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marioojeda

Acerca de los objetivos

Acerca de los objetivos

Acercarse a determinadas situaciones para analizarlas, suele ser un tarea ardua y, en la mayoría de los casos, inexacta. Sencillamente porque, como en el truco, es fácil ver la partida con las cartas ya jugadas, expuestas sobre la mesa, pero no antes, en el desarrollo del juego. Siempre se ve más fácil desde afuera. Y las cosas no son así.

Por otro lado, tiene que ver con el hacia dónde quiere uno llevar las cosas porque, se sabe, hay mucha gente que no quiere llevarlas a ningún lado. Las hace, simplemente, sin importar demasiado adónde va. Ni qué pretende lograr con aquello que hace.

Esto está muy bien para quien hace música por hobby, por ejemplo, para pasar el rato, o encontrarse con amigos a beber algo en cualquier bar.

Pero no para quien aspira a desarrollar un oficio, a profesionalizarse en éste juego de escribir canciones, y luego salir a cantarlas por ahí. A vivir de la canción, digamos.

A veces yo mismo me siento un energúmeno, tratando de racionalizar cosas que a nadie interesa, excepto a algunos “frekies” de la poesía o la canción.

Pero siento también que alguien tiene que hacerlo, por eso lo hago.

Desde un punto de vista, por ejemplo, quiénes (por esas cosas de la vida), han logrado un reconocimiento temprano de su arte, suelen no prestarle demasiado atención a los problemas que un aspirante a músico profesional tiene en su camino. Por eso es común que la mayoría de los artistas “consagrados” suelan no mezclarse demasiado con aquellos que recién empieza. “Allá ellos y sus miserias”, pensarán.

Dicho de otro modo, cada uno se rasca donde le pica. Y esto es válido para cualquier gremio u oficio. Para la vida misma, en suma.

Pero, ¿y los demás? ¿Qué queda para los tipos que llevan –llevamos- 20 o 30 años bregando por un mínimo reconocimiento, que nos permita al menos sobrevivir mínimamente de la canción? A nadie le importa si se sufre o no. Nadie se detiene a valorar el esfuerzo (y el riesgo gigante al ridículo), que implica dar un CD con nuestras canciones a cualquier productor o periodista radial, por ejemplo, y exponernos a un “detallado y sincero análisis de nuestras capacidades”, algo que a través de los años escuché innumerables veces de boca de gente que ni siquiera sabe afinar una guitarra. Nadie analiza el riesgo de subirse a cualquier escenario, y cantarle a la gente canciones que escribimos con el corazón o la ira, la mayoría de las veces, y exponernos al aplauso o a la risa.

Con las grabaciones, por ejemplo, pasa eso: viene alguien y te dice, por ejemplo: “Che, escuché tu CD –antes era una cinta de casette, pero es lo mismo-, y está bien, pero…bueno, las guitarras podrían sonar mas gordas. El bajo está bien, si, pero… podría sonar mas ajustado. ¿Escuchaste el último disco de, no sé, Eric Clapton? ¡Ahí sí suena bien el bajo!... Y en algunos temas te vendría bien poner un piano acústico, porque piden eso, quizá algunas cuerdas…” Claro, piensa uno, “y grabarlo en Abbey Road con la producción de Niel Godrich, el de Coldplay, el bajo de Nathan East, y la Filarmónica de Londres, ¿no te jode?...”

Porque lo que nadie (o muy pocos) se detiene a analizar es que vos grabaste humildemente las canciones en tus (pocos) ratos libres, con un ordenador cualquiera, en una habitación minúscula, con los dedos yertos de frío, porque ni siquiera tienes una estufa para calentarte, grabando guitarras acústicas por líneas, etc., etc., en vez de hacerlo en un estudio decente, con un baterista de verdad, insonorizado, con tiempo para grabarte, escucharte, y corregir los errores que podrías cometer, y una larga lista de necesidades mínimas de las cuales no se suele disponer.

Ojo, no me quejo. En el fondo, me importa un comino. Analizo una situación, simplemente. Si me hubiera quedado a esperar a tener las cosas necesarias para hacer un trabajo digno, todavía estaría tocando en Resistencia, tres o cuatro veces al año, tratando de ahorrar duramente algún dinero para comprarme una guitarra que al menos afinara.

Porque uno sale a cantar, insisto, las canciones que escribió y luego grabó en una habitación, sin más pretensión que exponerlas, en principio, a las burlas o los elogios de los demás.

El oficio se descubre luego. Generalmente, lejos de tu ciudad, de tu tierra, de tu gente, de tus amigos. Muy pocos tienen la suerte (y yo creo haberla tenido), de saber claramente a los diecisiete, dieciocho años, que era esto lo que quería hacer. Que era esto a lo cual iba a dedicarle mi vida. Y no me arrepiento para nada.

Pero sigo encontrándome, tantos años después, todavía con gente que no lo entiende. Con gente que te dice: “ah, que bien. Así que escribes canciones y luego las cantas pero, ¿de qué vivís? ¿En que trabajas?...”, como si esto no conllevara un arduo trabajo.

Hace unos veinte días, por ejemplo, fuimos con Juan Trova, un trovador amigo, a ofrecer un concierto a Aldeire, una localidad distante a setenta kilómetros de Granada. Después de la actuación, vino una señora del público a saludarnos, a felicitarnos, y entre las cosas que dijo, agregó: “¿Pero cómo hacen para acordarse las letras de todas las canciones?...” Y Juan, con una sonrisa en la boca, le respondió: “Porque es nuestro trabajo, señora, por eso. Porque lo que menos podemos hacer, además de tratar de cantar afinados y no equivocarnos los acordes, es acordarnos las letras de nuestras canciones…”

Así pasa con todo en la vida, ¿saben? Si cada uno tratase simplemente de hacer bien su trabajo, sin molestar a los demás, antes, al contrario, tratando cada uno de hacer su trabajo bien y rápido, seguramente éste sería un mundo mucho mas agradable para vivir, que de eso se trata.

Porque no deberíamos dejar que el árbol nos impida ver el bosque. Porque obtener resultados económicos con esto del arte, implica varios años. Porque aunque a algunos les toque la lotería, aunque juguemos todos, es muchísimo mas larga la lista de gente a quién no le toca. Y deben seguir trabajando para comer, que es lo que nosotros también hacemos.

Porque a veces das conciertos fantásticos donde no te queda un duro, una vez que descuentas los gastos, y otras veces cobras una pasta por cantar media hora para algún acto político-cultural, con buen sonido, luces y toda la pelota.

Y al otro día otra vez tienes que volver a trabajar, porque los conciertos no salen solos, porque sino te estás moviendo y mostrando, y ofreciendo permanentemente, nadie te vuelve a llamar. Porque siempre hay gente dispuesta a cantar gratis, por divertimento, y a los dueños de los bares lo único que le interesa es vender cerveza, no que quien actúe en su local lo haga profesionalmente. Y a los políticos menos, ya se sabe que para ellos (en su gran mayoría), los actos culturales o artísticos son la exacta posibilidad de comerse unos canapés y sacarse algunas fotos con gente llamativa, que les pueda dar algo de prensa al otro día. Por eso, cuanto mas famosos, mejor. Aunque contratarlos implique, generalmente, gastarse un pastón y no quedarse con dinero suficiente para seguir programando actividades culturales para esa misma gente que los votó el resto del año.

Pero con eso les alcanza, parece que ya han cumplido. Y no, que no solo de pan vive el hombre.

Pero esto ya es motivo de otra crónica. Hasta la próxima.

Reconociendo situaciones

Reconociendo situaciones

 

La mera aceptación de una realidad, por dura o buena que ésta sea, no alcanza, indudablemente, para cambiarla. Es como tener una deuda con un banco, o un amigo ¿no? Uno puede “reconocerla”, pero otra cosa es “empezar a pagarla”. Si uno va dando dinero a cuenta, aunque sea de a poco, está manifestando “voluntad de pago”. Que no es lo mismo que decir “si, te debo, cuando pueda lo pagaré…”, porque ¡seguramente ese “cuando pueda” no llegará nunca!

Lo mismo ocurre, básicamente, con la realidad en la que uno se desenvuelve. De nada sirve quedarse lamentándose en un rincón. No. Es uno mismo quien debe ocuparse de tratar de cambiar su situación, si no está conforme con ella. Pero, ojo, también si estás conforme debes estar atento, porque, como dicen, lo difícil no es llegar sino mantenerse. Y las cosas cambian todos los días, permanentemente, y uno no debería aflojarse, y pensar que nada va a cambiar su situación, porque no es así. La vida es como una gran rueda de feria: a veces estás arriba, si,  pero muchas veces abajo, y siempre, siempre, queda una vuelta más por dar.

Toda esa gente que vive preocupándose por no tener elementos… ¡dejame de joder! A veces pienso que tienen todo tan resuelto que se preocupan por boludeces, en vez de concentrar sus energías en plantear un proyecto, desarrollarlo, y luego tratar de llevarlo adelante. En el caso de un trovador, por ejemplo, ¿Qué es lo que ese tipo tiene que tener, básicamente, para empezar a desarrollar su tarea? Canciones. Básicamente es eso. Buenas canciones, con un principio, desarrollo y fin. Que sean agradables al oído. Que cuenten una historia. Cantarlas afinado. Eso. Básicamente es eso. Por supuesto, una guitarra al menos tenés que tener, macho. Digamos, para componer, o para tocar en directo, sea un bar, una discoteca o un teatro. Pero no mucho más. Hoy, con cualquier ordenador del montón, y un par de micrófonos, ya tienes lo suficiente como para registrar esas canciones en el disco duro. Escucharlas, corregirte, mejorar, colgarla de distintas páginas webs, conectarte con bares para tratar de conseguir conciertos donde tocarlas en vivo, etc.

Que luego eso te de para comer es otra cosa, muy distinta. Pero eso ya es el oficio de músico, y tendrás que hamacarte para resolver esas cuestiones. Pero siempre y cuando la música, las canciones, estén. Si no hay canciones, no hay nada. Porque al final, lo que queda, siempre, siempre, es la canción. Jim Morrison lleva 40 años muerto, por ejemplo, pero las canciones inmortales que grabó con los Doors se siguen escuchando. Lo mismo Beethoven, Mozart, o quien sea. Como decía Bruce Springteen en un reportaje que le hicieron, hace un año o dos: “Dentro de 50 años, pasará un padre con su hijo por la esquina, señalará esta casa y dirá: allí vivía Bruce Springteen. Quizás. Dentro de 80 o 100 años, nadie se acordará de ello. Pero eso no es lo importante. Ni siquiera que se acuerden de mí. Lo importante es la canción, porque eso es lo queda…”

Además, hay que decirlo también, de una buena vez: cada uno se rasca donde le pica. Nadie anda por la vida preocupándose por cómo la va al vecino. Obviamente, te preocupa el devenir laboral de tus hijos, de tus amigos, de algún familiar. Pero no mucho más. Pasa en todos los órdenes. Además, si uno lo analiza más detenidamente… Pongamos por caso: tus compañeros de la secundaria. Durante cinco años, te viste con ellos todos los santos días, de lunes a viernes. Inclusive, muchas veces, también los fines de semana. En un asado, en una fiesta, en un partido de fútbol, en lo que sea. Parecías inseparable de ellos. Y la verdad es que, una vez finalizada esa época, sólo te sigues viendo con cuatro o cinco. Los amigos de verdad. Del resto, pocas noticias. Y ya sabes que nada vas a poder esperar de ellos… ¿Por qué entonces deberías esperar algo de gente que trataste algún tiempo después? ¿Por qué deberían darte bola? ¿O hacerte un favor? Suena duro, es la verdad, pero es lo que ocurre. Hay mucho ego dando vueltas en el arte, además. Suelen decirme algunos, con los cuales llego más o menos a intimar: “gracias por tu generosidad…” Vale. Lo agradezco. Pero ni siquiera es generosidad. Apenas, un poco de sentido común. ¿Por qué habría yo guardarme datos, contactos, números de teléfono o lo que sea? ¿Acaso voy a estar tocando todos los fines de semana en el mismo bar? ¿Qué pierdo yo pasando un teléfono, una dirección de mail, algún contacto? Ya. Puede llamar la atención, porque pocos lo hacen. Pero a mí em importa un pito. No voy a ser menos por pasar data. O más acaso por guardármela. Cada uno es lo que es. Punto pelota.

Uno tiene que demostar lo que vale cuando se sube a un escenario. Y debe convencer al respetable haciendo lo que sabe. Con lo que tiene. Nada más. Harto estoy de conocer gente que uno escuchó alguna vez en discos, y luego los ves tocar, o te toca compartir un escenario con ellos, y te preguntas, después de escucharlo… ¿pero cómo puede ser? ¿Esto es todo lo que son capaces de hacer? Es como me decía siempre Lalo de los Santos: “lo mejor es no conocerlos, Mario…” Leía hace poco un reportaje a Stevie Vant Sand, el guitarrista de Springteen: el tipo decía lo mismo: “Esto para mí es una religión. Y he conocido cada uno… gente que admiraba, y ahora, después de conocerlos, ni siquiera puedo escucharlos…” Lo mismo decía Hiram Bullock en otro reportaje. No vale la pena. Prefiero guardarme la ilusión.

Allá ellos con sus miserias, esa es la verdad. Ser buen músico no significa que seas buena persona. Y viceversa.

Hay gente que siempre estuvo, y sigue estando. Litto Nebbia, por ejemplo. Por eso lo admiro y respeto. Porque además de tocar, de cantar, de escribir canciones, el tipo siempre hizo lo que se le ocurrió. Equivocado o no. Más acertado algunas veces que otras. Pero siempre está ahí. Es un referente. Como Spinetta, como Moris, como algunos pocos más. Que siguen estando en éste rollo por la música, como decía hace poco Jimmy page en un reportaje que leí suyo: “En el fondo, sigo siendo un fan de la música, de las guitarras, estos es lo que soy, lo que me gusta hacer… No hay ningún misterio en esto”

Coincido con él. Hasta otra vez.

© Mario Ojeda, Granada, 16/2/2011

Mantis religiosa

Mantis religiosa

Interesante y curioso a la vez. Al igual que la mantis religiosa, que se come al macho una vez terminado el coito con él, los músicos (bah, los artistas en general), suelen cometer errores bastante serios de apreciación, a propósito de lo que les conviene (o no) para desarrollar una carrera profesional con esto.

Como siempre insisto, esto es sólo una parte de la verdad, por así decirlo. O al menos una parte de “mi” verdad, lo cual no implica que mis apreciacionesd eban servir a todos por igual.

Así, por ejemplo, en éstos días, se han puesto de moda los conciertos “streamline”, o como catzo se diga, es decir, básicamente, y como para que el lector desprevenido lo entienda, la transmisión vía intenet de conciertos privados, realizados en casas de familia, aunque también se hacen desde bares musciales. Esto, que en un principio suena muy atractivo (si partimos del supuesto caso de que hay un tipo en, no sé, Finlandia o Japón, por ejemplo, interesado en verte y escucharte, y la única cierta posibilidad de hacerlo es, precisamente, que le trasmitas tu concierto por internet). Ahora bien, para notificar esta posiblidad, se anuncia la trasmición streamline vía redes sociales, es decir, facebook, twitter o similar. ¿Y que ocurre entonces? Bueno, en principio, lógicamente, que en tu red social puedes tener uno o dos “colegas” residentes en Finlandia o Japón, pero la mayoría… ¡son tus amigos! O coleguillas de profesión, o admiradore sinceros, digamos, que viven en tu ciudad o ciudades vecinas. Es decir, por llamarlos de otro modo mas académico, digamos, “público potencial” (Sino te vienen a ver tus amigos, ¿quién diablos te va ir a ver, si no suenas en la radio, y nadie –o muy pocos-, conocen tu nombre o tus canciones?...)

Para decirlo de otro modo, están limitando ellos mismos la posibilidad de vender más entradas a sus conciertos. Entiéndase bien: esto no es un concepto absoluto. Puedes hacerlo. Es más, me resulta divertido y apasionante. Pero si cada vez haces una cosa distinta, digamos. Es decir, dejando siemrpe la puerta abierta para que la gente peuda optar. O elegir ir a verte personalmente cantar, pagando una entrada para ello. Sino, si vas a grabar todas tus canciones y radiarlas por internet, o emitirlas en video… ¿quién va  ir a verte otro día? ¿Quién se va a plantear pagar una entrada para ir a verte cantar a un bar musical, con el frío que hace, y “lo a gustico que se está en casa”, para usar una expresión típicamente granadina, como para que alguien se tome la molestia (bueno, alguien que haya pasado su época de facultad, digo, porque a los estudiantes, por lo general, les importa un comino el frío: basta ver la cantidad de gente que se arrima al botellón los jueves, viernes y sábados por la noche) de ir a verte cantar, a escuchar o verte recitar tus poemas, o admirar tus pinturas en una exposición.

Como siempre digo: lo difícil en éstos días, no es sonar bien, que cualquiera que cante más o menos afinado y tenga los instrumentos mínimos para hacerlo bien -una guitarra por línea, un micrófono más o menos decente, etc.-, y algunas buenss canciones, seguramente va a poder conmover y gustar al público que pueda ir a verlo. No. Ese no es el problema. Justamente, lo difícil no es cantar, digamos. Lo realmente difícil, es lograr que vaya gente a tus conciertos. Que haya gente que pueda tomarse la molestia de pagar una entrada para ver y escuchar cantar a un tipo que no conoce apenas que de nombre, que jamás ha escuchado sus canciones por la radio –y al paso que vamos, jamás las va a escuchar-, que prefiera ir a un bar musical a ver un concierto, antes que quedarse en su casa mirando fútbol por TV, pongamos por caso.

Ese es el verdadero desafío en estos tiempos. Ser capaz de generar recuersos, o algún tipo de interés alternativo mediático, por llamarlo de algún modo, como para llamar la atención y que la gente vaya a verte. No sé, allá por medidados de los ´70, por ejemplo, los KISS se maquillaron. Y gracias a ello, armaron toda una leyenda acerca de sus disfraces y bla-bla. Eso les sirvió –en un principio, al menos-, para destacarse del resto, pero después tuvieron que defender sus extravagancias (y los trucos de humo y luces) con canciones, que de eso se trata. Y mal no les fue.

Ocurre que hoy, eso ya se ha hecho. Es como los grupos que filman un video, tocando en la terraza de un edificio: no es que no se pueda hacer, ojo. Es más: puede llegar a ser muy divertido, estimo.Pero voy al hecho de que eso también ya se ha hecho. Es más, los mismos Beatles lo hicieron a fines de 1969, meses antes de separarse. Es decir. ¡han pasado 40 años, macho! ¿Pensás que estás siendo original haciéndolo? Pero además, hay una cosa que es cierta, y nombré a los KISS adrede: los tipos tenían CANCIONES. Por eso llevan más de 35 años dando vueltas en el negocio. Y sí, muy probablemente, si quisieran salir hoy día, nadie les pasaría bola. Pero eso le ocurre a todos los clásicos. ¿Alguien piensa acaso, que con toda esta campaña de radiofórmulas y productos envasados, podría surgir en el mundo del “negocio” musical, un Neil Young, un Bob Dylan, o una banda como Yes o Led Zeppelin, por poner ejemplos al azar?

No, ni remotamente. Nos guste aceptarlo o no, esta es la cruda realidad. Menos un Serrat o un Luis Eduardo Aute, por ejemplo, tipos que prácticamente “hablan” sus canciones, más que cantarlas, y que a todo el mundo gustan. Si. Pero gustan porque llevamos escuchándolos una pila de años, no porque hayan surgido ayer. Porque hoy por hoy, la tendrían muy, muy cruda, eso es lo que pienso. Yo, como otros de mi generación, conocí una época –hasta principios de los ´80, por ejemplo., en donde las radiofórmulas te radiaban a Supertramp, a Queen, a Aerosmith, a Bruce Springteen… hoy, eso no ocurre más. O sucede en proporciones mínimas, mano “Classic Rocks”, o radios alternativas por el estilo. Digámoslo así: están, si, pero sólo las consume una mínima porción de audiencia. Si ya planteamos alguna otra vez la necesidad de un músico en ser difundido, radiado, para que se conozca su nombre, sus canciones, para que la gente lo identifique, y esto no ocurre… ¿cómo diablos se pretende desarrollar una carrera artística o musical? No ha lugar, sencillamente.

Es cierto también que las relaciones sociales han cambiado. Que la proliferación de redes sociales, canales alternativos, etc., ha cambiado todo el sistema de difusión. Pero, lamentablemente, aunque las posibilidades están, en teoría, abiertas por igual a todo el mundo, quiénes aún siguen teniendo el “control” de esos mismos espacios, siguen siendo-  aún cuando  vayan camino a desaparecer-, las antiguas compañías discográficas.

Esta es la sencilla razón por la cual, en páginas como Spotify, Facebook, o Myspace, por ejemplo, los espacios publicitarios pertenecen a compañías discográficas: ellas son las que sostienen publicitariamente esas carteleras. Revistas como “Mondosonoro”, “Rock de luxe”, o “This rock”, clásicas acá en España, y cada una con una porción equis de mercado lector –otro día analizaremos esa proporción-, se sostienen básicamente, no ya por la cantidad de ejemplares vendidos, sino, sencillamente, por los espacios publicitarios que contratan sellos “indies” como Subterfuge, Locomotive Music, o cualquier otro similar. ¿Conclusión? Bueno, que mayoritariamente esas revistas suelen –sin entrar a debatir acá si es verdadero o falso el talento que ciertos grupos tienen-, transformarse en “voceros publictarios” de ciertos y determinados grupos, que suelen ser reporteados, anunciados, analizados, descriptos, y desmenuzados hasta el hastazgo, número tras número. Es decir: los que aparecen son siempre los mismos. Para bien o para mal.

Dicho de otro modo: la historia se repite, pero a otra escala. Si en los “40 principales” y otras radio fórmulas pagas como esas, los que suenan son los Juanes, los Shakira, los Miguel Bosé, y demás etcéteras, en los  medios“indies” son siempre los mismos también.

Podría dar nombres, claro está. Pero digamos que estos grupos o solistas están más cerca de mi realidad cotidiana, y no quiero ganarme enemigos al pedo, que ya tengo suficientes. Ojo, no es un problema de “maldad”, digamos, esto que hacen. Las revistas necesitan sobrevivir. Por eso venden espacios publicitarios. Quiénes compran esos espacios, obviamente, tienen cierto peso a la hora de pedir determinadas atenciones. Que siempre suelen ser darle la mayor difusión posible a los grupos que ellos editan, en el caso de una discográfica. Grande o chica. Y punto. No hay nada que discutir. Ya en la época de Los Beatles pasaba. Brian Epstein llegó a comprar tiradas enteras del “Mersey Beat”, la pequeña revista musical de Liverpool que fue la primera en darles atención, solamente para asegurarse que iba a seguir publicándose, y dándole difusión a “sus chicos”. Hasta que, finalmente, compró la revista.

Es decir. Seguramente Sir Paul Mc Cartney no va a estar de acuerdo conmigo en esto que voy a escribir, pero es lo que pienso: si no hubiera existido un Brian Epstein, no hubiera habido Beatles, es así de sencillo. Como tampoco hubiera habido un Bob Dylan, si no hubiera existido un John Hammond para contratarlo, grabarlo y editarlo. O sin un Sam Philips en Sun Records, por ejemplo, para grabar y editar a un tal Elvis Presley: siempre es así. Guste o no, y hay que aceptarlo como tal.

Obviamente, si uno está moviéndose, insitiendo, llamando la atención, haciendo cosas, tienen más posibilidades de que lo contarte y lo difunda… si te quedas en tu habtación, tocando la guitarra y quejándote por lo injusto que es el mundo, evidentemente ahí no, seguramente no va a salir nada.

En fin. Seguimos debatiendo ideas. Hasta otra.

© Mario Ojeda, Granada, 15/2/2010

De paradojas y parajodas

De paradojas y parajodas

Más que paradojas en la vida, lo que uno muchas veces encuentra son –parafraseando a Oscar Plazola, un trovador y escritor mexicano amigo-, sencilamente, parajodas. Digámoslo bien: para joderte más. No es que uno las busque: aparecen solas. Y uno piensa: esto no pordía hacerse peor… pero sí: por ley de Murphy, todo aquello que puede salir mal, suele salir peor. Es decir: todo es susceptible de empeorar, siempre. Las condiciones de vida, las condiciones laborales, la salud. Cualquier cosa que se les ocurra, en la vida puede empeorar, siempre.

Recuerdo en los primeros meses de 1981, cuando hice un ciclo de conciertos en la escuela 33, en Resistencia, mi ciudad natal. Entonces, con la arrogancia y desconsideración de mis 19, casi 20 años, yo planteaba: “Dénme seis de difusión radial, la producción de Charly García & Serú Girán, para elegir y ensayar con los músicos que yo quiera, y estoy listo para jugar en primera con cualquiera…” Nadie me tomaba en serio, obviamente. “O dame 50.000 euros para invertir en difusión, y yo me las rebusco…”

¿Parajoda? Han pasado 30 años, he visto algo de mundo, y tocado con un montón de gente variopinta, en distintas y variadas situaciones, he probado (y comprobado) la respuesta de gente de distintos lugares hacia mis canciones y he defendido con uñas y dientes aquello de “el talento no conoce de fronteras”… pero… ¡sigo necesitando los mismos 50.000 dólares! –quizás ahora me quede un poco corto con esa suma: ¿cuánto invertirán mensualmente en Shakira, Juanes, Mariah Carey, Luis Miguel, Alejandro Sanz, David Bisbal, o cualquiera de esos “artistas latinos viviendo en Miami”, por ejemplo?-

El asunto es, precisamente, paradójico o parajódico: sigo teniendo las mismas necesidades que hace 30 años. Bueno, al menos logré que algunos me tomen más en serio…, eso, por un lado. Por otro, me equipé, puedo grabar, ensayar, tocar, me pagan por hacerlo, lo cual, aunque sea una nimiez, a veces resulta casi ciencia ficción. Porque con los músicos pasa siempre lo mismo: todos los demás pueden cobrar, pero los músicos no, salvo que seas famoso. Si sos famoso, sos creíble, ya lo escribí una vez. Si jugás en segunda o en tecera, en cambio, olvídalo: parece que deberías darte por satisfecho si podés tocar. “Si encima la pasas bien…”, te dicen, “¿además querés cobrar?...”

Es como los conciertos benéficos: los únicos que van gratis son los músicos, generalmente. El sonidista cobra. Menos, quizás, pero cobra. El de las luces, también. El que arma el escenario, obvio. La imprenta que hace los carteles, también. Es decir: cobran todos los demás menos los músicos.

Pareciera ser esta una regla inflexible. Y yo no quiero sonar ni quedar antipático, aunque muchas veces lo digo. Y no cae demasiado bien. Pero ¿Qué quieren que les diga? Estoy cansado, muchas veces más que otras. Ya son muchos años tratando de defender un oficio como lo que es, ni más ni menos. Hay horas de estudio, de ensayo detrás. Horas de prueba y error, para aprender. Porque, además, treinta aos atrás no había escuelas donde aprender. Uno se iba haciendo por el camino, no había otra opción. Y no me estoy refiriendo al hecho de aprender a tocar un instrumento. No, eso es lo de menos. Aunque esté muy claro –o al menos, debería estarlo-, que los músicos autodidactas no tuvimos, en nuestra gran mayoría, la formación técnico académica que hubiéramos preferido. Tuvimos –todos-, que hacer otras cosas para vivir, para comer, en suma. No es lo mismo poder asistir durante seis años a una academia, o a un conservatorio de música, y oficializar tu título de “profesor superior de guitarra”, de piano o lo que sea. Igual, tengo muchos músicos amigos que vienen de ahí, que han sido fromados así, que leen música a primera vista, que pueden escribir arreglos, que tienen un diploma colgado de alguna parde de su casa, que se pasaron seis o más años, antes de recibirse, aprendiendo y practicando y tocando la guitarra 6 u 8 horas diarias…, y que hoy tiene que rebuscárselas como cualquier otro, porque la música como oficio sigue siendo algo no tomado en serio.

Y lo curioso es que no es solamente la música. Es decir: la cosa no pasa solamente por saber tocar un instrumento, o escribir canciones. Hay mucho, muchísimo más detrás.  Hay que aprender a sonorizar una banda, aprender a manejar una mesa de mezclas analógica o digital, programas de grabación por ordenadorr a disco duro, efectos, producción…la lista de materias a dominar es muy, muy larga. Pero eso a nadie le importa. Cuando te preguntan “¿a que te dedicas?...” y respondes “soy músico…”, siempre viene detrás la pregunta: “Ah, que bien, pero aparte, ¿trabajas?...”, como si no hubiera suficiente trabajo con pretender “ser” en éste oficio.

Ustedes ni se imaginan el tremendo placer que me da, cuando me preguntan, contestar “soy músico”. O “músico y productor. Produzco grabaciones, conciertos, cosas relacionadas con el espectáculo en general…” Es una pavada, en suma. Pero no saben que bien sienta, cuando uno pretendió dedicarse a esto durante años, y nunca pudo hacerlo. Es como a veces me sorprendo, por ejemplo, cuando simplemente agarro mi guitarra acústica, la pongo en el asiento de atrás del coche, y me voy a ensayar. O el bajo. O la eléctrica y el pequeño amplificador. Nada del otro mundo. Es lo que yo siempre leía en las revistas de música: el pibe agarraba su autito usado en Los Angeles, en Londres, Nueva York, o donde fuera, y se iba a ensayar o a tocar, con su guitarra y amplificador de segunda mano…” Parecía tan lejano… ¡Pero ahora  puedo hacerlo! Antes no… y esa es la gran diferencia. Que entre a un bar de mi barrio, por ejemplo, y el camarero te diga: “que tal, buenos días, ¿cómo andan esos conciertos…?” Mierda. Es una boludez. Pero que bien sienta. Sentirte respetado, si al fin y al cabo, uno no pide más que eso, ¿no?

Igual, son éstos “tiempos duros para la lírica”, como me dijera Rosa León hace un par de años por mail. Así como siempre digo que son excelentes tiempos para “hacer” música, por la abundante cantidad de información disponible hoy día, de buenos instrumentos a precios asequibles, ordenadores, sistemas de grabación digitales a disco duro, videos, etc., por otro lado, para ser “profesional” de ésta historia, la cosa está cada día más dura, sencillamente porque –siempre lo digo-, hay muchas más oferta que demanda. Ya se han cargado el circuito “lógico”, que eran los bares musicales, donde las bandas podían desarrollarse. Cada vez hay menos. A los grupos que empiezan sólo les queda el tener que “pagar para tocar”. Es decir, alquilar una sala equipada, venderles entradas a los amigos para un concierto, y ahí va. Eso funciona una vez, quizás dos veces, pero luego los amigos se aburren, los grupos ya no tienen a quiénes venderles entradas, luego, obviamente, ponen dinero de su bolsillo una vez para tocar, quizás dos veces, pero luego se hartan y dejan de tocar. Una banda menos. Y así hasta el infinito.

Todos los tipos, solistas o grupos musicales que más o menos tienen tirón mediático, digamos, que están sonando en los medios, y excepto contadísimas excepciones, son artistas de vienen desde hace 15 o 20 años atrás, de una época en la cual aún se vendían discos, y las compañías discográficas aún invertían –algo de- dinero para difundir a sus artistas, y los aguantaban 4 o 5 años, y otros tantos discos, o alguno menos, para que el artista se “desarrollase”, digamos, que pudiera asentar su estilo musical, hacerse un pequeño nombre de convocatoria, etc.etc.

Hoy por hoy, eso ya no ocurre. Insisto, excepto contadísimas excepciones, que no hacen más que confirmar la regla, los artistas que suenan en los medios, en la radio, sobre todo, o bien son extranjeros –léase ingleses o sobretodo americanos, en su mayoría-, o son “egresados” de esa “academias de música por televisión”, auspicidas por marcas publicitarias muy conocidas, y que son productos de “usar y tirar”, digamos. Los mismos productores televisivos que los “descubrieron”, son aquellos que suelen firmar las canciones, para asegurarse unos suculentos derechos de autor, al menos por el tiempo en que dure la promoción paga. Cuando el artista deja de “sonar”, se inventa un “nuevo” programa televisivo  -básicamente con el mismo formato-. Se “decubre” una nueva cara, y la historia vuelve a repetirse. Nadie se acuerda ya del “ídolo pop” de 2 o 3 años atrás, ni se acordarán de los que suenan hoy dentro de 3 o 4 años. La cosa funciona así, sencillamente.

¿Alternativas? Bueno, esto lo vengo sosteniendo siempre: buscarse un trabajo a sueldo fijo, a jornada completa, digamos. Desarrollar una carrera autoproducida, en donde uno pueda grabar lo que quiera, dónde y cómo quiera, sin preocuparse demasiado por el resultado comercial. Insistir, que no queda otra, como cantaba Nebbia alguna vez. Y solamente “abandonar ese trabajo a tiempo completo” –como decía alguna vez Robert Fripp-, cuando se esté absolutamente seguro que el oficio de músico o sus producciones, digamos, le van a permitir suficiente dinero para vivir con dignidad.

Todo lo demás, son muescas hechas con el dedo sobre un vidrio empañado: no conducen a nada, aunque te prometan lo contrario.

Sigo otro día. Hasta entonces.

© Mario Ojeda, Granada, 15/2/2011

Nunca es triste la verdad

Nunca es triste la verdad

Es interesante descubrir –o reconfirmar, mejor dicho-, que uno valora siempre mas las cosas cuando no las tiene. Puede ser una guitarra, una casa, un auto, o su mujer, llegado el caso. Bueno, a lo que iba. Suelo escribir mis crónicas porque me agrada a mí, básicamente. Es decir, el puro placer de escribir. Que, en mi caso, se iguala perfectamente muchas veces con el placer de grabar o tocar la guitarra. Pero, del mismo modo que siempre he sostenido que ensayar con un grupo y no salir nunca a tocar, es una especie de masturbación gratuita, del mismo modo esribir sin tener lectores ha veces puede volverse eso –es decir: soy masturbador compulsivo,

ja,ja – A lo que iba: subí un link de mi blog a la red –éste, que usted está leyendo, estimado lector-, y un viejo amigo trovador hondureño, Guillermo Anderson, lo posteó en su página de facebook. Hasta ahí llegó la repercusión, es decir, confirmando el título de mi crónica anterior: “a nadie le importa”. Pero bueno, a Guillermo le interesó lo suficiente como para postearlo, y eso está bueno.

Básicamente, lo que venía a contar en ese relato anterior es, sencillamente, que la España de hoy, mal o poco que le pese a muchos, no es, ni remotamente, la España fértil para los trovadores como era hasta hace 10 o 12 años atrás, sin ir más lejos. Más aún, ni siquiera tiene punto de comparación con la España del 2004, donde aún los ayuntamientos y salas con posibilidades de contratación, pagaban ciertos cachets por ir a tocar. Hoy, noviembre de 2010, la realidad es muy distinta. Los ayuntamientos no contratan. Si contratan, ¡pagan a los 90, a veces a los 120 días! Es decir: el músico debe pagarse los gastos de traslado, diestas y alojamiento hasta el lugar de la actuación, para realizar su show –acá le llaman bolos a los conciertos-, y luego sentarse a esperar para cobrar. Pero, además, y esto es realmente llamativo, los propios ayuntamientos se han colocado en rol de productores de conciertos. ¿Qué no es posible? Pues sí. Ahora lo van ver mas claro.

 Pongamos por caso un ayuntamiento cualquiera, con un teatro a su disposición para programar –un 90 por ciento de los ayuntamientos españoles han  hecho teatros increíbles con sus propios sistemas de sonido e iluminación, ¡pero no tienen dinero para programar!, con lo cual hay inumerable cantidad de espacios escénicos sin usar-.

A lo que iba.

Un programador cultural, un técnico de cultura de un ayuntamiento, por seguir con el ejemplo, debería tener un equis presupuesto anual para contratar actividades que pudieran representarse en su localidad –sea teatro, música, magia, cuentacuentos, lo que fuera-. El tema es: como no hay presupuestos, no contratan. Ellos siguen cobrando religiosamente sus sueldos, obviamente, aunque no programan nada, que para eso les pagan. Pero ahora hay otra variante que resulta, cuanto menos, llamativa, y que roza prácticamente la competencia desleal, a nivel de producción, con un empresario o productor privado.

Pongamos que a un técnico de cultura se le ocurre contratar para que actúe en su teatro, a un artista equis. El lugar ya lo tiene, el sonido y las luces, también. Con lo cual se ahorra ese costo. También el personal –taquilla, acomodadores, etc.- Incluso tiene, muchas veces, una radio también municipal a su disposición, con lo cual puede difundir la actividad y hacer la difusión correspondiente. Tiene, además, personal ocioso para salir a pegar carteles. Y muchas veces, una imprenta también municipal a su disposición, donde incluso puede imprimir esos mismos carteles publicitarios. Es decir, resumiendo: costo cero de producción.

Consulta el prespuesto de un artista equis, y le responden, por poner un ejemplo. 8.000 euros más IVA más cena más hotel. Eso suma alrededor de 10 o 12.000 euros. Si un empresario privado, insisto, quisiera contratar a ese mismo artista, en ese cachet, teniendo una foro disponible de, digamos, 400 butacas, debería cobrar la entradas a 30 euros, para poder cubrir costos, ¿verdad? (a ver: cuatro por tres 12, mas gastos extra). Bien, pero allí aún no incluyó la deducción del 10% que se queda la SGAE por derechos de autor, ni el costo del alquiler de la sala, ni el sonido o la iluminación, si tuviera que alquilarlo aparte, ni el costo de la promoción radial ni la cartelería –impresión, pegatina, etc.-

Es decir que, haciendo números aún más cercanos a la realidad, para no perder dinero, el empresario privado en cuestión debería cobrar las entradas a 35 euros, cosa casi peligrosa en los tiempos que corren.

El programador municipal, en cambio, hace el cálculo al revés: “Tengo todo gratis. Pongo las entradas a 20 euros, con lo cual las vendo todas, son 8000 euros. Si necesito, pongo algunas sillas en los pasillos, y vendo mas entradas. Y si no cubro los 12.000 euros de producción, me di el lujo de traer a fulanito a cantar al teatro, por sólo 2000 o 3000 euros, que es más o menos lo que puedo perder…”

Imaginen un productor privado planteándose perder ese dinero, antes siquiera de hacer el concierto. Estaría loco, directamente.

Conclusión: no hay 2000 o 3000 euros para contratar a tres grupos locales o zonales tres veces por año, pero sí hay ese dinero para perderlo contratando a fulanito de tal, que era lo que le apetecía al alcalde, concejal o técnico de cultura de turno.

¿No es eso competencia desleal, acaso?

Pero hay mas variantes, ¿eh?, que la cosa no es tan sencilla. Con el famoso cuento de “no tenemos presupuesto”, los programadores, en vez de contratar, y negociar cachets (para que ese presupuesto anual dedicado a cultura rindiese mas), se limitan a ofrecer el teatro “a taquilla”, mas o menos con las siguientes palabras: “Mira, presupuesto no hay. Es decir, puedo ofrecerte el teatro, vos te haces cargo de la promoción, pegatina de carteles, me dices a que hora quieres tenerlo disponible, te traes tu propio técnico de sonio y luces, porque sino tengo que pagarlo yo, hablas con los grupo musicales, o la compañía de teatro que quieras programar, buscamos una fecha, y le damos para adelante…”

Me hace acordar de los dueños de los bares que quieren programar actividades musicales en sus garitos, pero no pagan. Te dicen: “trae a un amigo que se quede en la entrada del bar, y la taquilla que recauden es para ustedes, que yo trabajo la barra. Aparte, debes traer tu sistema de sonido, que acá no hay…”. Por supuesto, si te avienes a ese trato, y el día de la actuación vino poca gente, el responsable del fracaso artístico-económico eres tú, no el dueño del bar, que encima se molesta, y andá otra vez a pedirle una fecha, a ver que te responde. O te la da, pero para abril de 2015 0 2018, que para esa época espera ya que seas conocido, y tengas una legión de fieles seguidores a cada concierto, de modo tal que el bar se llene y él pueda vender muchas cervezas, que es lo que le interesa.

Nada nuevo bajo el sol, en suma, pero quería escribirlo y descargarme un poco, aunque nada tenga perspectivas de cambiar por el momento. Por supuesto, para los cuatro o cinco “consagrados” de turno, esos que suenan permanentemente en las radio fórmulas pagas, para ellos sí hay dinero, no vayan a creer.

Como cantaba Serrat, “nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio…”

Hasta la próxima vez.

 

© Mario Ojeda, Granada, 21/11/2010

Nuevos devaneos acerca del oficio

Nuevos devaneos acerca del oficio

La cierta posibilidad de hacer cosas, creativamente hablando –o artísticamente, si lo prefieren-, no implica –mejor dicho, no debería implicar- necesariamente la posibilidad de tener éxito –volverse famoso y millonario, que le dicen-. Es decir, existen miles de tipos alrededor del mundo – o en nuestro barrio, para decirlo más cercanamente-, que son exitosos en lo suyo, en su trabajo cotidiano, con su familia, con sus amigos, que nacen, viven y desarrollan su oficio en su lugar, envejecen, y luego, obvio, se mueren habiendo sido felices. Eso es el éxito para mí: tener una vida plena. Poder vivir haciendo lo que a uno le gusta. Lo cual no implica, ni mucho menos, poder vivir de lo que a uno le gusta. Alcanza con trabajar en algo para vivir, y poder hacer lo otro cuando te apetezca, y siempre y cuando te apetezca, no por obligación o porque “deberías hacerlo”

Dicho de otra manera: poder vivir del arte es una quimera, que a algunos se les da desde que empiezan. Otros, pueden vivir del arte una equis cantidad de tiempo, quizás algunos años, para después ser relegados al olvido. Otros, disfrutan de las mieles del oficio toda su vida. Es así. No es que esté mal. Sencillamente, ocurre así. Tiene que ver con el talento individual, con la constancia, con el azar, con la actitud, con la situación social y económica imperante, con tener o no un padrino que te apoye y ayude a levantar cabeza al principio, con factores personales, con la salud, con tener –o no-, una pareja que te apoye, puf, es una larga, larguísima lista de factores que inciden en ello.

Lo escribo porque puede haber –espero- gente más joven que yo leyendo esto. Y está bueno, pienso, prevenirlos. En el caso de los músicos, por ejemplo, es absolutamente normal que, después de algunos años de aprender a tocar más o menos bien algún instrumento –sea éste la guitarra, la batería, el saxo o la pandereta-, uno intente sumarse a o formar un grupo musical con amigos del barrio. Obviamente, todos quieren los nuevos Beatles. Como la canción de Litto Nebbia: “Todos quisimos ser un Beatle alguna vez”.

Y no. Generalmente no curre así. Es más: la mayoría de las veces, de ese grupo de gente con el cual tratabas y te juntbas a tocar en tu adolescencia, luego siguen haciendo música muy pocos. Lo mismo ocurre con la escultura, la poesía, la literatura. En el fondo, ocurre como con el tenis, que es un deporte individualista, como alguna vez explicaba Guillermo Vilas. Bueno, el arte también es más o menos así. Y encima, lograr que te de dinero, algo más arduo todavía. Basta recordar el c aso de Van Gogh, quien no puedo vender un cuadro en toda su vida. Y miren ahora…

Igual yo no quiero eso para mí, ¿eh? Por mí se van a cagar.Quiero decir, lo que tenga que ser, que sea ahora. No cuando me muera. Eso pensé la última vez que estuve en París, fuí a visitar –la tercera vez era la vencida-, la tumba de Jim Morrison, al cementerio de Pere Lache… Todo el mundo sacándose fotos y dejando recuerditos, y yo pensaba, mientras: “Que boludez…tanto dinero, tanta fama, tanto apuro… para morirse a los 30 años y acabar así…Vaya mierda” No quiero eso para mí. Como decía Borges, cuando me muera, me quiero morir del todo.

Tengo diversas teorías a propósito de la fama y esas boludeces. A ver como las ordeno… Bueno, en principio, lo primero es la canción. Siempre. Los equipos, los viajes, los discos, las giras, los conciertos, los reportajes, etc., toda esa mierda vienen después. Pero si no hay canciones buenas, no hay nada.

Igual, a veces las canciones están, y el rconocimiento –mucho menos el dinero-, no llega nunca. Pregúntenle sino al resto de los integrantes de la Nueva Trova Cubana, excepto Slvio y Pablo. Pregúntenle a los miembros de la trova rosarina, la primera camada: excepto Fito Páez –y Baglietto porque fue muy inteligente refugiándose en las luces y otros menesteres, que sino…- Es decir: hay que disfrutar el camino. Si llega, bien. Sino, mala suerte.

Segunda teoría: uno escribe diez, doce, a lo sumo veinte canciones en toda su vida. Me explico mejor: puede escribir mil. No importa. La gente te recuerda por esas diez o veinte. Algunos, Nebbia, Mc Cartney, Springteen, Silvio Rodríguez y paro porque  la lista sería inmensa, escribieron y siguen escribiendo muchas –y buenas o muy buenas- canciones. Pero la gente los va a recordar por esas quince o veinte. Nada más. Quizás haya que escribir cientos de canciones para hallar esas veinte. Quizás. Algunos, como Eddie Crochan, Buddy Holly o tantos muertos ilustres del rock, escribieron las veinte y nada más, porque se murieron muy pronto. Otros, como Dylan, siguen dando la talla. Es igual.

Como decía Pappo: “Si Clapton hubiera nacido en San Justo, no sería Eric Clapton…” Y tenía razón. Lo siento. Es lo que pienso.

Tercera teoría: solamente los que triunfan son creíbles. Es decir, podés tocar poco y nada. Podés cantar más o menos, pero si pegaste un tema, pero pegar un tema en serio, me refiero, entonces ya sos un tipo creíble. Pregúntenle a tantos –cientos de miles- buenos músicos, que jamás alcanzan reconocimiento. Hay otros, en cambio, que a los seis meses de armar un grupo, ya consiguen un contrato de grabación con una multinacional, tienen presupuesto, difusión radial, y en unos años son tipos conocidos y respetados. ¿El resto? A mantenerse dando clases y tocando por el gusto de tocar, en bares, boliches, casas de cultura, pequeños teatros, siendo anónimos, en suma. Pero esto es la vida misma. A mi me resulta cuando menos llamativo, por ejemplo, que gente que me conoce hace 30 años, y en Argentina nunca me había dado bola, hoy me escriba para decirme: “Che, ¡que bueno lo que estás haciendo en España! Fijate si me armas una girita, mientras cubra el pasaje y los gastos de estadía, yo voy, aunque no gane dinero…” Aaah… ¡pero yo también voy así a la Argentina, macho, ¿de qué me hablan?... ¿por qué no lo hacen para mí? O mejor aún, ¿por qué debería hacerlo yo para ellos? ¿De qué estamos hablando?...

En fin, que da para largo el tema.

Cuando salta alguna aspereza o discusión con algún colega de oficio, o simplemente con cualquiera con el cual estemos hablando de ésto, siempre les digo algo que tengo en claro desde mis 19 años, más o menos: “Mira, macho, todo bien. Lo que vos digas. Es tu opinión, la respeto. Pero antes de hablar, sin saber encima, respetame a mí, que hace treinta años que estoy dando vueltas en éste circo...”

Porque si algo tuve claro dede un principio, es que esto no era un sprint de velocidad. Que era una carrera de fondo, una larguísima maratón. Y que si quería llegar a viejo y seguir haciendo esto, debía pensar mis pasos a largo plazo.

¿Saben la cantidad de gente que he visto pasar de largo en todo este tiempo? ¿Saben la cantidad de tipos que conocí, que “han sido famosos, han firmado autógrafos, han vendido 30.000 discos…” –como cantaba Moris en “De nada sirve”, y que ahora nadie sabe de ellos?

Bueno, no quiero esto para mí tampoco. No me pienso jubilar. Voy a seguir haciendo cosas mientras pueda. Dejo constancia. Hasta otra vez.

© Mario Ojeda, Granada, 11/12/2010

Acerca de los oficios -otra vez-

Acerca de los oficios -otra vez-

El problema con oficios como la música o la actuación, por ejemplo, es que la gente suele ver los mismos, normalmente, como cosas fáciles de desarrollar. Es decir, nadie se compadece de un artista. Digamoslo de otro modo. De un minero, por ejemplo, pueden decir –y con mucha razón, ojo-: “pucha, que oficio de mierda… estar todo el día picando piedras, o tragándote el carbón…”, o lo que fuese. De un albañil, por ejemplo, la gente suele decir “¿ves lo que pasa por no haber estudiado? El pobre hombre tienen que estar todo el día trabajando al rayo del sol, en verano, o sufriendo el viento y el frío en invierno…” Y tienen razón, que duda cabe.

Pero ocurre que el hombre no elige el oficio. Es exactamente al revés: es el oficio quien elige a uno.

A veces es un hecho fortuito lo que define esa –si se quiere- mutua elección. Otras, ni siquiera se da lugar a eso.

En el caso de los músicos, por ejemplo, es común que la gente te diga: “que vida te das, ¿no? Se la pasan tocando, viajando, conociendo gente, lugares… ¡y encima te pagan!...”

No quiero justificarmen, ni mucho menos, pero me gustaría analizar la frase anterior, desmenuzándola.

Empezemos desde el final: “… ¡y encima te pagan!” Bien. Aunque lo he dicho cientos de veces, este un oficio como cualquier otro: me tienen que pagar. Otra cosa es que lo hagan. O que lo hagan en tiempo y forma. Porque muchas veces, cobras un concierto a los seis meses, como si fuera algo normal. Y si te quejas, no te contratan mas, con lo cual se convierte en la historia de huevo y la gallina.

Respecto a los viajes, es cierto: uno viaja, y conoce lugares, y gente. Pero la verdad de la milanesa, es que sería mucho mas descansado no tener que viajar tanto, sino poder armarte un circuito de actuaciones en 60 o 100 kilómetros a la redonda, y no tener que viajar tantas horas. Simplemente ir, tocar, y regresar a tu casa a dormir después de cada concierto. Pero esto no ocurre así. “Nadie es profeta en su tierra”.

O la frase “¡que va a ser músico ese, si vive a la vuelta de mi casa!...”. Entonces, tienes que buscarte conciertos en dónde éstos salgan, y generalmente salen lejos, y hay que aguantarse.

Y está bueno conocer lugares y gente, pero, por carácter transitivo, si uno pudiera estar tocando constantemente cerca de su lugar de origen, podría ganar su dinero dignamente tocando –es un oficio, al fin y al cabo-, y ahorrar un dinero, y luego viajar y conocer lugares y gente simplemente de vacaciones, sin urgencias ni problemas de horarios, viajando solamente por el placer de viajar.

Y respecto al lo “trabajoso” o no del oficio, nadie se preocupa cuando uno empieza, y no tiene instrumentos, y sufre por no tener medios para trabajar, o porque no puede comprarse una guitarra digna, por ejemplo, que afine bien, y se las arregla con lo que puede. Y sufre porque su guitarra no afina, pongamos por caso, pero nadie se preocupa por esto. Solamente alguien que ha pasado por eso sabe cuánto se sufre cuando te ocurre algo así. O no tienes un miserable amplificador para escucharte bien.O tienes que tocar sin retorno, y no te escuchas. O tocas en bares de mala muerte por dos duros, pero “es parte del aprendizaje”, como si no fuera mucho mejor poder, desde un principio, tocar en auditorios bonitos, con un buen sonido, habiendo ensayado en una sala acondicionada a tal efecto, y no en el garage de la casa de alguno de los músicos, transpirando como locos en verano, o tiritando de frío en invierno porque, como nadie te conocee y no tienes suficientes conciertos, no puedes pagar el alquiler de una sala de ensayos.

Es lo mismo con los demos o maquetas. Te piden un disco porque “quieren escuchar lo que haces”, y le llevas un CD, grabado malamente en tu lugar de ensayo, y claro, no suena demasiado bien, porque no está grabado en un estudio como la gente, pero eso pareciera que a nadie le importa. Y la sumatoria  de todos éstos factores es lo realmente “trabajoso” del asunto, lo sacrificado, por decirlo de alguna manera: tener que mantenerte en la brecha y defender el oficio de músico (o de productor, o de pintor, o lo que fuera), pase lo que pase, le pese a quien le pese, y si al final, o en algún momento, puedes disfrutarlo realmente, y ganar dinero con ello, resulta que no deberías hacerlo, porque, al fin y al cabo, pareciera que no es un trabajo como cualquier otro.

Lo he dicho muchas veces: solamente los que triunfan son creíbles. Si sos un músico exitoso, y ganas dinero, entonces está bien. Has justificado, pareciera, tu razón de ser. A nadie le resulta extraño que un tipo cualquiera, que trabaja en un banco, por ejemplo, tenga un buen pasar. “Bueno, el estudió para eso, entonces está bien, se lo merece…” Ah, claro, porque el artista no, se pasó años rascándose los huevos a dos manos y haciendo “una música estridente”, entonces, si no tiene trabajo, o si no puede vivir de su oficio, “el se la buscó, se hubiera buscado un trabajo digno…”

Cuando un empleado bancario se queda sin trabajo, el comentario es: “Pobre, se quedó sin trabajo, con lo difícil que está la situación laboral…” En cambio, si un músico se queda sin trabajo, no pasa nada. A lo sumo, otra vez, el comentario despectivo: “bueno, hubiera estudiado algo mejor, ¿desde cuándo se puede vivir de tocar la guitarra?...”

La verdad verdadera, a mí este tipo de discusiones ya me tienen harto. Han dejado de importarme, por decirlo suavemente. Nunca tuve detrás ni un padrino, ni un partido político, ni un gobierno, ni una disquera multinacional apoyándome. Soy lo que soy, nada más. Lo que he podido ser, ni más ni menos. Solamente un tipo que escribe canciones y toca la guitarra. Eso. Punto. No quiero –nunca quise ni pretendí- ser otra cosa.

Lo bueno de éstos tiempos globalizados, valga la paradoja, es que puedes estudiar cualquier cosa, y morirte de hambre igual. La miseria nos iguala, digamos. Por eso ya nadie se asusta cuando “el nene no quiere estudiar, quiere ser actor…” ¿Y cuál es el problema? Se cagará de hambre seguro, y probablemente no tenga un éxito económico destacable, pero al menos va a ser feliz haciendo lo que le gusta, lo que quería hacer.

He visto mil ejemplos en mi vida de gente que “tenía todo para llevar una vida digna” –como si el oficio de artista no fuese algo digno en sí mismo-,  y “no tuvo suerte, el pobre. Mirá que trabajó, ¿eh?, pero no tuvo suerte…” No sólo es cuestion de suerte, señora, señor. Hay mil variables dentro de la misma ecuación.

Ocurre lo mismo, lo he dicho mil veces ya, que con los futbolistas. Por cada uno que llega y se vuelve millonario pateando una pelota, hay cientos de miles que nunca llegan a nada.

En ese sentido, el artista tiene la ventaja de que el oficio no envejece. Quiero decir, puedes pasar de jubilarte. Puedes trabajar en lo tuyo mientras el cuerpo aguante. Un deportista, en cambio, tiene una vida útil limitada. Después –y ese despues suelen ser los treinta, a lo sumo, los treinta y cinco años-, tiene que seguir viviendo. A disfrutar del dinero ganado, o a manejar un taxi, o a administrar un bar, o una verdulería, pero tiene que seguir viviendo.

Es como la anécdota que me contó un amigo, payaso él, que ahora debe estar por los treinta y pico, que una vez fue  comer con los padres de una de sus novias, y durante la cena,el padre le preguntó: “Y vos, ¿a qu te dedicas?...” Soy clown, respondió el. Soy payaso, trabajo de eso, hago malabares, algo de magia, equilibrio en un monociclo…” Y el futuro suergro le dijo: “Ah, está bien. Pero, luego, ¿qué vas a hacer?...” ¿Cómo que voy a ser?, respondió mi amigo. “Esto es lo que soy. Un payaso. ¿O acaso cuando alguien estudia para médico, por ejemplo, le preguntan que va a ser después? No. Uno se recibe de médico, y ya está: será médico el resto de su vida. ¿Porqué yo no puedo ser payaso el resto de mi vida?...”

Pero no se entiende muy fácil, ¿eh? Será cosa de seguir insistiendo nomás.

Hasta otra vez.

© Mario Ojeda, Granada, 27/11/2010

Mitos y fantasías del oficio de músico

Mitos y fantasías del oficio de músico

Yo sé que a muchos puede llegar a molestarle la siguiente lista que voy a hacer, a propósito de los tópicos y fantasías que envuelven a la música… mejor dicho, y esto debe quedar claro, al oficio de músico, pero me permitiré ordenarlas en una supuesta lista, no sin antes insistir, por enésima vez, que una cosa es la música y otra muy distinta, el oficio de ser músico, sobre todo si, tozudamente, uno insiste en pretender vivir exclusivamente de ello.

Asi que hay va, sin un orden establecido.

1) Tocando en la calle, tenes más posibilidades de que te descubra un productor: FALSO. Eso  pasó una vez, a fines de los 60, cuando –cuenta la leyenda-, Peter Asher se le acercó a un hippie llamado James Taylor que tocaba en el subway, y le ofreció firmar un contrato de grabación –para el sello APPLE, de Los Beatles, nada menos-, lo que significó el comienzo de su carrera. Creo que, estadísticamente hablando, uno puede pasarse 50 años sentado en la calle, tocando en el mismo lugar, y no se le va a aparecer ningún productor, famoso o no, dispuesto a contratarlo. De hecho, se han hecho ya varios experimentos con músicos muy conocidos, que los ponen a tocar en la calle ¡Y NADIE LES DA BOLA! Sean músicos conocidos de rock (con una gorra cubriéndoles la cabeza), o concertistas reputadísimos de violín, que juntan monedas después de pasarse horas tocando en pleno centro de Londres (Victoria Station, sin ir mas lejos). O sea que:

La gente consume y valora lo que conoce, lo que oye en la radio o ve en la televisión. Por eso hay tantos concursantes televisivos conocidos a nivel masivo, y músicos excelentes, que no se comen ni una rosca. Funciona así, lo siento.

2) Los grandes discos de rock siempre se grabaron de noche. FALSO. Grandes discos se grabaron de noche, grandes discos de grabaron a media tarde, y grandes discos se grabaron de mañana. Pero lo cierto es, mal que les pese a muchos, que de mañana uno tiene los sentidos más frescos para hacer una mezcla, buscar un mejor sonido, una buena ecualización, etc. Obviamente, las voces es mejor grabarlas a cierta hora en que uno lleve un tiempo despierto, no te vas a poner a grabar tu voz apenas levantado. Pero una cosa no implica la otra. Que alguna vez, algún solo memorable se haya grabado de madrugada, no implica ni mucho menos que todos los buenos discos vayan a  grabarse de noche. De hecho, lo planteo al revés: de noche o de día, si sos una maceta, seguirás siendo una maceta, no hay vuelta de hoja. Lo mismo ocurre con…

3) Los porros me abren la cabeza y me dan más concentración. FALSO. Con ese criterio, cualquiera que fume más de un porro por día, debería ser un genio. Y no macho, no es así. Sos un genio porque sos un genio, aunque primero deberíamos buscar en el diccionario la palabra “genio”, que dice –entre otras acepciones como “mal carácter, temperamental, o deidaes que salen de una lámpara”, por ejemplo, que “genio es una persona con capacidad mental extraordinaria para crear o inventar cosas nuevas y admirables”. Es decir: a) en ningún lado dice que lo que uno invente va a servir para algo, sea una tesis evolutia, una canción, un poema o un teorema matemático, y b) Nada dice tampoco de fumarse uno, dos o veinticinco porros para ser creativo. Uno es creativo poque lo es, es como esa leyenda urbana –que él mismo se montó- de que Sabina escribe buenas canciones porque “fuma cigarrilos negros, sale de noche y comparte muchas horas con putas, que le cuentan sus historias”.

Aunque hubiera sido verdad, que me juego un huevo de que no, ni antes ni ahora, hay que dejarlo claro. Sabina escribe bien porque escribe bien, porque se leyó todo y le robó a unos cuántos, hasta encontrar su voz, no sólo para cantar, sino para escribir también. Y punto. Por más que un salga de noche, se acueste todos los días con una tía distinta, y vuelva a su casa a las 8 de la mañana siempre, no va a escribir mejor. A lo sumo, conseguirá que lo echen de su trabajo por ir todos los días dormido. Punto.

Claro, estar fumado –y rodeado de amigos fumados que te aplauden tus chistes o tus canciones, da lo mismo-, no implica que lo estés haciendo bien. No, macho: solamente estás fumado, por eso “te parece” que lo estás haciendo bien. Es como emborracharse, y estar rodeado de borrachos: cualquier boludez que digas, mal o bien, te la van a  aplaudir o a discutir, como si dijeras algo importante. Pero no. Sólo estás borracho, rodeado de borrachos y diciendo boludeces, nada más. Con la música pasa lo mismo, ¿ven?

4) La música, mejor dicho, el arte, es tan importante como la comida. FALSO. Lo siento, esto me ha costado, varias veces, grandes discusiones a lo largo de los años. Pero sigo pensando lo mismo. ¿Qué es más importante? ¿Un plato de fideos calientes o una canción? Los fideos, macho, aunque la canción sea de Mc Cartney. Ya sé, es una discución mas profunda, pero quería arrancar el planteo desde algún lado.Y sigo pensando igual. La canción es una mierda al lado de un par de zapatos o medias en invierno. Lo siento: cuando una sociedad tenga asegurada su subsistencia y demás entremeses del cotidiano vivir, podemos discutir lo otro. Mientras tanto, un guiso de arroz, con papas y carne, sigue siendo más importante que un poema o una canción. O que ciertos poetas o que ciertos cantores. No importe que se llamen Serrat, Machado, Neruda, Lennon, Springteen, o Montoto Pérez. El hambriento necesita comida primero, despues la cultura. O al revés: el desocupado, necesita trabajo. Resuelto el trabajo, con el cual el individuo puede solucionar sus problemas de comida, de abrigo o lo que fuera, podemos hablar de cultura. Antes no.

5) La alternativa de producir tus discos o libros en forma independiente es lo mas seguro o rentable. FALSO. Primero porque, si querés hacerlo bien, una producción independiente implicaría la distribución, promoción y luego la venta del producto que hagas. Si no, solamente tendrás tus libros o discos guardados debajo de la cama, o en un armario, esperando llegara venderlos algún día, para al menos recuperar la inversión. Además, como me decía una vez un amigo. “Yo ya me rompí la cabeza escribiendo mi novela… ¿y ahora qué? ¿Se supone que yo debo también gastar mi dinero o mis ahorros editando un libro? No. Que venga un editor, que ése es su trabajo. Yo ya hice el mío. Escribí el libro, bueno, ahora, que lo edite él. O que se quede ahí, esperando a que me muera para que alguien lo edite, como ha pasado tantas veces en la historia, pero a mi que no me rompan las bolas…” Coincido plenamente con él, aún cuando entiendo las motivaciones de los músicos o escritores que se pagan la edición de un producto de su bolsillo. Yo mismo lo hice. Pero no es conducente, eso es lo que quiero decir. Digámoslo de otro modo: uno tiene que hacerlo, si cree en ello o porque “necesita” hacerlo. Pero no esperar a obtener reconocimiento con eso, porque lo más probable es que no pase nada.

6) El cachet de un artista lo determina el mercado o la demanda. FALSO: nunca hubo demanda para un hecho artístico. No a niveles masivos, en cualquier caso. Es decir, si hay alguien que le gusta leer, por ejemplo, es entendible que ese alguien “necesite” comprarse el último libro de Montoto. Pero nada mas, es una necesidad individual. Lo cierto es, no hay demanda para músicos. Y no hay demanda, porque hay mucha oferta: ¡todo el mundo quiere ser artista hoy! ¡O futbolista!, pero estamos hablando de arte. Entonces, no es que los cachets los fije el mercado: los fijan los mismos músicos, yendo a cualquier lado a tocar por nada o muy poco, y pretendiendo que eso que cobra sea su cachet. Peor aún, pretendiendo vivir con eso o de eso. La verdad es que,  parte integral del oficio de músico, es también, cómo no, saber cuándo tocar o no. Cuándo es mejor retirarse y esperar a que los tiempos mejoren. O negarse a tocar por menos de equis dinero. Es uno mismo quien fija su cachet, en suma. ¿Qué la opción es tocar nunca o casi nunca? Bueno, inventate otra cosa, man. Pero no podes aspirar a vivir de la música tocando una o dos veces por mes en un bar por cincuenta euros. Ni acá, ni en Nueva York, ni en Argentina ni en la China. Así no es. En todo caso, me atreveria a decir que, en realidad, la historia pasa por “no dejar tu trabajo a tiempo completo” –como dijo lguna vez Robert Fripp, hata que no tengas la seguridad de poder vivir de la música”. O aplicar, en cualquier caso –y conozco varios que la aplicaron al dedillo-, la receta de Javier Krahe: “El mejor consejo que le puedo dar a un aspirante a músico, es que se busque una mujer  a sueldo fijo, para la época de las vacas flacas…”

Y hay más mitos dentro del ambiente musical, pero sigo otro día. Ahora me voy a tocar la guitarra.

© Mario Ojeda, Granada, 12/11/2010