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marioojeda

Todos necesitamos un productor

Todos necesitamos un productor

Y es así. Por algo artistas célebres como John Lennon, por ejemplo, siempre tuvieron detrás un reputado técnico en la consola de grabación, y generalmente también, otra “oreja”, alguien que, representado en la figura de un productor artístico o musical, pudiese aportar otra visión a las canciones que el artista iba registrando.

Lennon, por ejemplo, que no era ningún tonto (y que por otra parte, por supuesto que podía elegir grabarse y producirse él mismo), siempre contó con un Phil Spector, un Glyn Johns, un George Martin o cualquier otro talento productivo detrás.

Sino (recordar acá la nota sobre los egos), todo termina convirtiéndose en un ejercicio puñetero de ego desmedido: mirá que bien que canto, mirá qué bien toco, etc, etc.

Por otro lado, el productor es también aquel que pone en práctica el viejo axioma de que “la música es el arte de combinar los horarios”. Esto es, ordenarse para trabajar.

Infinidad de veces he sido testigo de grupos o artistas que entraban a un estudio de grabación, por ejemplo, sin tener la menor idea de qué iban a grabar. Qué canciones, que instrumentos usarían, que orden le darían a los temas, en qué tonalidad la registrarían, quién grabaría él o los solos de cada canción –si los tuviese-, quién haría los coros, etc, etc. Ni hablar de ponerse de acuerdo o de llegar a horario. Siempre es normal que el guitarrista y el teclista, por ejemplo, lleguen al estudio antes que el bajista y el batería. ¿Y no deberías ser al revés? ¿No es lógico levantar los cimientos de una casa antes que el techo o las paredes? ¿No deberían entrar al estudio con las canciones ensayadasy las partes de cada uno aprendidas? ¿Quién decide cuál toma es la mejor? ¿Tiene sentido grabar 18 veces un solo de guitarra, por ejemplo, para luego ponerse a discutir cuál toma queda? ¿Quién decide esto? No debería ser el productor?

Esto, que parece una estupidez, es como querer hacer un pastel de cumpleaños sin saber los ingredientes, ni el tiempo de cocción, ni si el cumpleañero es varón o mujer. ¿Se imaginan una torta cruda, sin gusto, pegoteada, bañada de color celeste, dedicada a una niña que cumple años? ¿No suena fuera de lugar? Lo mismo ocurre con las canciones.

Definir el concepto antes  de grabar un disco, de preparar un concierto o una actuación radial o televisiva, es tanto o mas importante que la interpretación en sí. Esto es tarea de un productor, y no siempre se tiene en cuenta. Y no todos los artistas son capaces de oficiar ellos mismos el rol de productores, guarda.

En la historia de la música, han sido contadísimos los casos de tipos capaces de producirse a sí mismos. Pienso en John Fogerty con los Creedence, en Jimmy Page con Led Zeppelin, Paul Mc Cartney en algunos (escasos) discos, no muchos más. Y no es casual que ésto ocurra así. Aunque muy pocos lo tengan en cuenta.

Hasta la próxima vez.

 

Mario Ojeda

cenicientadiscos@hotmail.com

Nuevos sueños -2003

Nuevos sueños -2003

A veces pasa que las expectativas que uno tiene, se desinflan como un globo pinchado. Ocurre ésto generalmente cuando uno espera demasiado de ciertas cosas: no es el caso de quién ésto escribe. Hace años que no espero nada de los demás, solamente me gratifica proponerme cosas, tener proyectos, y luego ver de qué manera puedo realizarlos.

Así partí de Resistencia un día, así hice mis discos, mis viajes, mis conciertos, o cada cosa que se me ocurrió, tanto en Gesell, como en Mar del Plata, Buenos Aires. O acá mismo en Granada.

Recuerdo estar en Mardel, y con sólo tres meses de residencia en allí, pedir la sala del Teatro Colón para organizar un recital con Rafael Amor: lo hice, grabé un disco, filmé un vídeo. Algunos amigos se asombraban: la lógica para ellos hubiese sido conseguirme un par de lugares chiquitos para tocar, para mostrarme y no aspirar a realizar un teatro grande. Es el mismo esfuerzo, les respondí. Y para volar, quiero volar alto. Sino, me quedo en mi habitación tocando la guitarra, les respondí. Y no es soberbia, es la confianza que te da el saber que se tiene con qué. Lo demás es espuma, puro ruido y pocas nueces, o “demasiado ruido”, como canta Joaquín Sabina.

Acá en Granada, me ocurre exactamente lo mismo pero al revés: ya no quiero “apiolar giles”, como una vez me dijo León. Hago lo que tengo que hacer y punto. Tengo mi ordenador permanentemente encendido: escribo mis cosas, las guardo, grabo mis canciones, las cuelgo en la red, voy a escribir un libro de canciones (¡otro mas!), salgo a tocar cuando tengo ganas, pero a nadie le interesa tampoco ésto. Casi toda la gente que conozco está sumida en el mismo letargo de otros que, en vez de ayudar, te tiran para atrás. Y no voy a engancharme con eso, no señor.

No quiero esa historia para mí. Existe otra forma de ver y vivir la vida. Y de sentirla. Me quedan muchas canciones por escribir, muchas películas para ver, muchos libros por leer, muchos viajes por hacer, muchísima más gente por conocer.

Deseo vivir las cosas con total intensidad, mojarme con la lluvia, sentir que el viento frío del invierno me pega en la cara, o que el calor humedece mi espalda en verano, pero también disfruto enormenente de las hojas marrones cayendo de los árboles en otoño, o ver esos mismos árboles florecer en primavera. No quiero pasarme la vida durmiendo.

Duermo la siesta porque disfruto con ello, pero una hora está bien. No más. Tengo que seguir creando, debo seguir viviendo, quiero seguir disfrutando del aire que respiro, o de escribir a mis amigos, o de salir a caminar. No importa el escenario. Me he perdido y reencontrado en París, ampollé mis piés en Londres, gozé enormemente con los recovecos de Brujas o Amsterdam, disfruté del aire de Bruselas o caminar las ramblas en Barcelona, pero queda más, mucho más. Queda mucho mundo para ver aún. Me da lo mismo cantar en un bar de mala muerte como hacerlo en un escenario en serio. No se me cae ningún anillo por trabajar de camarero o empleado en un comercio, si tengo que volver a hacerlo.

Recuerdan aquella vieja canción de mi admirado Moris “tiempos aquellos de los rosedales, novias de flores, primeros cigarrillos...nunca el colegio, siempre la vida, y las mañanas de sol aquel...” ¿era Pato trabaja en una carnicería, verdad? Eso quiero. Sentirme así otra vez. La frase de Lía Lerner (la mamá de Alejandro): “uno tiene la edad de sus proyectos”. Qué gran verdad. Estoy en eso. Hasta la próxima vez.

 

Mario Ojeda, Granada, 2003

cenicientadiscos@hotmail.com

Moneda de cambio

Moneda de cambio

Es interesante descubrir –o reconfirmar, mejor dicho-, que uno valora siempre mas las cosas cuando no las tiene. Puede ser una guitarra, una casa, un auto, o su mujer, llegado el caso. Bueno, a lo que iba. Suelo escribir mis crónicas porque me agrada a mí, básicamente. Es decir, el puro placer de escribir. Que, en mi caso, se iguala perfectamente muchas veces con el placer de grabar o tocar la guitarra. Pero, del mismo modo que siempre he sostenido que ensayar con un grupo y no salir nunca a tocar, es una especie de masturbación gratuita, del mismo modo escribir sin tener lectores a veces puede volverse eso –es decir: soy masturbador compulsivo, ja,ja – A lo que iba: subí un link de mi blog a la red –éste, que usted está leyendo, estimado lector-, y un amigo trovador hondureño, Guillermo Anderson, lo posteó en su página de facebook. Hasta ahí llegó la repercusión, es decir, confirmando el título de mi crónica anterior: “a nadie le importa”. Pero bueno, a Guillermo le interesó lo suficiente como para postearlo, y eso está bueno.

Básicamente, lo que venía a contar en ese relato anterior es, sencillamente, que la España de hoy, mal o poco que le pese a muchos, no es, ni remotamente, la España fértil para los trovadores como era hasta hace 10 o 12 años atrás, sin ir más lejos. Más aún, ni siquiera tiene punto de comparación con la España del 2004, donde aún los ayuntamientos y salas con posibilidades de contratación, pagaban ciertos cachets por ir a tocar. Hoy, noviembre de 2010, la realidad es muy distinta. Los ayuntamientos no contratan. Si contratan, ¡pagan a los 90, a veces a los 120 días! Es decir: el músico debe pagarse los gastos de traslado, dietas y alojamiento hasta el lugar de la actuación, para realizar su show –acá le llaman bolos a los conciertos-, y luego sentarse a esperar para cobrar. Pero, además, y esto es realmente llamativo, los propios ayuntamientos se han colocado en rol de productores de conciertos. ¿Qué no es posible? Pues sí. Ahora lo van ver más claro.

 Pongamos por caso un ayuntamiento cualquiera, con un teatro a su disposición para programar –un 90 por ciento de los ayuntamientos españoles han  hecho teatros increíbles con sus propios sistemas de sonido e iluminación, ¡pero no tienen dinero para programar!, con lo cual hay inumerable cantidad de espacios escénicos sin usar-.

A lo que iba.

Un programador cultural, un técnico de cultura de un ayuntamiento, por seguir con el ejemplo, debería tener un equis presupuesto anual para contratar actividades que pudieran representarse en su localidad –sea teatro, música, magia, cuentacuentos, lo que fuera-. El tema es: como no hay presupuestos, no contratan. Ellos siguen cobrando religiosamente sus sueldos, obviamente, aunque no programan nada, que para eso les pagan. Pero ahora hay otra variante que resulta, cuanto menos, llamativa, y que roza prácticamente la competencia desleal, a nivel de producción, con un empresario o productor privado.

Pongamos que a un técnico de cultura se le ocurre contratar para que actúe en su teatro, a un artista equis. El lugar ya lo tiene, el sonido y las luces, también. Con lo cual se ahorra ese costo. También el personal –taquilla, acomodadores, etc.- Incluso tiene, muchas veces, una radio también municipal a su disposición, con lo cual puede difundir la actividad y hacer la difusión correspondiente. Tiene, además, personal ocioso para salir a pegar carteles. Y muchas veces, una imprenta también municipal a su disposición, donde incluso puede imprimir esos mismos carteles publicitarios. Es decir, resumiendo: costo cero de producción.

Consulta el prespuesto de un artista equis, y le responden, por poner un ejemplo. 8.000 euros más IVA más cena más hotel. Eso suma alrededor de 10 o 12.000 euros. Si un empresario privado, insisto, quisiera contratar a ese mismo artista, en ese cachet, teniendo una foro disponible de, digamos, 400 butacas, debería cobrar la entradas a 30 euros, para poder cubrir costos, ¿verdad? (a ver: cuatro por tres 12, mas gastos extra). Bien, pero allí aún no incluyó la deducción del 10% que se queda la SGAE por derechos de autor, ni el costo del alquiler de la sala, ni el sonido o la iluminación, si tuviera que alquilarlo aparte, ni el costo de la promoción radial ni la cartelería –impresión, pegatina, etc.-

Es decir que, haciendo números aún más cercanos a la realidad, para no perder dinero, el empresario privado en cuestión debería cobrar las entradas a 35 euros, cosa casi peligrosa en los tiempos que corren.

El programador municipal, en cambio, hace el cálculo al revés: “Tengo todo gratis. Pongo las entradas a 20 euros, con lo cual las vendo todas, son 8000 euros. Si necesito, pongo algunas sillas en los pasillos, y vendo mas entradas. Y si no cubro los 12.000 euros de producción, me di el lujo de traer a fulanito a cantar al teatro, por sólo 2000 o 3000 euros, que es más o menos lo que puedo perder…”

Imaginen un productor privado planteándose perder ese dinero, antes siquiera de hacer el concierto. Estaría loco, directamente.

Conclusión: no hay 2000 o 3000 euros para contratar a tres grupos locales o zonales tres veces por año, pero sí hay ese dinero para perderlo contratando a fulanito de tal, que era lo que le apetecía al alcalde, concejal o técnico de cultura de turno.

¿No es eso competencia desleal, acaso?

Pero hay mas variantes, ¿eh?, que la cosa no es tan sencilla. Con el famoso cuento de “no tenemos presupuesto”, los programadores, en vez de contratar, y negociar cachets (para que ese presupuesto anual dedicado a cultura rindiese mas), se limitan a ofrecer el teatro “a taquilla”, mas o menos con las siguientes palabras: “Mira, presupuesto no hay. Es decir, puedo ofrecerte el teatro, vos te haces cargo de la promoción, pegatina de carteles, me dices a que hora quieres tenerlo disponible, te traes tu propio técnico de sonio y luces, porque sino tengo que pagarlo yo, hablas con los grupo musicales, o la compañía de teatro que quieras programar, buscamos una fecha, y le damos para adelante…”

Me hace acordar de los dueños de los bares que quieren programar actividades musicales en sus garitos, pero no pagan. Te dicen: “trae a un amigo que se quede en la entrada del bar, y la taquilla que recauden es para ustedes, que yo trabajo la barra. Aparte, debes traer tu sistema de sonido, que acá no hay…”. Por supuesto, si te avienes a ese trato, y el día de la actuación vino poca gente, el responsable del fracaso artístico-económico eres tú, no el dueño del bar, que encima se molesta, y andá otra vez a pedirle una fecha, a ver que te responde. O te la da, pero para abril de 2015 0 2018, que para esa época espera ya que seas conocido, y tengas una legión de fieles seguidores a cada concierto, de modo tal que el bar se llene y él pueda vender muchas cervezas, que es lo que le interesa.

Nada nuevo bajo el sol, en suma, pero quería escribirlo y descargarme un poco, aunque no haya perspectivas de cambiar ésto por el momento. Por supuesto, para los cuatro o cinco “consagrados” de turno, esos que suenan permanentemente en las radio fórmulas pagas, para ellos sí hay dinero, no vayan a creer.

Como cantaba Serrat, “nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio…”

Hasta la próxima vez.

 

© Mario Ojeda, Granada, 21/11/2010

¿A quién le importa?

¿A quién le importa?

¿A quien le importa?

La omnipresente sombre del éxito (o del fracaso), planea irremediablemente sobre todo aquel que se dedica al arte. Traducido esto, claro está, casi exclusivamente en terminos económicos. Dicho de otro modo, podes ser mas o menos famoso (odio esa palabra, pero la uso siempre: debe leerse conocido, popular, mediático, como quieran), pero siempre y cuando ganes dinero está bien. Es decir: dime cuanto tienes, te diré cuanto vales. No importa si lo que haces, lo haces bien, regular, excelente u horripilante. Lo importante es ganar dinero. Esa idea del éxito económico a cualquier costa. Es eso, básicamente, lo que se le ha inculcado a las nuevas generaciones. Donde pareciera que robar, o cobrar mucho po hacer casi nada –que al fin y al cabo es lo mismo-, ese sería el camino a seguir.

Y no es así. O al menos, tengo claro que no debería ser así. Las cosas no suceden porque si. Tampoco ocurren de un día para otro. A veces si, claro está. Al menos, para algunos. Pero son las excepciones que confirman la regla, no la generalidad. Y esto uno debe tenerlo claro desde un principio.

Lo mismo con el paso del tiempo. El tiempo pasa siempre, caiga quien caiga y le pese a quien le pese. Es decir, apostar todo a un posible éxito con el arte en general, no es, de movida, una inteligente elección de vida. No porque no pueda salirte bien. Puede que si. Pero normalmente no. Y cuando esto ocurre, es decir, si la cosa no sale como esperabas, de pronto te encontrás con 40 o 50 años, dando vueltas con la guitarrita (o los pinceles, o las gubias de tallar, es igual), sin saber que hacer a esa altura con tu vida.

No. Es mucho mas lógico buscarte un trabajo que te de comer, que te de tranquilidad, y seguir haciendo arte por el puro placer de hacerlo. Trabajar en serio, además. Estudiar, practicar, mejorar tu técnica, y tratar de hacer (y mostrar), cosas que realmente valgan la pena porque, independientemente de que a la gente le agrade o no, hoy por hoy, quizás en unos años la cosa cambie, y empiecen a darle bola a las cosas que hacías. Aunque uno ya no este. Lo cual debe ser una putada –preguntenle a Van Gogh-, pero asi son las cosas: no siempre salen en tiempo y forma. Si uno insiste, salen seguro. Lo cual no significa, claro, que salgan cuando uno mas las necesita. O quizás no salgan nunca… ¡pero quien nos quitará lo bailado!, ¿no?

En realidad, lo realmente complicado en este oficio (y creo que en todos), es aprender a desprenderte de tus emociones. Es decir, aprender a no involucrarte. Hacer lo que tengas que hacer. Parece una obviedad, pero esa es la razón por la cual un medico cirujano, por ejemplo, no puede operar a un familiar: hay demasiada conexión, no puede operar con perspectiva, no lo haría profesionalemnte bien.

Con el arte en general, y con la negocio de la música en particular, ocurre exactemente eso. En primer lugar, una cosa es la música, por ejemplo, y otra muy distinta el negocio de la música. Parecen cosas parecidas, pero no lo son. Sigo sosteniendo que hoy es un excelente momento para hacer música: los medios que uno tiene al alcance de la mano son increíbles: buenos instrumentos asiáticos a un precio accesible, programas de grabación y producción musical prácticamente profesionales en un simple ordenador, equipos y sistemas de sonido bárbaros y económicos, etc.

Claro, vivir de la música, hacer de este oficio una profesión, es algo muy, muy distinto. En primer lugar, porque hay mas oferta que demanda. Es decir: hay demasiados músicos dando vueltas, ofreciendo su arte no ya al mejor postor, sino muchas veces por lo que le ofrezcan. Eso complica terriblemente todo. Hay muchas, muchísimas posibilidades de difusión, pero, paradójicamente, esta misma posibilidad lo que ahce es dispersar el asunto. Tomemos un ejemplo cualquiera: ya he dicho que a la radio no hay con que darle en cuánto a penetración masiva. Pues bien. Antes, en la epoca de las emisoras de amplitud modulada, había solo dos o tres radios. Te pasaban en algunas de ellas, y ya eras conocido. Hoy, por el contrario, hay cientos de emisoras FM. Entonces, excepto que tengas un montón de dinero para invertir en publicidad, y ser radiado en varias de ellas al mismo tiempo –y esto durante varios meses-, que te pasen en una o dos no cambia nada: sigues siendo anónimo.

Con internet ocurre lo mismo. En el “google” está todo, siempre lo digo. Pero, claro está, ¡siempre que vayas a buscarlo! La información no sale del ordenador, tienes que encenderlo y buscarlo tú. Te queda la televisión pero, se sabe, lo que menos les interesa a los programadores televisivos es descubrir nuevos valores de la canción. Ni siquiera esos programas tipo “Nace una estrella”, o cualquier título pedorro de esos.No. A los tipos, lo que les interesa es llamar la atención, para tener audiencia y vender mas publicidad. Es decir: no importa si los aspirantes a estrella tiene más o menos talento. Mejor aún: si son unos freckies que cantan desafinado y pasan el día agarrándose de las mechas en las “academias” de esos concursos, eso va a garantizarles mayor audiencia, asi que apuntan por ahí.

Luego, a quienes se toman este oficio en serio, no les queda mas que tocar en bares, algunas veces en algún teatro, contratados por algún ayuntamiento, o dedicándose a dar clases para sobrevivir. Nada más lejos de una apertura de difusión importante. Insisto: no es que este mal, ni que esto sea el acabóse. Es la realidad, nada más, y hay que aprender a convivir con ello.

Quedan los carteles publicitarios, lo cual era la opción desde hace mucho tiempo. Sólo que ahora te multan por pegarlos en lugares no indicados, ¡y que hay cientos de miles de carteles por la calle! ¿Cómo vas a destacarte pegando carteles?

Bueno, la seguimos.

 

© Mario Ojeda, Granada, 19/9/2010

Clarificando cuestiones

Clarificando cuestiones

Una de las cuestiones principales a tener en claro cuando uno va a producir algo es, ni mas ni menos, saber que catzo va a producir. Así de sencillo. Es decir, no es lo mismo producir un concierto de rock, que un festival de tango. O una rave en una discoteca, o un festival “chill out”, que un recital de poesía -¿hay algo mas aburrido que un festival de poesía? ¡Si!, ¡un festival de blues!-  Bueno, en serio: uno debe tener muy claro “que” va a producir, antes de comenzar a hacerlo.

Tengo un amigo viviendo en Madrid (bah, ahora: antes vivió cuatro años en Londres, y allá lo visite tambien: ¡esto simplemente queria decirlo!). Bueno, se llama Tancredo, fue violinista de León Gieco como 15 años, y ahora vive en Madrid. Entre otros proyctos, Tancredo tiene uno muy piola llamado “Maltango”. Básicamente, es el tocando el violín, sobre una pista de música electrónica que  va pinchando un disc jockey (o Dj, como le dicen ahora). Toca canciones de tango muy, muy conocidas, la línea melódica solamente, y cada tanto mete algunas palabras en español o ingles. Que conste que digo “palabras” y no letras, en serio. Dice, por ejemplo, “kiss me”, o “¡baila, morena!”, o “come on, ¡dancing!”… eso es todo. No hay ninguna pretensión filosófica, existencialista ni cultural detrás. El mismo lo dice: “yo hago esto, y punto”. Y le va bien, muy, muy bien. Varias radios FM en Londres, Nueva York o Amsterdam, por ejemplo, “pinchan” sus temas. Incluso, ha sido editado en varias recopilaciones, ¡hasta en Suiza! Para salir a tocar –suelen contratarlo en discotecas, raves, o incluso producciones publicitarias, a las cuales pone música-, son él y un DJ. Nada más. Dos personas para todo: para viajar, para reservar un hotel, para comprar pasajes en avión, o desplazarse en un coche si la actuación está cerca.Se inventó esta historia, y le va fenómeno. Obvio, aparte toca de invitado de este, de aquel, hace grabaciones, etc. Pero su proyecto es ese. Un concepto, una idea clara, y a llevarlo adelante.

Ahora bien. Yo no hago eso. No puedo entrar en su circuito (¿me imaginan a mi con una guitarra acústica haciendo mis canciones pedorras en una discoteca?). Ni yo puedo entrar en su circuito, ni el puede entrar en el mío (¿o se imaginan a Tancredo en un teatro, la gente sentada, y el y su DJ haciendo música tecno? No, no da).

Digamos que yo estoy en un circuito antiguo. Casi, diría, prehistórico, por no decir perimido. Un circuito en cual, por ejemplo, de entrada nomás se pretende que la gente pague una entrada, y luego se siente en silencio a escucharte… ¡sin conocer tus canciones! ¡Sin haberte escuchado antes por la radio! Ya, ya. “Frekies” hay en todos lados. Y por eso hay 50 trovadores españoles haciendo eso: van de ciudad en ciudad, con sus discos en una mochila, a tocar a bares, para 20, 30, a lo sumo, 40 personas, que pagan una entrada para ver a un tipo anónimo, cantar canciones más anónimas aún… ¡y además les compran discos! Ya lo dije: “frekies” hay en todos lados pero, ¿hasta cuándo se pueden sostener así? ¿Qué proyección tiene eso? Ninguna, en realidad.

Mas tarde o más temprano, la gente se cansará de ir a verlos a bares, habrá otros nombres, otros trovadores, que empezará a recorrer el mismo camino para terminar agotando (y agotándose), realizando el mismo circuito. La única alternativa real de escapar a eso, es conseguir contrato con una discográfica multinacional, que te radie tus temas 15 o 20 veces por día, durante seis meses o más, y así, con suerte, salir de ese circuito y empezar a tocar en pequeños teatros, con una entrada más digna (porque tambien será mas digno el concierto. Seguramente, el cantautor ya no irá solo con su guitarra, sino acompañado por dos o tres músicos detrás).

Así lo hicieron los Serrat, los Sabina, los Aute, los Víctor y Ana, y algunos pocos más. El resto, es decir, los de ahora, parecen estar condenados a seguir recorriendo la geografía española en su cochecito, cargando sus propios equipos de sonido, su guitarra y su maleta con discos autoeditados, a ver cuantos pueden vender en cada show, hasta poder vender casi toda la tirada inicial, para pagarse una nueva. O mejor aún, haciendo un nuevo disco, para autoeditarlo otra vez y comenzar nuevamente el peregrinar. Ya lo dije: un sistema prehistórico, arcaico, en estos tiempos de internet y veloces comunicaciones.

Tampoco es que tengan demasiadas opciones, en realidad. Bueno, si. Hay casos de niñas cantautoras, cuyos padres son constructores inmobiliarios – es decir, gente con dinero-, que ofician de mánagers de sus hijas, pagando ediciones de discos, pagando arregladores, pagando estudios, alquilando sistemas de sonido, pagando músicos, salas de ensayo, y que finalmente terminan alquilando teatros para que “la nena” toque en ellos. Previo pago, además, de una importante campaña publicitaria, sino, ¿Quién los va a ir a ver? Y hay muchos casos, ¿eh?

No es que este mal. No señor. Cada uno hace con su dinero lo que le place.

El punto no pasa por ahí. Otra vez, el tema del concepto. ¿Qué tiene eso de artístico? Muy poco, en realidad, pero es lo que hay. Cada tanto explota alguno igual. Varios ex cantantes de “orquesta de verbena”, como llaman acá a los grupos de bailes populares. Caso David Bisbal, David Bustamente o algún otro que se me escapa. No es que esto este mal tampoco, insisto. ¡Que mas quisiera yo que ser Bisbal, no me jodan! El quía canta bien, baila fenómeno, tiene un show súper ordenado y montado, ¿Qué puede un salame como yo criticar? ¡A mi encantaría escribirle canciones por encargo a Bisbal, y despues pasar cada dos o tres meses por la sociedad de autores a cobrar mi dinero por derechos de autor!, ¿de que me hablan? Es como muchos rockeros que reniegan de un grupo como Maná, por ejemplo, porque dicen que no hacen “rock”, sino “pop” ¡No me jodan! Los Beatles al principio, ¿Qué hacían? ¿Hubieran sido Beatles si no hubiera aparecido un Brian Epstein para poner dinero detrás, conseguirles un contrato de grabación, pagarles grabaciones, y comprárles equipos de sonido para que pudieran sonar al menos decentemente? No, seguramente no. Lo otro, la fama, el dinero, vino despues. Pero al principio fue “Mr. Epstein”, es decir, un tío con dinero, que invirtió en ellos.

Hay mucha gente que no entiende esto. Es decir, “no tiene claro el concepto”, para decirlo otra vez.

El arte, como norma, no da de comer. Les da de comer a algunos pocos, esa es la verdad. Y quien diga lo contrario miente. O es un imbécil.

¿Qué haría yo si tuviera tiempo y edad hoy por hoy para tratar de “desarrollar una carrera musical”? Bueno, entre muchas otras cosas, seguramente me quedaría viviendo en Madrid. Me buscaría un trabajo (o “una mujer con sueldo fijo”, como diría Javier Krahe), para resolver cuestiones tan elementales como comer, ir al dentista o pagar el alquiler, por ejemplo. Y despues me dedicaría a tocar, tratando de hacerlo en centros culturales, que me vería y escucharía más gente que tocando en bares –encima, teniendo que alcahuetearles a sus dueños como si fueran empresarios, para convencerlos de que me dieran una puta fecha-. Visitaría cotidianamente las radios, las revistas, los canales de TV, tratando de colocar algún tema en una telenovela, o que me fiche una editorial que tratase de colocar mis canciones en otros países, para un aviso publicitario, o lo que fuera. Trataría de aprovechar los “medios masivos de comunicación”, como se les llama acertadamente, para tratar de que mis canciones suenen en la mayor cantidad de lugares posibles. Y despues si, finalmente, si pinta alguna discográfica interesada en invertir dinero en mí (seguramente, siempre y cuando yo ya estuviera “sonando” y moviendo gente, que las discográficas no son estúpidas), trataría de firmar el mejor arreglo posible en lo económico, sabiendo casi de antemano que mi disco, además de salir al mercado, va a tener una cierta difusión, sino, ¿para que catzo quiero un disco mas, que no va a escuchar nadie?

Fíjense si este sistema es obsoleto, que cada vez hay menos festivales de cantautores –o cada vez tienen menos presupuesto-, y que en Argentina, por ejemplo, cuando antes, el objetivo a cumplir era llenar el estadio Obras Sanitarias, con un aforo de 5000 o 6000 personas, o el Gran Rex –con un aforo de 3500 butacas-, que eso te garantizaba prensa, difusión y giras varias, hoy, la mayoría de los tipos conocidos, hacen el ND Ateneo, un viejo cine reconvertido en teatro, en el centro de Buenos Aires, donde no entran mas de 800. Y en Madrid, por ejemplo, el objetivo es hacer salas como la Galileo Galilei -600-, o la sala Clamores –no más de 400-. A este paso, en dos o tres años la máxima aspiración va a ser dar conciertos en “el salón o la terraza de Periquito Perez”, como ya está pasando en París, Bruselas, Amsterdam o Berlín, claro, eso sí, “todo muy modernoso”…

¡Los “Imagen” tocaban así en Resistencia!,mi ciudad natal, allá por 1980, hace treinta años, ¡porque no había una puta sala donde tocar! Y si conseguíamos algún teatro, o la sala de actos de la ENET Nro 1, -400 personas-, ¡llenarla era un milagro! En fin…

Ya les dije antes: da para largo el tema, ¿no?

Hasta otra vez.

 

© Mario Ojeda, Granada, 14/8/2010

Nuevas consideraciones acerca del oficio de músico

Nuevas consideraciones acerca del oficio de músico

Llevaba varias semanas sin escribir nada, sencillamente por falta de tiempo. Asi que, no sé por donde empezar –tengo muchas más ideas en mi cabeza, que tiempo para escribirlas, como me pasa siempre-. A ver, por donde empezar… Partamos de un punto equis: ser músico es un oficio como cualquier otro, pongamos por caso, un fontanero. A nadie se le ocurre preguntarle a un plomero por la marca de las herramientas que tiene. Simplemente, porque son eso: herramientas que él tiene para trabajar. Es decir, se te descompone el calefón –calentador-, que pierde agua, por ejemplo. Llamas al fontanero, el tipo viene, mira, y te dice: hay que soldar acá y acá. Punto. Lo hace. Cobra por eso y se va. No te pide “tal y tal soldador, tal estaño, tal alicate, tal pinza, tal llave…”. No. El tipo las trae en un maletín.Con el músico, debería ocurrir lo mismo. Un mínimo de herramientas básicas tienes que tener. Esa es tu inversión: comprar las herramientas mínimas para trabajar. Pero luego, en verdad, lo que importa es lo que hagas con esas herramientas.

Es decir, a nadie le importa la marca de la guitarra que uses, o el teclado que tengas. No. Lo que se pide, lo que se pretende, cuando alguien contrata a un músico, es que este haga su parte bien. Que toque en tiempo, que cante afinado. Nadie, cuando te escucha, va a decir: “¡Como suena la escala mixolidia de La mayor tocada a través de esa telecaster HAMMER –o la marca que sea-, tocado con púa a través de una pedalera ZOOM conectada a un MESA BOGGIE RECTIFIER! ¡A nadie le importa eso! Se trata de entretener, simplemente. Que la letra de tus canciones se pueda cantar, que el solo de guitarra que hagas se pueda recordar. Mejor aún, que se pueda tararear.

Hay gente, mucha, que no entiende esto. Se pasan años tratando de comprarse tal y tal equipos, para al final, cuando los tienen, siguen haciendo una música de mierda, cantando horrible, desafinados, o tocando fuera de tiempo. ¿Para qué diablos perdieron tantos años de su vida aspirando a tales instrumentos, para encontrase luego en ese punto?

Uno debe hacer lo mejor que puede con lo que tiene. Siempre ha sido así. George Harrison le compró su Gretsch, esa guitarra negra grandota que usaba en los primeros discos y giras con Los Beatles, a un marinero americano en Hamburgo. ¡E hizo una música bárbara con ella! Luego, claro está, pudo comprarse instrumentos mejores –todos los que quiso, en realidad-. Pero al principio, usó lo que tenía a mano. Y así todos: Springteen, Dylan, B.B.King… ¡todos! B.B.King, ya que lo nombré, por ejemplo, es hoy una leyenda viviente del blues. ¿Y saben que? Más allá de la música que hace, lo realmente llamativo de B.B.King –como Buddy Guy, Howlin Wolf, o tantos bluseros negros históricos-, no es tanto lo que toca hoy o ha tocado. Lo llamativo es, insisto, que un tipo sin estudios, proveniente no ya de una familia humilde, sino, sencillamente, de una familia de un nivel económico paupérrimo, que recolectaba algodón en Missouri, haya podido llegar a ganarse la vida tocando la guitarra. Eso es lo verdaderamente destacable. Que se haya enfrentado a la vida, y le haya ganado la partida. Eso, insisto, es lo verdaderamente hay que resaltar. Todo lo demás, lo siento, pero son boludeces.

El aguantar, simplemente, puede algo ser realmente destacable muchas veces. ¿Alguien se acuerda el nombre de los músicos de Janis Joplin? ¿O de los músicos que tocaban el bajo y la batería en los Bluesbreakers de John Mayall, donde debutó con un disco inmenso un tal Eric Clapton? No. Nadie se acuerda de ellos. ¡Joder! Hay mucha gente, muchísima, que no sabe quien es Peter Green. Pero de Clapton si se acuerdan. Es mas, mucha gente sabe quien es.

Porque, al fin y al cabo, de eso se trata al final. De estar siempre ahí, subido al caballo, tratando de domarlo. A algunos se les da enseguida. A otros, les toma años. Y a otros no se les da nunca, pero la cuestión pasa, siempre, por disfrutar el camino.

Y, sobre todo, no querer abarcar más de lo que uno puede.

Hace unos meses, un amigo me ofreció venderme un BMW, cuatro puertas, diesel, modelo 2000, con apenas 120.000 km., por 2500 euros. Le dije que no, gracias. ¿Por qué?, me preguntó… “Mirá”, le contesté. “Apenas puedo mantener el corsita, que cualquier arreglo me sale 50 euros, y cambiar un espejito 15, ¿cómo voy a mantener un auto que cualquier entrada al taller me cuesta 300 o 400 euros? ¿Y si me rompen un espejo retrovisor? Eso son 400 euros, mínimo… yo no lo puedo bancar, macho. Dejame con el mío nomás…”

Lo mismo ocurre con los instrumentos… ¡o los discos! Hay gente que toma un crédito bancario para “grabar” un disco. Y se gasta toda la pasta en eso. Luego, descubre que tiene que “fabricar” el disco ahora. El soporte físico, las tapas, etc. Que luego hay que “distribuirlo” –es decir, conseguir que alguien te los reparta por las disquerías para poder venderlo, y que eso también tiene un costo-. Y que luego hay que “promocionarlo” – es decir, pagar para que lo difundan en las radios-, y nada de eso puede hacer. Así entonces, termina vendiendo su disquito en los conciertos. ¿Cuánto tiempo le va a llevar eso? Digo, ¿cuánto tiempo le tomará recuperar la inversión? Porque, además, cuando vas juntando dinero, te lo vas gastando. Muy poca gente tiene el suficiente orden y constancia para “reinvertir” el dinero obtenido con la venta de esos discos, guardarlo en una cuenta, para luego, dentro de 3 o 4 años, empezar la historia otra vez –grabar otro, fabricarlo, distribuirlo, etc.-

De todos modos, quisiera aclararlo –aunque para mi esté muy claro-, que esto no significa conformarse. Nada de eso. El ser humano es ambicioso por naturaleza, y yo no soy una excepción. Pero mis ambiciones pasan mas por viajar, o por tener salud y mantener mi trabajo, o que la gente que quiero tenga salud y trabajo, mas que por poder comprarme una nueva guitarra, una casa, o cambiar el coche. De hecho, algo de esto he logrado con mis compañeros de ruta. Antes viajábamos después de comer, llegando casi sobre la hora al lugar de la actuación, lo suficientepara probar sonido, tocar, cenar algo, luego irnos al hotel y al otro día mas o menos lo mismo, si es que no nos tocaba regresar a Granada. Ahora lo hacemos al revés, mucho mas cercano a mi sentir: salimos de mañana, temprano, hacemos varias paradas en la ruta, almorzamos en la carretera, llegamos, nos dormimos una siesta, luego un café, probamos sonido, nos da tiemo para una cerveza, luego el show…etc.

Por correr, yo no quiero correr más ni el autobus, esa es la verdad. Nunca confundí la tristeza con la nostalgia, o la nostalgia con la melancolía. Ni el sendero con la ruta. Ni el destino con la carretera. Son pasos en el camino, con vistas al objetivo final, nada más que eso.

Me voy a tocar la guitarra.

La seguimos.

 

© Mario Ojeda, Granada, 28/10/2010

A modo de excusa

A modo de excusa

Tenia apenas 20 años, recien cumplidos, cuando actue antes que León Gieco en el Cine America de Corrientes, Argentina, hoy convertido, como tantos, en un templo evangelista. Venía de tocar con equipos berretas, duros, pesados, de poca fidelidad, ya saben, lo que nosotros podíamos permitirnos entonces, y me encontre de pronto probando audio para tocar antes que León: un sonido prístino, transparente, gigantesco para los cánones de la epoca, y con la excelencia de Osqui Amante, nada menos, manejando los controles. Tampoco era nada de otro mundo, mirándolo desde hoy: una mesa de 8 canales, reverb, algo de delay, chorus –ahí me entere de que existía el chorus para la guitarra-, micrófonos de buena calidad, monitores de retorno, 1000 vatios de P.A…

“¡Cómo cantaste hoy!”, me decían al terminar. Claro, ¿cómo diablos iba a explicarles que no era yo? Mejor dicho, que si, que era yo, que lo que se escuchó claramente por vez primera, era mi propia voz, mi pedorra interpretación de guitarra y las mismas canciones pedorras que sigo escribiendo ahora. Pero, ¿cómo explicarlo sin tener que justificarme? ¿O que me malentendieran? Meses despues, y con esa experiencia como antecedente, ya iba entonces afirmando que, si me dieran la difusión, el tiempo para ensayar necesario, y los equipos de Serú Girán, por ejemplo, yo podía perfectamente cantar en Obras-el templo del rock en Argentina para esa época-. Por supuesto, todo el mundo se reía, o me tomaban simplemente por engreído. Y nada más lejos de la realidad. Apenas un año después, estaba cantando en B.A.Rock IV, precisamente en la cancha de hockey del estadio Obras Sanitarias, al aire libre, y pude decírselo claramente a Miguel Rojas: “¿Viste que tenía razón, Miguel? ¿Viste que tenía cuatro o cinco temas para cantar en Obras…?” No le gustó, claro, pero seguramente no me respondió bruscamente porque comprendió la arrogancia insconciente y la vitalidad de mis 21 años entonces.

Pero, lo que quiero decir, en suma, es que nada sería posible sin tener los medios para hacerlo. Sobre todo, los medios económicos. Y no quisiera resumir un hecho artístico en una cuestión de dinero, pero esa es la realidad, en primera o en última instancia. Si uno despega un poco las capas de la cebolla de todo producto artístico exitoso en el ámbito comercial, podrá apreciar claramente, cuan cómodo fue, para algunos, su empezar. La dura realidad –auque para algunos no haya sido tan dura-. La verdad verdadera, no la virtual, como decía Lalo de los Santos.

Hay en españa un trovador muy conocido, un verdadero talento, Javier Ruibal, quien no pudo dedicarse a vivir exclusivamente de la música hasta no pasados largos los 40 años. ¿De que vivió mientras tanto? ¿Cómo crió a sus hijos o se compró el piso en el que vive? Con el sueldo de la mujer, ni mas ni menos. Aplicó la regla de Javier Krahe, cuando le preguntaron que consejo le daría a un trovador que recien empeiza: “Que se busque una mujer a sueldo…”, fue su respuesta. Si seré boludo yo: ni eso tuve. Es decir: no solamente nunca tuve detrás un productor, un partido político, un gobierno provincial o una discográfica multinacional. No, yo, gil de mí, no solamente tuve que bancarme solito sino que, además, banqué también toda una historia familiar. Y no me estoy quejando. Digo las cosas como son, sencillamente.

Una cosa es cierta: el tiempo está de mi lado. Siempre estará de tu lado si sabes adonde vas. No es cuestión de esperar que alguien venga a resolver las cosas por ti. Nadie viene ni vendrá nunca  a hacerlo.Cada uno se rasca donde le pica. Es sólo que, desde adentro, nunca suelen verse las cosas con la misma claridad.

Se lo decía días atrás –medio en broma y medio en serio-, a un amigo. Me decía cuán agobiada estaba por el tema económico, que no había indicios de recuperación para la crisis económica que estábamos pasando, etc. Le dije: “Bueno, pero, ¿cuánto vale tu casa? –una hermosa casa con dos baños, cuatro habitaciones, piscina, parque, parrilla, cochera- ¿Medio millón de euros? Hay departamentos de dos ambientes por 100.000 euros. Vendela, y ya está. Ahí te ahorrás casi 400.000 euros. ¿Cuánto vale tu camioneta? ¿25.000 euros? Vendela. Hay cochecitos usados muy buenos por 3000 o 4000. Con la diferencia, ya tienes un toquito para empezar a producir en serio…” Ah, claro, me dijo, pero entonces mis hijos van a tener que vivir todos apretados en un departamento de dos ambientes, y no se van a resignar a bajar de su nivel de vida. “Vos tampoco…”, le conteste, sonriendo. Es decir, estás apretado porque queres, no porque no tengas elección. En mi caso, fue distinto. ¡Yo no tenía elección! Y no me estoy quejando, ni justificando –a pesar del título de esta crónica-. Estoy tratando de ser claro y racional, nada más.

Admiro profundamente a la gente que es capaz de “recular para tomar empuje”, y tiene el valor de empezar de nuevo, vendiendo lo que tiene y arriesgándose, cuando quiere invertir en algo. “El mundo es de los audaces”, decía siempre mi abuela. Pero no siempre se tiene la oportunidad de elegir. Y fíjense que curioso: no estamos hablando de música. No estamos hablando de arte. Hablamos –hablo- de la vida, en suma. Podría gastar varias páginas escribiendo todas las veces que, pudiendo comprarme algún instrumento, o cosas así, tuve –por elección, aclaro- que gastarme ese dinero en pagar impuestos, comprarles ropa a mis hijos, o pintura para la casa que compartía con ellos y mi mujer. Hoy ya no, ¿ven? ¡Ni siquiera tengo casa propia! Pero, si me apetece tomarme un helado, me lo tomo. Si me apetece pasar por una casa de música y comprarme cuerdas, un pedal de efectos o una guitarra nueva, voy y me la compro. Si me apetece hacer un viaje, voy y lo hago. Así de sencillo. No tengo ya que darle excusas a nadie. No tengo que justificarme. Seguramente no voy ya a volverme famoso ni millonario con la música esta altura, pero, ¿quién va a quitarme lo bailado?

Asi le dije hace unos meses, medio en broma, mucho en serio, a Carlos Andreoli, un entrañable poeta y trovador argentino, ahora viviendo mitad en Buenos Aires y la otra mitad del año en Granada: “El asunto pasa por saber si, en el hipotético caso de que te ganaras la lotería, seguirías haciendo esto…” “Pero, ¡claro!, me contestó. Yo lo tengo muy claro: ¡por supuesto que seguiría haciendo esto!..” Mirá vos, le contesté. Yo, en cambio, haría como Zita Troilo: “Si es por mi, ¡se van  todos a la puta que los parió! ...”

Sin dejar de hacer música, claro, que eso está en mi sangre y es mi vida.

La seguimos.

 

© Mario Ojeda, Granada, 21/9/2010

Definiciones simples

Definiciones simples

Si tuviera que definirme, diría que soy sólo un tipo que escribe canciones. Ni más ni menos que eso. Lo cual no es poco. Despues, podría definirme como músico. Esto último, seguramente, ya les sonaría más simpático a viejos amigos que llevan mas de treinta años escucharme decir que es eso lo que quiero ser. Lo cual no es del todo cierto tampoco. Es decir, no soy un músico en el sentido real del término. Aunque puedo leer cifrado, no soy capaz de leer una partitura a primera vista. Luego, en terminos estrictos, ¡no soy músico! Eso es lo que quería decir.

Por otro lado, siempre me encantó la producción.

La producción musical, me refiero. Es decir, escuchar una canción cualquiera, y poder apreciar los arreglos, que es lo que está haciendo el bajista, el guitarrista rítmico, el pianista. Si hay una guitarra acústica –o varias-, sonando detrás. Si se está usando tal o cual efecto de guitarra, si el piano es este o aquel, si la batería fue grabada con o sin compressor, con tal o cual reverb, cuando “pinchó” el tecnico, cuando doblaron la voz, cuando le pusieron un corito, doblando o triplicando la voz, o cuano pusieron detrás un sonido tal, porque el artista no llegaba a esa nota, etc.

Pero, tambien, y esto ya fue causa de pura necesidad, a traves de los años fui convirtiendome en productor ejecutivo de mí mismo, secillamente porque nadie ocupaba ese rol por mi.

Así, desde un principio, tuve que hacerme cargo de, por ejemplo, conseguirme lugares para tocar, ocuparme de la impresión y fijación de carteles, de aprender a configurar mis propias páginas webs, saber que era eso de “youtube” y demás etceteras, aunque antes, mucho antes, los problemas no eran más sencillos: había que conseguir lugar para ensayar, ocuparse del sonido, del transporte, de los horarios, de cuándo y cómo serían los ensayos (de allí la famosa frase de Nestor Astarita: “La música es el arte de combinar los horarios de los músicos…”), de las luces, de las entradas, de la impresión de esas entradas, de los diseños de los carteles, de quien se iba a ocupar de pegarlos (yo, el boludo de siempre), de ordenar el concierto, de saber que decir, de cómo íbamos (o iba, si me tocaba ir solo) a ir vestidos, etc.

La necesidad no tiene cara de hereje, digamos.

Y todo esto que ya llevo varias líneas escribiendo, ¿que diablos tiene que ver con la música? Todo a la vez, pero nada desde un principio. Quiero decir: hacer música, al comienzo, era tocar la guitarra.

Despues, me picó el bichito de escribir canciones. Luego, grabar esas canciones –para lo cual había que tener los medios tecnicos para hacerlo, no como ahora, que cualquiera con un simple ordenador, y un par de micrófonos, tiene lo suficiente para grabar en su casa-.

Una vez logrado esto, había que salir a mostrar esas canciones, repartiendo cassettes a lo pavote (el artista debe ser generoso, me dijo alguien alguna vez, lo cual me tocó los huevos sobremanera, porque mi abuelo, que ese sí hacía cosas artísticas, regaló muchas veces sus tallas o sus cuadros, sin cobrar un mango por ello, y yo nunca quise eso para mí ), o tratar con gente con la cual tenía pocas –casi ninguna- ganas de tratar, pero todo eso era parte del juego.

Y me fuí haciendo, pensando que era lo que podia funcionar mejor, que podía hacer para destacar del resto. Que en el fondo, digamos que cualquiera puede tocar la guitarra y cantar. Hacerlo bien, ya hay menos gente. Pero, sobre todo, tratar de “profesionalizar” eso que uno hacía, ese fue el desafío desde un principio, y lo sigue siendo, que duda cabe.

Cosa curiosa, por otro lado. A nadie se le ocurre discutir que ser fontanero, pintor o electricista, es un oficio. Pero si decís que sos músico, siempre viene detrás la pregunta: “Ah, ¿y de que trabajas?...”, como si no fuese suficiente trabajo el pretender vivir de lo que haces.

Como si no implicase horas, constancia, orden, tozudez, ilusiones, dudas, sueños, etc.

Bueno, las cosas son así, ¿que puedo decirles?

Siempre insisto con lo mismo, porque además es verdad: nadie te pone una pistola en la cabeza para que te dediques a esto. Es solamente una cuestión de elección personal.

Allá por 1978, o 1979, leí un reportaje en la revista “Rock Supertar”, a cargo de Gloria Guerrero, quien le preguntaba a Raúl Porchetto  “¿Qué le dirías a cualquiera que pretenda ser músico?, a lo cual Porchetto respondió: “En principio, no se si le diría. Quiero decir, no se me ocurriría decirle a nadie que debería dedicarse a esto. Y si se decide a hacerlo, es el quien debe encontrar las llaves para ir abriendo puertas…” Esa respuesta me jodió, realmente. Porque pense: “Puta, yo quiero ser esto, y este boludo en vez de decirme cómo, hace mutis por el foro y no dice nada…” Pero hace ya varios años que llevo entendiendo a Raúl, es decir: yo tampoco le aconsejaría a nadie que se dedicara a esto, por más que le viera condiciones.

Porque es un largo y sinuoso camino. Porque no siempre –casi nunca, bah-, llegan los que realmente tienen mas talento para esto. Porque tienes que sufrir un montón de agachadas, y puñaladas por la espalda. Las cuales, muchas veces, vienen de tus propios pares – y yo que creía que los músicos eran unos santos inocentes: alcanza con ver la película “Amadeus”, básicamente la historia de Salieri, para ver hasta que punto esto es cierto-.

Porque muchas, pero muchas veces, vas a tener que tratar con gente con la cual no irias siquiera  a tomar una cerveza. Porque vas a tener que escuchar una larguísima serie de sartadas y estupideces en el camino que nada tienen que ver con la música. Porque ya desde un principio, cuando no tienes dinero para comprarte una miserable guitarra que al menos afine y quinte bien (es decir, que no “mienta”), ya empiezas a sufrir. Pero tienes que lidiar con eso. Y con muchas cosas más, que seguiremos desarrollando.

Porque no quiero que alguno lea esto y piense lo que yo pense en su momento de Raúl, aunque le siga teniendo cariño.

Y porque, escribir por escribir, escribo sobre lo que me gusta. Literatura pura, nada más.

Ahí vamos.

 

© Mario Ojeda, Granada, 7/8/2010