el medio algún lugar para estar, o quizás, un ida y vuelta permanente, sobre todo no trabajar, eso es lo que mas quisiera, que me paguen por cantar, por escribir, por generar proyectos, pero bueno...”la felicidad, etc”

Tengo en carpeta varias cosas: una gira con el encuentro de cantautores, un CD musicalizando autores varios (no porque me falten letras a mí, es sólo para jugar y variar un poco la cosa), además, es divertido, y deja un poco el ego de lado. Además, quien dice, por ahí salen otras cosas de eso, que tampoco como vidrio (soy socialista pero no boludo...me decía una vez el Pucho Galasso, ¿seguirá pensando igual?... donde mierda están los signos de interrogación... la concha de la lora). Debo presentar el CD que armé con letras de la poeta granadina Marga Blanco, quedo bárbaro, en realidad espero pinte el presupuesto para grabarlo todo de nuevo otra vez, y para hacer otras cosas, acá pasa eso ven, presentas por nota un proyecto, aunque sea a largo plazo, y si te lo aprueban, te dan el dinero para que lo hagas...loquísimo.

Bah, no a cualquiera, en realidad, pero ya me lo había dicho Leonardo Favio allá por el ’88, una vez que lo entreviste en Gesell: “vos no sos un tipo cualquiera...”, grande, papá, grashias....chabón, fierita. Quiero escribir una novela (van a tener que esperar, tengo varias ideas, pero no va a ser posible hasta que no tenga un ordenador como la gente, me cago en la reputa...), y quiero comprarme una Les Paul, una Ephipone nomás, nada que cruce la barrera de los 200 euros, ya saben, si se me pierde, se me raya o algún boludo me echa el vino encima, no tenga que cagarme a sopapos, así que supongo tendré que optar, y no quiero: ¡primero la Les Paul!, je,je, encontré los signos de admiración, al menos, algo es algo, estoy mal hablado (mal escribido sería) hoy, no....supongo estaría mejor si encontrase los famosos signos.

Otros proyectos: un libro con letras de mis canciones, me falta hacer la tapa de “Canciones urgentes” y de “Performance”, y empezar a venderlo en los conciertos (así le dicen acá a los shows), aunque ya tengo otro medio disco grabado en el ordenador de Fran Reca, mi amigo, el delirante cantautor granadino, pero puede perderse en cualquier momento: así es Fran, un niño grande. Hace unos meses dimos un show juntos en La Tertulia, lo grabó integro en minidisc, quedó fantástico, Julio Muñoz de invitado en el violín (un cubano compinche, increíble lo que toca ), y que hizo Fran: ¡perdió el minidisc!. Impresionante. Bueno, me voy a comer. Les dejo un cuentito corto con moraleja.

Llega el tartamudo al bar, la chica solitaria en la barra, tomando una cerveza. El man pide otra al barman, y le dice, tartamudeando: ho-ho-la-la ne-ne-gra...co-co-como te va...”todo bien.”, responde la chica. ¿Te-te-.tene-ne-nes ganas de coger ahora?....no encuentro los signos de interrogación.La mina lo mira, suspira y le dice: no lo había pensado, pero ¡me convenciste con tu facilidad de palabra!  (moraleja: todo tiene que ver con la voluntad y predisposición que uno tenga para hacer las cosas).

Hasta la próxima vez.

© Mario Ojeda, Granada, Septiembre de 2004.